martes, 17 de mayo de 2011

Algo de Cuzco y Machu Picchu

Una vez más, fuimos atrapadas por un lugar en el camino. Admiro a quienes tienen que cumplir con fechas exactas de salida.... Esta vez fuimos víctimas de Cuzco la ciudad inca de la bandera en arcoisis (no gay sino por el arcoiris) llena de vida a pesar de su temperatura de nevera, donde permanecimos más de lo presupuestado, menos de lo querido. El encuentro internacional de turistas que van a o que vienen de Machupicchu, las historias de los locales, el ceviche y jugo de fruta del mercado así como las ruinas incas , nos atraparon así que una vez más la salida no pudo ser de otra forma: clandestina.

Cuzco, como en todas las ciudades visitadas en Perú tienen una “Plaza de Armas”, bien diciente de lo que fue la conquista... algo atropellada, a las malas. Se evidencia la imposición de la religión católica con sus enormes iglesis puestas encima de los templos incas... vaya atropello... sigo entendiendo porqué somos como somos.... La ciudad se levanta encima y gracias a las ruinas de los Incas. Cuantas historias de idealistas, románticos, seguidores y hasta cretinos habrán quedado guardadas entre estas piedras. Cuzco, a pesar de ser totalmente turística pues cuenta con los mejores restaurantes y lugares de dancing (los últimos muy bien estudiados por las presentes), cuenta con una población Cusqueña amable, que vive normalmente su vida entendiendo la importancia de tratar bien al turista, haciendonos entender la importancia de su cultura.

Cuzco, puerta de entrada al lugar más turístico de todo el viaje y donde supusimos que nuestras finanzas sufrirían un descalabro considerable: Machu Picchu. Gracias a nuestro séquito de ángeles en acción y a la paciencia con la cual contamos en ese momento, logramos pagar pocos soles, sufriendo solo el precio de los alimentos, gozando del lugar mágico que es el valle sagrado, ante la imponencia de Machipicchu y Huainapicchu. Así fue como partimos el día de la madre muy ligeras de equipaje y contando ahora con mi prima Cami. Fuimos pueblo por pueblo por el valle sagrado con la excusa de ver las celebraciones del día de la madre. Las mujeres, con sus faldones, mantas terciadas coloridas y dos largas trenzas que usualmente terminaban unidas, tenían en su mayoría, confeti de fiesta en la cabeza por ser madres, unos pocos hombres también por ser taaan madres, supongo.

Pisac fue nuestro primer destino donde el mercado de domingo tan lleno de color nos cautivo. Muy al medio día llegamos a la capilla del pueblo donde la misa católica en Quechua, hombres y mujeres tan elegantes, cantos católicos en Quechua de los que entendimos solo palabras claves, los aplausos de la gente en misa y niños a un lado con ruanas colorida con unos caracoles que utilizaban como cornetas nos mantuvieron extasiadas un buen rato. En Lamay y Urubamba la fiesta no era diferente. Millones de cuys servidos en todas las presentaciones, todos con los dientes frontales bien relucientes hacían de plato principal. Al cometer la bobada de preguntar por un alimento diferente, la gente se miró y rio, supongo que todos tendrían lo que no me apetecía ese día, un cuy en sus tripas. Finalmente Ollantaytambo, todo lleno de piedras incaicas que se veían perfectamente desde abajo (sin tener que pagar) nos dieron la bienvenida a la aventura por vivir.

El tren “económico”(nada económico) saldría a las 9 pm. La otra opción: Ir de bus en bus hasta la hidroeléctrica desde donde caminaríamos (según unos locales, 30 min de caminata, según otros 8 horas). Así fue como con unos chilenos tomamos un camión que nos llevó gracias a la gestión de Claris. Entre el camión, un taxi y la caminata, llegamos finalmente a la entrada de Machupicchu a las 6:30 am al lado del mariposario, lugar especial y cálido por su gente, donde nos quedamos a cambio de trabajo, cocinar y organización del lugar.

Queriendo pero sin entrar en detalles, entramos a Machupicchu y a Huainapicchu, (tal vez en algún momento me anime a contar un poco más sobre la entrada). Entendí a mi manera, la magnitud del lugar. Piedras energéticamente organizadas para dar paso a lo que fue una zona de sacerdotisas, ceremonias, con una pequeña población inca.

El regreso lo hicimos por lo que fue seguramente el primer camino inca, por lo carrilera del tren, a pesar de lo que los locales nos dijeron… hago un paréntesis para contar que lo que si me aburre a veces más en Perú que en Ecuador es que al hacer preguntas complejas tales como: “que tan buena idea es tomar la ruta del tren caminando?” la respuesta es sacada de la manga, como un imaginario compartido algo que todos creen… como un chisme, una información toda tergiversada de lo que alguien alguna vez vivió…. y como nosotras somos de la teoría que “Preguntando se llega a Roma” y entonces TODO lo preguntamos, hemos logrado hacer un estudio exhaustivo a partir del cual hemos comprobado que las preguntas cortas y concisas como “cuanto cuesta” tienen, CASI siempre, una respuesta que satisface nuestra expectativa, las respuestas a preguntas largas usualmente nos dejan pendiendo de un hilo.

Los 33 kms de la carrilera del tren los cortamos una vez había caido el sol, una linterna nos apuntaba desde una de las únicas tres rancherías visibles desde el camino. Marcos nos prestó colchón y nos hospedó en este cuartito, alguna vez habitado por los trabajadores del tren. Muy a las 5 am seguimos nuestro camino entre ruinas que gran parte de los turistas de los trenes parecían estar perdiendo de vista por ir comiendo, durmiendo o en algo diferente. A nosotras no nos quedaba otra opción que parar a mirarlas, sentirlas, disfrutarlas, al son de los estiramientos de espalda y piernas.

Así fue como el descabezadero que pudo ser Machu Picchu no lo fue. Ahora desde Puno escribo por fin algo del viaje, queriendo contagiar a quien quiera dejarse contagiar de viajar, esperando contar con el tiempo y un computador mañana para volver a contar...

1 comentario:

  1. Laurita:
    He podido revivir a traves de tus muy buenos relatos, el viaje a estos lugares. Que afrotunada y sigue disfrutandolos y contandonos..todo.
    Un abrazote,
    Marta

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