sábado, 24 de noviembre de 2018

Perú ante la llegada de los abuelitos

Su llegada fue después de la media noche. Habían contratado un taxi que no los llevaría hasta donde habíamos acordado encontrarnos: en Paracas, al sur de Lima. Así fue como tuvieron que tomar un bus expreso que los llevó bastante más allá de la parada ( Ica) y luego tomar un taxi de regreso. 

Mis hijos no aguantaban más aplazar el momento de dormir. Después de haber recorrido algo más de 1000 kms en La Amarilla en la última semana y ante la expectativa de por fin estar con sus tan prometidos abuelitos, necesitaban ya encontrarlos y entregarles todos los tesoros que en el camino habían coleccionado para ellos.

"Mamá, cuando llegan los abuelitos?" Preguntaba Antonio desde el primer día que se enteró que ya tenían una fecha para visitarnos.

"En 2 semanas" le decía, tal como lo hacía día tras día en igual ansiedad ante la cuenta regresiva.

"Y... cuántas son 2 semanas?"

Con mi respuesta contestando en número de días, después de horas, de minutos y finalmente de segundos, parecía que nunca fuese a llegar tan anhelado momento. Igualmente, su respuesta después de tan largo análisis de tiempo era siempre el mismo "Yupi! y qué me van a traer?, seguro los dulces que les dije..."

Abriendo sus brazos más que orangután desperezándose y abriendo los ojos como si estuviese hablando de una piscina llena de monedas de oro, contaba lo grande que sería el cargamento de dulces que supuestamente traerían. Si por él fuera, hasta las camas del bus tendríamos que hacer desaparecer de obedecer a su pedido...sería un bus "dulcísiamente dulce". 

Los mensajes de encargos vía whatsapp habían ido y venido varias veces. Él, escondido y en voz muy baja les pedía a sus abuelitos traerles a él y a Ema muchos, muchísimos dulces; solicitud a la cual su abuelito le contestaba de manera afirmativa adicionando que juntos se esconderían bajo una mesa a comer todo el cargamento mientras miraban películas, razón que la abuelita intentaba corregir haciéndola un poco más coherente. Como niños traviesos, planeaban la escapatoria como si el régimen de sometimiento de los papás a cargo (Facu y yo) fuese hasta el momento, absolutamente rígido y libre de dulces y tecnología.


Desierto, mar, desierto, mar. Ese fue el paisaje que disfrutamos en esas dos semanas en las que
 apretamos el acelerador para poder cumplir con tan anhelada cita. Y es que salir de Ecuador, de la zona de Cuenca, ciudad a mediana altura hacia el mar al sur de Ecuador, es un viaje hacia el desierto. Nos habíamos quedado unos días más en Cuenca y alrededores para aprovechar las fiestas y así cubrir los días que no habíamos podido vender gorras por la falta de sol y exceso de lluvia a lo largo de la costa Ecuatoriana. Aunque fue exigente el quedarnos unos días de más, dió resultado hacerlo; más ecuatorianos se decidieron a lucir nuestras gorras de "Como sea pero viajo". 

Justo antes de cruzar la frontera, dormimos a pocos kilómetros, en una estación de servicio en la que reinaban los mosquitos y el ruido de los camiones que circulaban. Afortunadamente hasta el momento, los cuatro gozamos de sueño profundo a prueba de ruido, aunque lo de los mosquitos si fue un caso a resolver durante toda la noche a punta de raqueta mata-mosquitos, palo santo, citronella en spray y antimosquitos sobre la piel. Cruzar la frontera fue sencillo, lo hicimos el 7 de Noviembre y lo único que recibimos fue admiración por hacer un viaje así por parte del policía de salida quien argumentaba querer algún día hacer el mismo viaje con su familia. Una vez más, La Amarilla recibió elogios por haber tenido un cambio extremo pasando de ser transporte escolar por 15 años en Bogotá, a casa viajera en la actualidad. 

