
La excusa era perfecta. De salir a las 4 de la mañana tal como era el plan, no queríamos tener que despertar a los niños, sacarlos de sus camas para subirlos al bus; mejor los dejaríamos dormir en sus nuevas camas para que al despertar con el amanecer, al menos hubiésemos salido de la fría tierra de la sabana en el descenso hacia tierra caliente. De esta manera, ante el sonar del despertador, saltaríamos al volante y como ladrones clandestinos, nuestra aventura sobre ruedas daría comienzo con el rugir despiadado del motor. Lo mismo habíamos hecho 2 años atrás cuando por primera vez partimos en el bus hacia la costa. La diferencia fue que esa vez Ema tenía un mes de nacida, que íbamos con la prima Luli y que el bus no gozaba de un diseño tan bien pensado como el que tiene ahora: suficiente lugar de almacenamiento, una cama que se convierte en mesa, una mesa que sirve para ser utilizada afuera del bus, estructuras firmes en hierro y todo en sí pensado para un larguísimo viaje.
Antes de que sonara el despertador yo ya estaba despierta, desvelada por la emoción del viaje. Con un tierno codazo, más codazo que tierno desperté a Facu quien con ronquidos parecía disfrutar de los brazos de Morfeo. Dejamos las cobijas dentro de la casa estática pues sobrarían durante las siguientes noches en tierra caliente, calentamos agua para el mate, cargamos un par de galletas y así, sin más ni más emprendimos viaje. Pasar por Bogotá a esa hora fue extraño, siendo las 4:30 de la mañana, había carros y gente como su fuese ya medio día. Recordé lo esforzada que tiende a ser la vida en la ciudad. Pasó por mi mente que durante todos mis años de colegio mi despertar siempre fue a oscuras, porque el bus escolar pasaba alas 5:15 pues el colegio era lejos y las clases empezaban temprano. Viendo ventanas de edificios con cortinas infantiles y luces encendidas cuando el sol ni siquiera a hecho un primer intento de salir, dió para recordar que así fue mi niñez. Qué importante fue de esta manera recordar una de las razones por la cual no queremos vivir en una gran ciudad: por el ritmo de vida, porque no nos cabe en la cabeza hacer que nuestros hijos se tengan que despertar antes del amanecer para ir al colegio.
Habiendo recogido un par de cosas por el apartamento de mis papás, tuvimos que agilizar el paso, miedosos de no haber salido de Bogotá antes de la hora pico de tráfico. Mi papá nos tenía una neverita de 12 voltios y una estufa de camping... qué grandes regalos, que gran forma de velar por nuestro bienestar. Salir por el sur de Bogotá es siempre pintoresco, atropellado, exigente. Motos por todos los lados y la competencia de buses que enloquecidos manejan como únicos dueños de la vía.
Ema cobraba lo que todavía es suyo: el derecho de estar pegada a su mamá con su bien más preciado. Fui con ella mientras salíamos de Bogotá, y a medida que nos alejabamos de la ciudad, la temperatura comenzaba a subir gracias a que descendimos y a que el sol se manifestó en todo su resplandor. Una vez despiertos ambos chiquitos e incómodos era hora de parar. Un parador donde el menú fue huevos con juguito y arepa fue con lo que llenamos las panzas para seguir un largo camino. Ya inquietos en sus sillas tuvimos que irnos ellos y yo a lo más chévere del bus: a la zona de camas a seguir jugando con libro, muñecos y tanto como habíamos cargado, todo gracias a que el bus no levanta más de 80 km / hora y Facu usualmente lo lleva más lento que esto.
Como la principal regla del viaje es ir a "paso de bebé", un agua de coco y el debido chapuzón en el Río Saldaña fueron la parada obligatoria. Río marrón y de pescadores.
