por sus pequeños viajeritos. Claro que decir "hasta pronto" no fue fácil. Sobre todo mis papás y mi abuelita hicieron que mi corazón arrugado como uva pasa se manifestara en lagrimones de cocodrilo. Con la sensación de estar viviendo una despedida fría y sin mucha aprobación, partimos de Bogotá, ciudad donde nací donde espero no volver a vivir. Agradezco a Bogotá pues me vió crecer y es donde vive la mayoría de mi familia, pero es necesario que me despida una vez más pues no es donde quisiera ver a mis hijos crecer. Eso sí, para visitar, los días que hoy y siempre eligiré son el 25 de Diciembre y 1 de Enero, días en los que los que la ciudad descansa de la sobre población. También elijo estar en Marzo cada dos años, en la semana en que el Festival Internacional de Teatro se toma la ciudad.
Volviendo a la despedida, aunque en ese momento sentí una energía más de funeral que de fiesta. Para nosotros tampoco es fácil separarnos. No busco separarme, solo busco viajar en el bus que hemos construido casa (con todo lo que esto implica), buscar el lugar donde queremos echar raíces, llevar a mis hijos a que se adapten a las condiciones que les vamos ofreciendo en el camino mientras conocen el mundo de nuestra mano... y como nadie más que los 4 nos subimos al bus, la separación al menos física se hizo inevitable. Aun así, para quien se quiera subir, hicimos un puesto demás adentro, los demás, tendrían que someterse al amarre en la parrilla del techo. Quien dijo que ese no pueda ser el mejor puesto?
Partimos y aunque quise adelantar ese momento o conseguir una plancha caliente para quitarle rápidamente las arrugas al corazón, solo los kilómetros y la alegría familiar hicieron el trabajo.... y eso sí, sí que hizo el trabajo la "guanabanada" que me tomé a la salida de Soacha, sur de Bogotá. Fueron algo más de 4 meses en los que el deseo y el empuje nos llevaron a ese momento en el que cosechamos el estar por fin andando en nuestra pequeña casa rodante de sueños. Gran logro de familia, gran logro de pareja, hacia el sueño que por fin se materializó.
Partimos rumbo a Melgar, departamento del Tolima, a tres horas según el celular, 5 horas según nuestros cálculos, contando con la lentitud característica de La Amarilla (80 kms / hora). Sorprendidos de ver tantas familias venezolanas en las vías, caminando en el medio de la nada, se hacía cada vez más cierto la infamia que se vive en Venezuela. Fue increíble sentir cómo esa situación podría ser la de cualquier persona, rica o pobre. Queriendo darles solución a los que nos encontramos pero sabiendo lo fuera que está de nuestras manos, nuestro camino siguió, solo deseándoles lo mejor así fuese a distancia.
En su finca entre Carmen de Apicalá y Melgar estaban esperándonos Molly y Gonza, papás de mi gran amiga del alma y de viajes, Clari. Más tarde que nunca llegamos, y la bienvenida de estos dos amorosísimos seres humanos fue espectacular a pesar del inminente ataque de mosquitos de las 6 de la tarde en pleno Bosque Seco Tropical Colombiano.
En su finca entre Carmen de Apicalá y Melgar estaban esperándonos Molly y Gonza, papás de mi gran amiga del alma y de viajes, Clari. Más tarde que nunca llegamos, y la bienvenida de estos dos amorosísimos seres humanos fue espectacular a pesar del inminente ataque de mosquitos de las 6 de la tarde en pleno Bosque Seco Tropical Colombiano.
Como siempre nos cuesta partir de donde nos han querido tanto, los 2 días planeados se convirtieron
en 5, pues entre río, naturaleza, piscina, pescado, deliciosas charlas y tantísimo cariño, quisimos que nuestros días fuesen de nunca acabar. Nos compraron gorras y camisetas, y hasta un rosario de protección y cositas para llenar la nevera nos llevamos. La partida fue también agüada. Una vez más lloré. Me he vuelto llorona. Creo que lo soy desde hace 5 años cuando me convertí en mamá. Desde entonces, chillo por cualquier cosa que me despierte sentimiento: desde una despedida, hasta ver en televisión una niña que ni conozco deleitando a un público con su cantar.
en 5, pues entre río, naturaleza, piscina, pescado, deliciosas charlas y tantísimo cariño, quisimos que nuestros días fuesen de nunca acabar. Nos compraron gorras y camisetas, y hasta un rosario de protección y cositas para llenar la nevera nos llevamos. La partida fue también agüada. Una vez más lloré. Me he vuelto llorona. Creo que lo soy desde hace 5 años cuando me convertí en mamá. Desde entonces, chillo por cualquier cosa que me despierte sentimiento: desde una despedida, hasta ver en televisión una niña que ni conozco deleitando a un público con su cantar.
Salir de madrugada con niños y en carro casa es lo mejor. Prendemos motores y mientras ellos siguen tranquilos durmiendo, nosotros adelantamos kilómetros acompañados de buena música y el infaltable mate. El sol fue saliendo y con este, el calor se manifestaba cada vez con más fuerza. Ema se levantó primero y con sus abrazos e intentos de despertar a su hermano, logró su cometido, justo antes de comenzar a subir La línea, carretera en la que en pocos kilómetros ascendimos a los 3500 msnm para bajar rápidamente a los 800 msnm. Pasar de tener tanto calor a tanto frío, para después calor, es extraño, es hermoso. La vegetación habla por si sola del lugar. Las plantas de plátanos y bananos así como los puestos a lado y lado de la carretera de cítricos, es por excelencia el más evidente indicador de que estamos todavía en tierra caliente. La vegetación menos frondosa y nubosidad, que estamos en clima frío, para luego volver a las frutas tropicales. Qué cerquita se ve todo en el mapa y que distanciado es en la vida real!
Entre túneles y carreteras que lucían cada vez mejores fuimos capoteando la ruta: Facu conduciendo y yo en maniobra de niños: entreteniéndolos en sus ascientos a punta de paisajes, comida y música, con libros y patanería en las camas y hasta jugando con uno un juego y con el otro, otro.
A más de 15 días de haber salido, el relato continuará...
Entre túneles y carreteras que lucían cada vez mejores fuimos capoteando la ruta: Facu conduciendo y yo en maniobra de niños: entreteniéndolos en sus ascientos a punta de paisajes, comida y música, con libros y patanería en las camas y hasta jugando con uno un juego y con el otro, otro.
A más de 15 días de haber salido, el relato continuará...