La primera parada al entrar a Perú fue Máncora, playa conocida por los surfistas  por ser supuestamente lo mejor de lo mejor. Sin ser surfista profesional, apenas una principiante, no me sentí cómoda ensayando mejorar mi técnica de principiante. Con hermosas olas que a un lado terminaban en piedras con erizos entre medio y con un exceso de surfistas en la pista, no me sentí a salvo. De hecho, Facu, tanto esta vez como la anterior cuando hace 7 años hicimos parte de las mismas olas en el mismo lugar, terminó la jornada acostado en el piso adolorido, y yo haciéndole una especie de cirugía en el pie, utilizando una navaja para sacarle las espinas de erizo negro que se le habían clavado al meter el pie entre las piedras.

Nos gustó Máncora pero no nos encantó como Organos, pueblo un poco más al sur en donde estuvimos algo más de 4 días en la playa principal, haciendo parte de la comunidad de carros casas que allí hacen una especie de ciudadela. Eramos en total 5 casas rodantes de diferentes tipos y 2 carpas. Todos Suramericanos, ninguno con niños, casi todos con perro a bordo. Desierto, tortugas, agua fría, viajeros, ballenas y mucho viento fue el resúmen de Organos, uno de los varios lugares que nos atrapó y casi no nos suelta por su increíble belleza, por haber podido nadar con tortugas en el muelle y por haber visto esos 4 aletazos y varios saltos de ballena jorobada aquella tarde de jueves.  

La siguiente parada fue Pacasmayo, ciudad que parecía haberse detenido en el tiempo, con una larguísima playa visible desde un peñasco, donde según Kiki, el profe de Surf de Antonio en Ecuador, existía la ola más larga de Perú para surfear. Eran largas, larguísimas las olas por lo cual era increíble ver a los surfistas agarrar las olas que parecían no tener fin. Desde el faro se veían los lobos  marinos, especie de la que Ema cada vez que escucha mencionar, cuenta que uno se había dañado un bracito, pues hace un mes y medio en Salinas, Ecuador, vimos el primer lobo marino al que efectivamente le habían herido una aleta.

Después de una noche allí, pasamos a Playa Tortuga donde diferente a la mayoría de playas ya visitadas, no había tortugas, solo una gran isla en forma de tortuga. Fue ahí donde nos regalaron ostras para cocinar que aun vivas nos mordían los dedos y donde los polícías nos dieron una gran bienvenida y emocionadas con los chiquis les pedían que se quedaran con ellas. 

La penúltima parada fue Lima, realmente a las afueras de Lima hacia el sur en una finca donde los dueños siempre estaban dispuestos a recibir viajeros. La montaña parecía caerse sobre el terreno y el ambiente seguía siendo seco como en los demás lugares que ya habíamos vivido a lo largo de Perú. Qué agradable fue estar un par de días en ese lugar, con otros niños, con más viajeros, en Lima pero sin la congestión de Lima. Tanto nos gustó que hicimos las vueltas estrictamente necesarias. Pensando en las muchas vueltas que haríamos en Lima, nos limitamos a lo indispensable: cambio de aceite, limpieza de filtro y carga de gasolina.

Paracas fue nuestra siguiente parada. En el camino en el que había absoluta ausencia de vegetación, era gracioso que los carteles dijeran "cuide la flora y fauna", sobre la carretera  absolutamente carente de cualquier forma de vida, al menos visible a los ojos. La única forma de pensar en la coherencia de esos carteles habría sido en que de manera explícita dijeran: "No arroje basura, protejamos el mar"un letrero así, sí habría sido de inmensa pertinencia ya que con tristeza hay que reconocer que las playas en Ecuador y Perú, aunque todas sin excepción son hermosas, tienen basura, mucha basura. Hasta en frente de lujosísimos hoteles, poca o mucha basura parece ser parte del paisaje.

A punto de llegar a Paracas un camión nos hizo varias veces cambio de luces. Creyendo que era un local más que había simpatizado con nuestro bus, Facu se despedía cálidamente, como siempre lo hace. Los del camión, un camión de helados, nos pedían estacionar. Facu, queriéndo proteger a su familia,estacionó y esperó a que vinieran en lugar de él bajarse. Un hombre sonriente nos pregunta por la ventana: "Se les ofrece esta caja de helados?" Sin contar con una heladera real, solo una conservadora con un par de botellas aún con hielo de la última parada, le dijimos que sí. Era emocionante recibir helados como caídos del cielo. Una caja era una caja. Había al menos unos 20 helados que después de la emoción y de comer varios, resolveríamos qué hacer con ellos. Al cabo de realizar un pertinente trueque de helados por calcomanías e imanes de nuestro proyecto "Como sea pero viajo", nos tomamos la foto para la posteridad y fuimos comiendo helado hasta Paracas donde esperamos por lo menos 3 horas a que los abuelitos llegaran.

