Martes 2 de Mayo de 2017 / 11 am:
Ema aferrada a mi pierna gritando con sus tres dientes como
quien ruega que le perdonen la vida, Antonio también gritando desaforado desde su
habitación y yo intentando entender cómo funciona la bendita olla a presión
para hacer los garbanzos que dejé remojando desde el día anterior. Con ganas de
incluirme a este dueto musical desgarrador reventando en llanto, me trago las
ganas y solo me prometo estar escribiendo sobre esta situación apenas caiga la
noche. No quise contar en un principio que lo que Antonio gritaba distaba de
ser elogio hacia mí, su mamá: “Eres fea y tonta mamá… NO! Eres feísima y
tontísima!!!”. Afortunadamente el animal salvaje que quiere gritarles más
fuerte y salir corriendo es aplacado por el ser civilizado y amoroso que
también puedo ser. 
“Ema, ya te alzo, espérame que tu mami está intentando hacer almuerzo… y tu Antonio, grita todo lo que quieras pero allá en tu cuarto. Cuando te calmes me avisas y hablamos”. No se por qué, pero el hablarle a mis hijos en tercera persona al decirles “tu mami” en vez de “yo” me hace sentir empoderada del papel de mamá. Por supuesto, el hacer los garbanzos se queda para después, la casa patas arriba, Ema en mis brazos en su sagrado momento de alimentación, y Antonio gritando y llorando hasta que después de muchos amagues engañosos que simulan estar consiguiendo la calma, por fin el tan anhelado silencio está entre nosotros.
A pesar de que para mí mis hijos son divinos y que hay
muchos momentos gratificantes, a veces siento estar criando monstruitos que
desordenan, que exigen, que no se dan cuenta de la exigencia que hay detrás de
escena: lavar, limpiar, vigilar, estar absolutamente presente, de día, de
noche, de madrugada. El trabajo de ser mamá se parece al de la cocina que con
mirarla ya está sucia de nuevo y como la cocina, nadie paga por ello; diferente
al de la cocina, verlos crecer no tiene comparación. Pienso entonces en la labor
de las mamás y sobre todo el de las reales amas de casa. Con amas de casa me
refiero a aquellas mujeres que dedican sus días y noches a todo lo relacionado
con la casa: limpieza, orden, cocina, crianza y más limpieza y más orden y más
crianza… además atender al marido. Hablo de las reales al reconocer en mí una
parcialmente real pues confieso que uno
o dos días tengo a Rosita, un ángel caído del cielo quien hace todo lo de la
casa excepto la crianza, y porque al menos un día a la semana estoy en casa de
mis papás, momento en el que mis labores se reducen considerablemente. También
y no menos importante está Facu, papá que ayuda, que ama a sus hijos y que no
se niega en participar activamente de su crianza. Entonces evidentemente no soy
ama de casa, pero siendo al menos un intento de ama de casa creo tener la
potestad de decir que lo he vivido en carne propia y que me quito el sombrero
ante las de verdad. Ante mí misma me quito un sombrerito, porque siento que debo
darme crédito al haberme criado y vivir en una sociedad en la que los hijos
usualmente y la mayor parte del tiempo los criados por alguien diferente a los
papás.
En las conversaciones con otras mamás, usualmente surge el cuestionamiento “Cómo harían las
mujeres de antes para tener 12 hijos?” Reboleando palo o rejo, cuidándolos
mucho o poco… sea lo que sea, con seguridad las más exitosas tuvieron que ser
mujeres que comenzaron a ser mamás jóvenes y llenísimas de energía, quienes supieron
respirar profundo; unas berracas para no terminar en un manicomio. Cuando cae
el tema, mi insistencia es siempre la misma: las mujeres de antes, del tiempo
de mis abuelas, no tenían las altísimas pretensiones sociales ni personales que
tenemos hoy en día. Bueno, también seguramente eran terriblemente sometidas por
una sociedad machista que las contemplaba única y exclusivamente como amas de
casa. Adicionalmente, a punta de métodos
anticonceptivos poco efectivos o sin la posibilidad de ellos se llenaban de los
hijos que sus cuerpos aguantaban. A punta de baños mágicos esterilizantes o
abortivos de hierbas benditas seguramente evitarían algunos embarazos, excepto
aquellas súper fértiles a quienes las hierbas abortivas no harían ni cosquillas
al feto en camino, antes por el contrario, los harían más fuertes.
