jueves, 11 de mayo de 2017

En el loco viaje de ser mamá



Martes 2 de Mayo de 2017 / 11 am:
Ema aferrada a mi pierna gritando con sus tres dientes como quien ruega que le perdonen la vida,  Antonio también gritando desaforado desde su habitación y yo intentando entender cómo funciona la bendita olla a presión para hacer los garbanzos que dejé remojando desde el día anterior. Con ganas de incluirme a este dueto musical desgarrador reventando en llanto, me trago las ganas y solo me prometo estar escribiendo sobre esta situación apenas caiga la noche. No quise contar en un principio que lo que Antonio gritaba distaba de ser elogio hacia mí, su mamá: “Eres fea y tonta mamá… NO! Eres feísima y tontísima!!!”. Afortunadamente el animal salvaje que quiere gritarles más fuerte y salir corriendo es aplacado por el ser civilizado y amoroso que también puedo ser.


“Ema, ya te alzo, espérame que tu mami está intentando hacer almuerzo… y tu Antonio, grita todo lo que quieras pero allá en tu cuarto. Cuando te calmes me avisas y hablamos”. No se por qué, pero el hablarle a mis hijos en tercera persona al decirles “tu mami” en vez de “yo” me hace sentir empoderada del papel de mamá. Por supuesto, el hacer los garbanzos se queda para después, la casa patas arriba, Ema en mis brazos en su sagrado momento de alimentación, y Antonio gritando y llorando hasta que después de muchos amagues engañosos que simulan estar consiguiendo la calma, por fin el tan anhelado silencio está entre nosotros.
A pesar de que para mí mis hijos son divinos y que hay muchos momentos gratificantes, a veces siento estar criando monstruitos que desordenan, que exigen, que no se dan cuenta de la exigencia que hay detrás de escena: lavar, limpiar, vigilar, estar absolutamente presente, de día, de noche, de madrugada. El trabajo de ser mamá se parece al de la cocina que con mirarla ya está sucia de nuevo y como la cocina, nadie paga por ello; diferente al de la cocina, verlos crecer no tiene comparación. Pienso entonces en la labor de las mamás y sobre todo el de las reales amas de casa. Con amas de casa me refiero a aquellas mujeres que dedican sus días y noches a todo lo relacionado con la casa: limpieza, orden, cocina, crianza y más limpieza y más orden y más crianza… además atender al marido. Hablo de las reales al reconocer en mí una parcialmente real pues confieso que  uno o dos días tengo a Rosita, un ángel caído del cielo quien hace todo lo de la casa excepto la crianza, y porque al menos un día a la semana estoy en casa de mis papás, momento en el que mis labores se reducen considerablemente. También y no menos importante está Facu, papá que ayuda, que ama a sus hijos y que no se niega en participar activamente de su crianza. Entonces evidentemente no soy ama de casa, pero siendo al menos un intento de ama de casa creo tener la potestad de decir que lo he vivido en carne propia y que me quito el sombrero ante las de verdad. Ante mí misma me quito un sombrerito, porque siento que debo darme crédito al haberme criado y vivir en una sociedad en la que los hijos usualmente y la mayor parte del tiempo los criados por alguien diferente a los papás.
En las conversaciones con otras mamás, usualmente  surge el cuestionamiento “Cómo harían las mujeres de antes para tener 12 hijos?” Reboleando palo o rejo, cuidándolos mucho o poco… sea lo que sea, con seguridad las más exitosas tuvieron que ser mujeres que comenzaron a ser mamás jóvenes y llenísimas de energía, quienes supieron respirar profundo; unas berracas para no terminar en un manicomio. Cuando cae el tema, mi insistencia es siempre la misma: las mujeres de antes, del tiempo de mis abuelas, no tenían las altísimas pretensiones sociales ni personales que tenemos hoy en día. Bueno, también seguramente eran terriblemente sometidas por una sociedad machista que las contemplaba única y exclusivamente como amas de casa.  Adicionalmente, a punta de métodos anticonceptivos poco efectivos o sin la posibilidad de ellos se llenaban de los hijos que sus cuerpos aguantaban. A punta de baños mágicos esterilizantes o abortivos de hierbas benditas seguramente evitarían algunos embarazos, excepto aquellas súper fértiles a quienes las hierbas abortivas no harían ni cosquillas al feto en camino, antes por el contrario, los harían más fuertes.
Sus vidas transcurrían entre ollas, mocos, traperos, pañales y a sus hijos los alimentaban e intentaban mantenerlos con salud y como eran tantos, seguramente se encargarían del hermano siguiente en orden de edades. Así que una mujer con 12 hijos muy posiblemente en la situación que conté al principio de este escrito, seguramente tendría además de los 2 niñitos gritando, unos peleando, los otros dando quejas, los otros riendo a carcajadas y hasta zapatos volando mientras la pobre mamá con los pelos parados estaría rogando por el momento en el que la noche y el cansancio los hiciera dormir para devolver por un rato la paz al hogar.
Mi abuela Myriam, mamá de mi papá fue ejemplo de una vida de ama de casa y cuando tuvo que hacerlo, mujer trabajadora. Cuenta con terror cómo amamantaba a su tercer bebé, embarazada del cuarto y correteando a los ya caminantes. También, cómo lloraba cuando se enteró que vendría su quinto bebé, de solo imaginar que fuera tan revoltoso como los cuatro anteriores, especialmente uno de ellos. Hoy en día dice que tener a sus hijos fue gran bendición pero que en su momento fue un gran desafío, sino el mayor.