Esperando frente a su hotel con los niños dormidos, al fin llegaron. Con un abrazo sentí cómo recuperé el cariño que me hizo falta recibir cuando partimos de su apartamento en Bogotá, el 10 de Agosto. El lujoso hotel esperaba por ellos y por estar hospedados, a nosotros nos dejarían dormir en el estacionamiento. Como si hubiese olfateado la  llegada de sus abuelitos, Ema hizo lo que no hace desde hace un tiempo a menos que esté enfermita: se despertó y nos pidió bajarse del bus. Emocionada de lo que sería el encuentro con su nietecita, la llevé a la recepción donde mis papás coordinaban su entrada al hotel. 

Espero nunca olvidar ese momento en el que ambos, pareciendo derretirse como melcochas, con sonrisa de oreja a oreja y riendo de amor la reciben en sus brazos. Lástima que no tuve una cámara para registrar el momento en el que la besuquean toda y en el que mi papá, como niño chiquito que recibe un juguete muy deseado, da vueltas saltando con Ema en sus brazos mientras canta de alegría. 

 Aunque la historia sobre tan feliz encuentro seguirá con su mejor parte: el momento en el que Antonio se encuentra con sus abuelitos, por ahora cierro para no aburrirme y no aburrir, Eso sí, como araña que teje siempre con propósito, esta vez tejo asegurando un "continuará..."

martes, 20 de noviembre de 2018

a casi 100 días de viaje

Dudando en comenzar este escrito, me puse a "pajarear" en "que haceres" siempre pendientes, perdiendo así valioso tiempo. Dudé en hacerlo porque sé que en cualquier momento mi hija se despertará y querrá saltarme encima y/o mi hijo cruzará por la puerta del bus y viéndome con el computador va a gritar “Ay mamita! Qué haces? Vemos una peli?”

Me he vuelto una desperdiciadora profesional de mi tiempo a solas. Apenas tengo esos escasos destellos de tiempo, los temo porque sé que si comienzo un escrito y no logro terminarlo en una misma sentada, éste corre el riesgo de quedarse a medias por la eternidad. Y si esto sigue pasando, también las musas de la inspiración pueden abandonarme y las imagino argumentando: “Total, para qué nos desgastamos si ella no tiene tiempo por haberse dedicado de lleno a ser mamá, comerciante, de todera y ahora
encima a viajar?”. Y sí, si tuviese que reunirme con ellas, les diría que sí, que tienen razón, que entiendo que me abandonen, pero que por favor no lo hagan!!!

Por eso, hoy, la última tarde en Organos, una hermosa playa al norte de Perú, donde a esta hora confluyen todos los vientos y un sol que a cualquiera le parte la cabeza en dos, me siento a escribir. Pido a las musas asistencia de Morfeo para que mi hija duerma más de la cuenta y pido que la magia invada a la niñera del clan de viajeros con quien está mi hijo, para que juntos tengan una interminable aventura de colores, dibujos y de historias sin fin.

Hoy, a punto de cumplir 100 días en ruta, quiero compartir cuestiones del viaje, de este viaje que nos inventamos titulado “Como sea pero viajo”. A veces el "como sea" quisiera
que no se aplicara mucho a nuestro caso. Quisiera que el único que viajara como sea fuese el hombrecito que nos inventamos; protagonista de las gorras, imánes y calcomanías. El, siempre con su mismo morral, sombrero y semblante escuálido pero aventurero viaja en tortuga, avestruz, máquina escabadora, triciclo, águila, globos, parapente, y hasta en ballena; para nosotros aspiro la misma alma aventurera pero con un poco más de comodidad. 