Sus vidas transcurrían entre ollas, mocos, traperos, pañales
y a sus hijos los alimentaban e intentaban mantenerlos con salud y como eran tantos,
seguramente se encargarían del hermano siguiente en orden de edades. Así que
una mujer con 12 hijos muy posiblemente en la situación que conté al principio
de este escrito, seguramente tendría además de los 2 niñitos gritando, unos
peleando, los otros dando quejas, los otros riendo a carcajadas y hasta zapatos
volando mientras la pobre mamá con los pelos parados estaría rogando por el
momento en el que la noche y el cansancio los hiciera dormir para devolver por
un rato la paz al hogar.
Mi abuela Myriam, mamá de mi papá fue ejemplo de una vida de
ama de casa y cuando tuvo que hacerlo, mujer trabajadora. Cuenta con terror
cómo amamantaba a su tercer bebé, embarazada del cuarto y correteando a los ya
caminantes. También, cómo lloraba cuando se enteró que vendría su quinto bebé,
de solo imaginar que fuera tan revoltoso como los cuatro anteriores, especialmente
uno de ellos. Hoy en día dice que tener a sus hijos fue gran bendición pero que
en su momento fue un gran desafío, sino el mayor.
Hoy en día, las mujeres nos demoramos en tener hijos para
prepararnos en todo sentido y luego, usualmente después de los 30, con varios
cartones colgados en la pared, casadas, con carro, casa y beca, tenemos hijos
“interrumpiendo” nuestra vida profesional. Nace una criaturita inocente, que
despierta amor por doquier y de un vuelco absoluto a la vida tan controlada y
en teoría fríamente calculada, las prioridades cambian, la relación en pareja
cambia, el cuerpo cambia y la vida cambia porque sencillamente nuestro tiempo
diurno y nocturno ya no es nuestro; nacen las expectativas y con estas los
miedos e incertidumbres de si seremos o no buenos padres. Después, quienes
decidimos no entregar a una guardería a nuestros bebés a los tres meses para
volver al trabajo somos pocas y usualmente las que lo hacen tiene que ver con
una necesidad económica y/o una necesidad de trabajar. Después, es mínima la
cantidad de mujeres que se quedan en casa después del primer año de vida de sus
hijos argumentando necesitar volver a trabajar. Y así consecutivamente, quienes
deciden criarlos en casa y quedarse para que los hijos crezcan con mamá
permanente son contadas con los dedos de la mano, al menos en la sociedad que
crecí.
Mi situación hoy en día es la última: Antonio de casi 4 años
de edad y Ema de casi 1 año, son mi quehacer diario. No me he casado, ni tengo
más de un cartón colgado en la pared. No tuve carro, ni casa ni beca antes de
tener a Antonio porque con Facundo nos conocimos y anduvimos por el mundo
cuatro meses antes de saber que seríamos padres…. Como dijo mi mamá al
enterarse y con razón “Todo al revés!” No me quejo de tener la oportunidad de
estar cerca de mis hijos. Agradezco a la vida el poder hacerlo al tener a Facu,
mi compañero con quien estuvimos de acuerdo en hacer lo que hacemos hoy: él
trabaja en la finca, yo trabajo en la casa.