Aunque el celular anunciaba no más de 6 horas de camino, lo hicimos como en 9 horas. Un extraño olor a quemado nos hizo sospechar que algo andaba mal. A Facu se le ocurrió abrir el tanque del agua, de donde brotó como lava una mezcla negra.Su mecánico asesor de cabecera dijo que todo estaría bien, que podía seguir andando unos kilómetros más y llevarlo a hacerle un pequeño arreglo el día siguiente. Finalmente, entre paisajes hermosos y muy buenas carreteras del Departamento del Huila por fin llegamos a la finca donde sería el matrimonio. El mayordomo nos indicó estacionar justo donde sería la ceremonia por lo cual tuvimos que estacionar de nuevo en una esquina un poco más discreta. Juanse y Yuri, los futuros marido y mujer nos recibieron con cariño ya celebrando estar allí después de tantos días de intenso trabajo en terminar el bus. Entre amigos, familiares y piscina pasamos toda la tarde, sospechando que a la noche el calor y los mosquitos serían una piedra en el zapato, en nuestro caminar de viaje de prueba.
Con ventilador prestado que hacía más ruido y viento que un huracán, la noche fue más que perfecta y aunque el descanso hubiese sido corto por el despertar tempranero de los chiquitos, nos levantamos agradecidos por haber hecho tal obra de arte hecha casa. Comenzando el día con mandarinas de un árbol cercano y huevitos hechos en la estufa de camping, arrancamos con el pie derecho gozando una vez más de piscina y amigos. Facu se fue en nuestra querida buseta a arreglarla y a conseguir un ventilador pequeño y poderoso, como aquel de la noche anterior. Ya cerca de la hora del matrimonio salimos de la piscina y nos vestimos listos para lo que fue una gran fiesta de ceremonia sentida, baile, hamburguesas y papelitos plateados que mis hijos tiraban al cielo una y otra vez simulando una lluvia de estrellas.
Cuando por fin se durmieron, el bus fue su refugio. Simulando un gran corral, ubicamos colchonetas amarradas con cuerdas para que los niños ya dormidos no se cayeran. Habiendo dejado una cortina abierta, podíamos verlos fácilmente desde afuera, y ellos mientras tanto, sin tanto ruido de la fiesta pudieron dormir vigilados por papá y mamá quienes al final de cada canción nos turnamos para ir a ver que seguían en su plácido descanso, descanso que pagaríamos el día siguiente con cansancio. Cuando Ema ya se había levantado por segunda vez, era ya hora de retirarnos una vez a nuestra "suite". Así como era de esperarse, por más que la fiesta hubiese sido larga, estruendosa, hermosa, y muy bailada, los chiquitos no perdonaron piscina a primera hora de la madrugada.
Así transcurrió el día y una vez más, habiendo planeado salir al medio día las horas se fueron pasando hasta que ya cansados decidimos una vez más salir el día siguiente antes del amanecer sabiendo que la ventaja sería que los chiquitos dormirían varios kilómetros de recorrido. Nos esperaban en Silvania mi amiga Juanis con sus papás y novio. Qué lindo encuentro. Tanto tiempo y tanto que contar. La buseta amarilla, la peregrina, fue una vez más la protagonista.
Quedándonos una noche más, porque usualmente somos de quedarnos una noche más, salimos esta vez casi entrando la noche, cuando la gente está más pendiente de ver con atención y curiosidad nuestro bus. De hecho en el camino los policías que nos pararon, nunca pidieron ni un papel; solo pidieron subir para echar un vistazo a curiosear el bus, dar una sugerencia acerca de manejar con cuidado y bajarse. Así fue como bien entrada la noche regresamos de nuestro viaje de prueba, agradecidos por haber tenido tan buen camino, compañía y solo buenos momentos con amigos que son familia.
Claro que quedan cosas por hacer, de hecho muchas más de las imaginadas en el bus y en el detrás de escena. Son detalles pero de detalle en detalle, como todo lo hacemos nosotros mismos, el tiempo que quisiéramos cumplir difícilmente logramos cumplirlo. Solo esperamos terminar pronto, ojalá en un par de semanas para estar narrando muchas más aventuras desde nuestra casita sobre ruedas.






