Hoy reconocemos con Facu que por la prisa de salir de donde vivíamos a aventurar en nuestra casa rodante, hubo cosas que no nos quedaron del todo bien. El aprovechar del espacio es realmente un arte. Es más si hoy yo fuese directora de una universidad en la que se crean nuevos programas especializados, la carrera "diseño y armado de casas rodantes y diminutas" sería mi nombre predilecto para una maestría y doctorado. Facu, como gran estudiante aventajado, va haciendo de nuestra Amarilla un laboratorio de ideas la cual con paciencia vamos juntos modificando.

En cuanto a La Amarilla se trata, hablemos de la cocina. Durante los primeros dos meses y medio, nos la arreglamos con una cocina de camping. A decir verdad, no hemos cocinado todos los días. En el viaje tuvimos la fortuna de hospedarnos con amigos y con mi queridos tíos de Cali, Colombia, momentos en los cuales La Amarilla estuvo de vacaciones. Haciendo cuentas rápidas, quizás fue un mes y medio en el que cocinamos en la cocina de camping y en muchas ocasiones optamos por hacernos sánduches o algo que no requiriera cocina. Fue aquel día, cuando por segunda vez se me regó lo que estaba cocinando cuando decidimos comprar una cocina. 

Fue en ese momento y habiendo conocido otras casas rodantes, cuando decidimos que una cocina de verdad no podía seguir siendo una idea a postergar. Quienes habían pasado por las mismas en su viaje, nos sugerían que esperáramos a llegar a Perú para hacer cualquier tipo de modificación, argumentando que los precios serían mucho menores. Cuando se regó la comida esa segunda vez por el peso de la olla, más la inestabilidad del piso,
sentimos la necesidad de hacer la modificación, que hace mucho había dejado de ser un lujo. Fue en Cuenca donde recorrimos la avenida de las cocinas en la cual, evidentemente al ir preguntando el precio, este iba disminuyendo tienda tras tienda. Al llegar a la última y aún titubeando sobre la decisión, compramos lo que se necesitaba: garrafa grande, cocina y manguera. Procurando el mejor precio posible, logramos conseguirla y hoy me parece estar escuchando nuestra fiesta cuando la utilizamos por primera vez. “Tenemos cocina! Tenemos cocina”. La modificación fue grande. Facu, gracias a su ingenio, a que carga en el bus varias herramientas y tablones del material que había sobrado en la construcción del bus, hizo la mesada, una linda y espaciosa mesada para por fin cocinar a salvo.

El segundo cambio que le hicimos al bus tiene que ver con la ducha. Recuerdo el día en que riendo a carcajadas nos bañábamos afuera del bus con una ducha portátil solar de 5 galones. Fue en Playa Rosada, cerca de Ayampe en Ecuador, donde usando cada uno la menor cantidad posible de agua, nos bañamos los cuatro con agua caliente calentada por
el sol junto a nuestro bus. Supimos en ese momento que eventualmente necesitaríamos una ducha lo suficientemente buena como para bañarnos a diario y dejar atrás el baño "a baldazos" o con ducha solar pequeña. Valga la pena aclarar que en cuanto a duchas se trata, los grandes somos quienes con facilidad nos hemos ido a dormir después de un duchazo de agua de mar; los chiquitos en cambio, como reyes de la manada que son y dado su pequeño tamaño, han gozado de duchas en la tina que llevamos arriba del techo con aguita caliente cada vez que lo han necesitado. 

En la playa de Organos hicimos la segunda modificación notoría: una ducha. Hicimos es mucha gente porque Facu fue quien compró y ensambló los materiales, yo fui por el tubo que se le quedó en una tienda e hice asistencia básica. Por ahora nuestra ducha ha de funcionar afuera del bus pues adentro, por la distribución que tenemos no cabe pero bueno en algún momento seguro gozaremos de ese lujo. 

El tercer cambio tiene que ver con el interior del bus. Hemos visto suficientes casa rodantes como para darnos cuenta de que hoy La Amarilla no debería denominarse una “Casa rodante” sino más bien una “cama rodante”. Así es, tenemos exceso de espacio para tener dulces sueños pero muy poco espacio para funcionar en el día a día. Es tal el espacio que tenemos, que hasta nos hemos dado el lujo de clausurar por completo una de las camas de mis hijos y la otra utilizarla a medias solo porque en la cama grande logramos caber los cuatro, como diría el famoso poeta Maluma "felices los 4". Nuestra sobredimensionada cama es la culpable de otorgarnos siempre dulcísimos sueños pero nos damos cuenta que para hacer una cómoda vida sobre ruedas, es necesario que todo tenga el tamaño justo y necesario; lo espacioso hay que dejarlo para afuera del bus.