Aunque hayamos tomado la decisión, en lo cotidiano mi
cerebro me juega sucio cuando de conformidad se trata. Para ser sincera, no tener
un segundo para respirar es agotador. Recuerdo el día que mi mamá aseguraba que
yo debía estar nadando un montón ya que tenemos piscina en la finca en la que
vivimos actualmente. “Nadar nunca, vigilar siempre” fue mi respuesta pues es lo
que hace quien siempre está a cargo de alguien como yo lo estoy hoy: vigilo que
no se hagan heridas graves, que Ema no se meta algo peligroso en la boca como
un cucarrón o una piedra, que Antonio no le pegue a Ema, que no se ahoguen, que
coman bien, que nos traten bien, que aprendan a comer de todo, que Antonio no se
caiga de los árboles, cambiarle a Ema apenas hay mal olor, que Antonio no le
pegue a los perros y Ema no les meta las manos en la boca, que se laven las
manos antes de comer, que se sientan amados, que aprendan lo que creemos que deberían
aprender los niños de sus edad, que logren manifestar sus sentimientos sin
hacerse ni hacer daño… que vivan su niñez felices y tranquilos y con
posibilidad de que a futuro sean buenos seres humanos. Dándomelas de libre
pensadora creí que mis pretensiones de lo que espero que lleguen a ser mis
hijos no serían muchas. Manifiesto que aunque cada día mis pretensiones son
mayores, intento desmontarme de ellas, de manera fallida hasta el momento pero
al menos lo sigo trabajando.
Intentar educar no es el problema, el problema siento que
radica en la soledad en la que me siento. Qué bueno sería hacer este trabajo en
comunidad, con otras mamás y papás en el mismo plan. Aun así, tal como lo
hacemos hoy en día, en una finca retirada de todo, donde el paisaje es hermoso
pero no hay casi gente. Sapo de otro pozo fue como me sentí en el último
encuentro al que fui en la Vereda, destinado a mujeres con niños menores de 5
años, actividad a la que asistí durante 3 meses. Con la sensación de no ser de
allí entendí que lo más seguro es que por haber crecido en una inmensa ciudad,
con todas las oportunidades de salir adelante y por haber viajado, me es
absolutamente imposible hacer amistad con quienes me encuentro en la actividad:
mujeres que siempre han vivido en el campo, con un quinto de primaria
completado en el mejor de los casos y que quizás lo más lejos donde han ido ha
sido dos pueblos más allá. Aunque nunca pensé que una afirmación que suena tan
clasista se gestaría en mi cerebro, hoy la reconozco porque la siento en carne
propia. Y claro que puedo hacer relación pero sé que relación no necesariamente
implica amistad.
Por eso, hoy mientras Ema se aferraba a mi pierna implorando
brazos, Antonio gritaba por obtener atención y la casa sufría un progresivo y
acelerado desorden masivo, solo pensé que esta tiene que ser una transición
para algo más y que seguro que el tiempo se pasa tan rápido que más me vale
gozarlo. Tendremos que buscar entonces un lugar para seguir fortaleciendo nuestra
familia en un entorno que sintamos más apropiado, con mucha naturaleza así como
en el que vivimos, con más personas jóvenes con hijos pequeños, con la
posibilidad de hacer comunidad, con posibilidades también de desarrollarnos
cada uno en lo suyo. Y aunque a veces me siento tan mala mamá, quiero creer que
es porque las mujeres llevamos aquello de la culpa bien arraigado, que todavía
queda tanto por aprender que más me vale agarrarme fuerte y respirar profundo,
para poder disfrutar día a día, segundo a segundo, de la maravilla de ser mamá.
Que siga la función llena de berrinches, amores, rabietas, canciones, risotadas,
levantadas a cualquier hora y más, mucho más.
A mi mamá quien nos dio la vida y todo el amor a mí y a mi
hermana y a quien entiendo cada vez más desde que soy mamá, gracias. A las
mamás que me han cuidado como si fuera hija, gracias. A los que asumen el rol
de mamás, felicitaciones porque el mundo, entre tantas otras cosas, necesita
quien cuide, ame, proteja y enseñe como lo hacen las mamás.