Hoy en día, las mujeres nos demoramos en tener hijos para prepararnos en todo sentido y luego, usualmente después de los 30, con varios cartones colgados en la pared, casadas, con carro, casa y beca, tenemos hijos “interrumpiendo” nuestra vida profesional. Nace una criaturita inocente, que despierta amor por doquier y de un vuelco absoluto a la vida tan controlada y en teoría fríamente calculada, las prioridades cambian, la relación en pareja cambia, el cuerpo cambia y la vida cambia porque sencillamente nuestro tiempo diurno y nocturno ya no es nuestro; nacen las expectativas y con estas los miedos e incertidumbres de si seremos o no buenos padres. Después, quienes decidimos no entregar a una guardería a nuestros bebés a los tres meses para volver al trabajo somos pocas y usualmente las que lo hacen tiene que ver con una necesidad económica y/o una necesidad de trabajar. Después, es mínima la cantidad de mujeres que se quedan en casa después del primer año de vida de sus hijos argumentando necesitar volver a trabajar. Y así consecutivamente, quienes deciden criarlos en casa y quedarse para que los hijos crezcan con mamá permanente son contadas con los dedos de la mano, al menos en la sociedad que crecí.
Mi situación hoy en día es la última: Antonio de casi 4 años de edad y Ema de casi 1 año, son mi quehacer diario. No me he casado, ni tengo más de un cartón colgado en la pared. No tuve carro, ni casa ni beca antes de tener a Antonio porque con Facundo nos conocimos y anduvimos por el mundo cuatro meses antes de saber que seríamos padres…. Como dijo mi mamá al enterarse y con razón “Todo al revés!” No me quejo de tener la oportunidad de estar cerca de mis hijos. Agradezco a la vida el poder hacerlo al tener a Facu, mi compañero con quien estuvimos de acuerdo en hacer lo que hacemos hoy: él trabaja en la finca, yo trabajo en la casa.
Aunque hayamos tomado la decisión, en lo cotidiano mi cerebro me juega sucio cuando de conformidad se trata. Para ser sincera, no tener un segundo para respirar es agotador. Recuerdo el día que mi mamá aseguraba que yo debía estar nadando un montón ya que tenemos piscina en la finca en la que vivimos actualmente. “Nadar nunca, vigilar siempre” fue mi respuesta pues es lo que hace quien siempre está a cargo de alguien como yo lo estoy hoy: vigilo que no se hagan heridas graves, que Ema no se meta algo peligroso en la boca como un cucarrón o una piedra, que Antonio no le pegue a Ema, que no se ahoguen, que coman bien, que nos traten bien, que aprendan a comer de todo, que Antonio no se caiga de los árboles, cambiarle a Ema apenas hay mal olor, que Antonio no le pegue a los perros y Ema no les meta las manos en la boca, que se laven las manos antes de comer, que se sientan amados, que aprendan lo que creemos que deberían aprender los niños de sus edad, que logren manifestar sus sentimientos sin hacerse ni hacer daño… que vivan su niñez felices y tranquilos y con posibilidad de que a futuro sean buenos seres humanos. Dándomelas de libre pensadora creí que mis pretensiones de lo que espero que lleguen a ser mis hijos no serían muchas. Manifiesto que aunque cada día mis pretensiones son mayores, intento desmontarme de ellas, de manera fallida hasta el momento pero al menos lo sigo trabajando.
Intentar educar no es el problema, el problema siento que radica en la soledad en la que me siento. Qué bueno sería hacer este trabajo en comunidad, con otras mamás y papás en el mismo plan. Aun así, tal como lo hacemos hoy en día, en una finca retirada de todo, donde el paisaje es hermoso pero no hay casi gente. Sapo de otro pozo fue como me sentí en el último encuentro al que fui en la Vereda, destinado a mujeres con niños menores de 5 años, actividad a la que asistí durante 3 meses. Con la sensación de no ser de allí entendí que lo más seguro es que por haber crecido en una inmensa ciudad, con todas las oportunidades de salir adelante y por haber viajado, me es absolutamente imposible hacer amistad con quienes me encuentro en la actividad: mujeres que siempre han vivido en el campo, con un quinto de primaria completado en el mejor de los casos y que quizás lo más lejos donde han ido ha sido dos pueblos más allá. Aunque nunca pensé que una afirmación que suena tan clasista se gestaría en mi cerebro, hoy la reconozco porque la siento en carne propia. Y claro que puedo hacer relación pero sé que relación no necesariamente implica amistad.
Por eso, hoy mientras Ema se aferraba a mi pierna implorando brazos, Antonio gritaba por obtener atención y la casa sufría un progresivo y acelerado desorden masivo, solo pensé que esta tiene que ser una transición para algo más y que seguro que el tiempo se pasa tan rápido que más me vale gozarlo. Tendremos que buscar entonces un lugar para seguir fortaleciendo nuestra familia en un entorno que sintamos más apropiado, con mucha naturaleza así como en el que vivimos, con más personas jóvenes con hijos pequeños, con la posibilidad de hacer comunidad, con posibilidades también de desarrollarnos cada uno en lo suyo. Y aunque a veces me siento tan mala mamá, quiero creer que es porque las mujeres llevamos aquello de la culpa bien arraigado, que todavía queda tanto por aprender que más me vale agarrarme fuerte y respirar profundo, para poder disfrutar día a día, segundo a segundo, de la maravilla de ser mamá. Que siga la función llena de berrinches, amores, rabietas, canciones, risotadas, levantadas a cualquier hora y más, mucho más.
A mi mamá quien nos dio la vida y todo el amor a mí y a mi hermana y a quien entiendo cada vez más desde que soy mamá, gracias. A las mamás que me han cuidado como si fuera hija, gracias. A los que asumen el rol de mamás, felicitaciones porque el mundo, entre tantas otras cosas, necesita quien cuide, ame, proteja y enseñe como lo hacen las mamás.  