Este tercer cambio requiere un poco más de tiempo, ingenio y materiales. Habiendo visto ya más de 15 casas rodantes de variadas dimensiones, necesidades, nacionalidades y exigencias, hoy si o si, nuestra cama debe ir arriba de la cabeza del conductor y copiloto. Será una cama que gracias a unas sofisticadísimas visagras (al menos así lo veo) se baja cuando está en uso y se sube contra el techo cuando no lo está. Comenzando con esta modificación, el liberar todo el espacio que hoy es nuestra cama ya hará la diferencia; y este es solo la punta del iceberg de todos los cambios que se desatan. El espacio de almacenamiento que tenemos estará más disponible que lo que lo que está hoy, habrá espacio para ducha y baño adentro, sala comedor, cocina, sala de juegos, etc...... bueno ya me emocioné por los cambios venideros pero debo respirar porque todo vendrá a su debido tiempo. Tendremos tal casa sobre ruedas que para qué pensar en una sin ruedas.

Los demás cambios y modificaciones las seguiré contando con el tiempo. Hoy, solo leyendo lo que he escrito, esperaría que todos los humanos pasáramos por el proceso de entender las cosas que recibimos "normalmente" como lujos de la sociedad moderna. El haber pasado por un tiempo de cocinar incómodos, de tener una pequeña ducha portátil, de tener poco espacio y entre otras tantas "incomodidades" nos hacen entender una vez más el valor de las cosas. De pasar por algo así los hombre y mujeres que lo tenemos todo, seguramente seríamos más conscientes de el lujo que es tenerlo, de lo valioso que son los recursos, que no hay porqué tener algo y usarlo en exceso, sin conciencia. Hoy por lo menos espero que nos quede a nosotros como enseñanza para una vida más agradecida por lo que tenemos; para que ojalá mis hijos tengan mayor consciencia, para sentir lo que sentimos que es lo más correcto hacer en este momento.

martes, 6 de noviembre de 2018

"Ustedes son pobres?"


Mientras cocino, lo escucho atentamente hablando con un niño al otro lado del bus. Como siempre, me gusta saber de qué habla con otras personas diferentes a Facu y a mí.

“Si, este bus es mi casa” dice Antonio con tono de estar respondiendo repetidas veces a una misma pregunta.

“No, este es tu carro. ¿En él van a su casa que queda dónde?”

“Esta es mi casa, mi casa sobre ruedas”

“Y entonces ustedes son pobres?”

Con la sospecha de que mi hijo no sabría responder a tan inmensa pregunta, me acerco.  Haciendo el esfuerzo de estar presente sin decir una sola palabra, solo observo. Antonio levanta los hombros y con su típica cara de timidez me mira. Al hacerlo siento que necesita que le lance un salvavidas…

“Imagínate que lejos de ser pobres, somos muy ricos porque en nuestra casa sobre ruedas, podemos ir donde queramos!” le cuento al niño.

Sabiendo que en mi tono de voz había algo de ironía como leona defendiendo a su cachorro, quise mantenerme en una conversación de niños. Con mi intervención, la conversación terminó. El niño se fue con su familia quienes parecían estar pensando igual que el niño. Tal vez sea mi interpretación, pero a veces se siente cuando la gente mira con cara de no estar entendiendo en absoluto porqué una familia viaja como lo hacemos; quizás ese niño manifestó verbalmente lo que para la familia éramos: pobres. De repente, mi hijo quien pensé que se daría vuelta para correr a jugar me pregunta:

“Mamá, qué es ser pobre?”

Sentí entonces por primera vez el escalofrío de una pregunta grande, cuya respuesta debía ser inteligente y a la vez masticable para un niño de 5 años.

Pensé entonces en la riqueza material; en gente que conozco que tiene mucho o poco a nivel material. Casi a punto de responder, pensé entonces en la pobreza y riqueza: a nivel familiar, social, espiritual. 