domingo, 23 de abril de 2017

Volviendo a escribir.

En el último escrito publicado anunciaba que cumpliría 30 años. Angustias sobre el pasado y anhelos sobre el futuro decoraron el escrito de ese momento en el que publiqué por última vez lo escrito. Hoy, 4 años más desde aquella última publicación, más (o menos) sabiduría, y dos hijos hermosos a bordo, vuelvo. Me lanzo al agua como los patos, después de mucho pensar en un nombre más acorde para mi blog sin llegar a nada. Por eso, hoy a pesar del limitado tiempo que tengo para escribir y luego publicar, lo hago. De seguir sin hacerlo, el tiempo seguirá pasando y el arrepentimiento de no hacerlo más temprano que tarde seguirá siendo una piedra en el camino.


Estamos en la foto los cuatro de la familia que de manera casi imprevisible comenzó. A pocos días de cumplir 5 años de conocernos con Facu, en aquel tren bolviviano, seguimos en la construcción de nuestra familia. Teniendo en cuenta que nuestro hijo grande cumple 4 años en menos de un mes, se hace evidente que a pesar de haber pasado todo tan rápido, con orgullo y siempre con una dosis de locura puedo decir que esta foto a mano derecha es una buena foto de portada. Espero que la cara de Ema en la foto solo sea el resultado de un corto tiempo de entrenamiento en el núcleo familiar; cara de susto que espero no estarle causando ningún tipo de trauma.


De pensar en este blog como "mi empresa" podría decir que el nombre no es muy acorde porque sencillamente la "razón social" ha cambiado. Lo veo en los 58 escritos que tengo en el escritorio de borradores del mismo blog. Hoy, diferente a 5 años atrás, escribo sobre varios temas además de viajar. Intentando ser más acorde con las ideas que hoy en día llenan mis páginas, tantos títulos han salido en repentinas lluvias de ideas sin lograr algo que no se haya inventado y que haga sentido con lo que quiero transmitir. Por eso, hoy me quedo con esta página, porque todavía viajo por el mundo; en este momento por una pequeñísima fracción del mundo cuando de movilidad se trata. Aun así, siempre tengo ALGO QUE CONTAR: como mamá de dos, como pareja de un argentino, como hija de una sociedad en la que nunca me he sentido del todo acorde, como hija que creció rebelde con mis papás por ser ahora mamá, como ex-profesora y demás razones que me pican la lengua y ante los cuales tengo que transmitir alguna ocurrencia.

Por todo esto, hoy me disculpo si quien lea no entienda a veces la razón de continuar en el mundo de la escritura. Continuo porque es mi gran pasión y porque siempre existirá alguien que quiera leer tonterías de la vida de una mujer común quién decidió vivir una vida no tan común. Siempre con el viaje como uno de los hilos conductores, siempre con ganas de contar algo para quien quiera leer o para que el día de mañana, al abrir el blog pueda reírme de mi misma.

Como en este momento de mi vida la labor de escribir es fácilmente interrumpida por la indiscutible prioridad de mis hijos ahora termino este escrito. Las fotos que quedan, son la evidencia de haber viajado como familia; la constancia de haber comenzado a construir el sueño de realizar con nuestros hijos el sueño eterno de viajar. La historia de aquel primer viaje en nuestros busesito viajero llamado "La Peregrina" serán el relato del siguiente escrito. Ahora, con tantos pedidos por "mamá" y poco tiempo de revisión espero que quienes me leyeron alguna vez vuelvan y así poder contar muchas historias más.