Tardando mucho en contestar queriendo no responder a la ligera, le pedí que me diera un tiempo para pensarlo. Recordé entonces a la gente más rica que conozco y a la más pobre que conozco. Sin siquiera proponérmelo, los más ricos aparecían en autos lujosos, grandes mansiones y elegante forma de vestir. Los más pobres, al contrario: gozando poco de cosas materiales.

Presionada por esos ojos de quien aún siente que sus papás poseen la verdad, se me ocurrió una respuesta que no era mía pero que agradezco a las musas de la inspiración por haberme rescatado en ese momento:

“Creo que los más pobres son los que teniendo mucho o poco no disfrutan, mientras los ricos, teniendo mucho o poco, disfrutan.”

Agradecida con haber compartido esa respuesta la cual no estaba dentro de mis posibles conclusiones, me sentí inmensamente rica con haberle compartido a mi parecer tan brillante respuesta con mi hijo.
Y así, con el aparente mayor entendimiento de la situación me dice Antonio: 

“Ah! Así que nosotros somos ricos y pobres!”

Una vez respondió con gran desparpajo, salió corriendo tras su hermana a la playa. Mientras tanto yo, inmersa en la confusión de su respuesta me quedé ahí, esperando que me explicara un poco más. Supuse entonces que mi análisis era propio para un adulto no para un niño de 5 años, que las musas se habían equivocado en darme ese mensaje para ese momento.

Ahora resulta que al pasar los días y en estos casi 3 meses de viaje, me voy dando cuenta que mi hijo, en su contestación alocada y sin mucho filtro, tiene toda la razón: a veces somos ricos y a veces pobres.

Viajando de la manera como lo hacemos, nos enfrentamos constantemente a experiencias nuevas, donde siempre se pone a prueba la paciencia, nuestro nivel de agradecimiento y de recibir o no la vida tal como es.

 Quisiera decir que hemos sido solamente ricos, pero estaría mintiendo. Ricos hemos sido cuando hemos estado agradecidos de correr por la playa con nuestros hijos, de una comida sencilla, de aceptar con felicidad las incomodidades del camino, de disfrutar de estar en el presente, de respirar, de agradecer.

Aun así, pobres también hemos sido. Hay veces en que el día a día nos cuesta. A veces no hemos sido agradecidos y cansados, terminamos esperando más de los demás, no somos pacientes y así, vamos perdiendo también momentos que no vuelven en los que no logramos disfrutar. De cuando hemos sido pobres solo puedo pensar que sencillamente no hemos estado presentes...

Así es como mi hijo tiene toda la razón, somos ricos y pobres. Hoy solo espero y es mi meta, ser más rica que pobre. Hoy pido todos los días tener a nivel material lo que necesitamos y lo que queremos para estar bien. Pido que tengamos buena salud, que estemos siempre agradecidos de las situaciones que se nos presentan dispuestos a aprender y a la vez que seamos inmensamente ricos para lograr disfrutar cada momento al máximo.

La pregunta del niño de la playa la veo como el reflejo del tabú de una sociedad que está ciega por conseguir los medios materiales para “ser felices”. 

Siento que la gente le tiene miedo a no tener, a tener menos y así, a sentirse menos. También lo he sentido, es un sentir totalmente humano. Hoy lo veo a diario. En términos generales quienes se detienen a hablar con nosotros, que son la mayoría, admiran lo que hacemos y muchas veces quisieran hacerlo ellos mismos. Hacer una pausa de una vida convencional para viajar con la familia es un sueño que muchos tienen pero que pocos nos animamos a cumplir.


Hoy me doy cuenta que es normal que eso suceda. Estamos en una sociedad que nos ha acostumbrado a sentir carencia, a sentir fobia de ser menos, de ser pobres (a nivel material).
Hoy con nuestro viaje buscamos hacernos ricos de muchas maneras. Tal vez no necesariamente a nivel material, o tal vez sí. Quien quita que se cumpla mi sueño de poder vivir de escribir, de motivar a otros a que cumplan sus sueños, con charlas, con escritos; pues motivar me motiva.

Así es como una vez más, la vida, el camino y esta vez mi hijo me dan una lección; una lección poderosísima que espero no olvidar.