martes, 28 de agosto de 2018

El arranque de La Amarilla

Y "La Amarilla" arrancó, con papá y mamá queriendo comerse el mundo a mordiscos, acompañados
por sus pequeños viajeritos. Claro que decir "hasta pronto" no fue fácil. Sobre todo mis papás y mi abuelita hicieron que mi corazón arrugado como uva pasa se manifestara en lagrimones de cocodrilo. Con la sensación de estar viviendo una despedida fría y sin mucha aprobación, partimos de Bogotá, ciudad donde nací donde espero no volver a vivir. Agradezco a Bogotá pues me vió crecer y es donde vive la mayoría de mi familia, pero es necesario que me despida una vez más pues no es donde quisiera ver a mis hijos crecer. Eso sí, para visitar, los días que hoy y siempre eligiré son el 25 de Diciembre y 1 de Enero, días en los que los que la ciudad descansa de la sobre población. También elijo estar en Marzo cada dos años, en la semana en que el Festival Internacional de Teatro se toma la ciudad.

Volviendo a la despedida, aunque en ese momento sentí una energía más de funeral que de fiesta. Para nosotros tampoco es fácil separarnos. No busco separarme, solo busco viajar en el bus que hemos construido casa (con todo lo que esto implica), buscar el lugar donde queremos echar raíces, llevar a mis hijos a que se adapten a las condiciones que les vamos ofreciendo en el camino mientras conocen el mundo de nuestra mano... y como nadie más que los 4 nos subimos al bus, la separación al menos física se hizo inevitable. Aun así, para quien se quiera subir, hicimos un puesto demás adentro, los demás, tendrían que someterse al amarre en la parrilla del techo. Quien dijo que ese no pueda ser el mejor puesto?

Partimos y aunque quise adelantar ese momento o conseguir una plancha caliente para quitarle rápidamente las arrugas al corazón, solo los kilómetros y la alegría familiar hicieron el trabajo.... y eso sí, sí que hizo el trabajo la "guanabanada" que me tomé a la salida de Soacha, sur de Bogotá. Fueron algo más de 4 meses en los que el deseo y el empuje nos llevaron a ese momento en el que cosechamos el estar por fin andando en nuestra pequeña casa rodante de sueños. Gran logro de familia, gran logro de pareja, hacia el sueño que por fin se materializó.

Partimos rumbo a Melgar, departamento del Tolima, a tres horas según el celular, 5 horas según nuestros cálculos, contando con la lentitud característica de La Amarilla (80 kms / hora).  Sorprendidos de ver tantas familias venezolanas en las vías, caminando en el medio de la nada, se hacía cada vez más cierto la infamia que se vive en Venezuela. Fue increíble sentir cómo esa situación podría ser la de cualquier persona, rica o pobre. Queriendo darles solución a los que nos encontramos pero sabiendo lo fuera que está de nuestras manos, nuestro camino siguió, solo deseándoles lo mejor así fuese a distancia.

En su finca entre Carmen de Apicalá y Melgar estaban esperándonos Molly y Gonza, papás de mi gran amiga del alma y de viajes, Clari. Más tarde que nunca llegamos, y la bienvenida de estos dos amorosísimos seres humanos fue espectacular a pesar del inminente ataque de mosquitos de las 6 de la tarde en pleno Bosque Seco Tropical Colombiano.

Como siempre nos cuesta partir de donde nos han querido tanto, los 2 días planeados se convirtieron
en 5, pues entre río, naturaleza, piscina, pescado, deliciosas charlas  y tantísimo cariño, quisimos que nuestros días fuesen de nunca acabar. Nos compraron gorras y camisetas, y hasta un rosario de protección y cositas para llenar la nevera nos llevamos. La partida fue también agüada. Una vez más lloré. Me he vuelto llorona. Creo que lo soy desde hace 5 años cuando me convertí en mamá.  Desde entonces, chillo por cualquier cosa que me despierte sentimiento: desde una despedida, hasta ver en televisión una niña que ni conozco deleitando a un público con su cantar.



Salir de madrugada con niños y en carro casa es lo mejor. Prendemos motores y mientras ellos siguen tranquilos durmiendo, nosotros adelantamos kilómetros acompañados de buena música y el infaltable mate. El sol fue saliendo y con este, el calor se manifestaba cada vez con más fuerza. Ema se levantó primero y con sus abrazos e intentos de despertar a su hermano, logró su cometido, justo antes de comenzar a subir La línea, carretera en la que en pocos kilómetros ascendimos a los 3500 msnm para bajar rápidamente a los 800 msnm. Pasar de tener tanto calor a tanto frío, para después calor, es extraño, es hermoso. La vegetación habla por si sola del lugar. Las plantas de plátanos y bananos así como los puestos a lado y lado de la carretera de cítricos, es por excelencia el más evidente indicador de que estamos todavía en tierra caliente. La vegetación menos frondosa y nubosidad, que estamos en clima frío, para luego volver a las frutas tropicales. Qué cerquita se ve todo en el mapa y que distanciado es en la vida real!



Entre túneles y carreteras que lucían cada vez mejores fuimos capoteando la ruta: Facu conduciendo y yo en maniobra de niños: entreteniéndolos en sus ascientos a punta de paisajes, comida y música, con libros y patanería en las camas y hasta jugando con uno un juego y con el otro, otro.

A más de 15 días de haber salido, el relato continuará...


jueves, 9 de agosto de 2018

De 80 a 6 metros cuadrados

La fecha de salida planteada inicialmente (6 de Junio),  se fue postergando hasta el punto en el que en lugar de responder a la pregunta "Cuando se van?" con " la próxima semana" tuvimos que cambiarla por la respuesta "apenas podamos". La diferencia entre el viaje que estamos por hacer y un vuelo programado, es que en nuestro caso no hay horario obligatorio de partida ni nada que nos exija sí o sí tener que salir en un momento específico. El momento obligado ya pasó, el momento en el que se casó mi amigo Juanse, para el cual salimos pero tuvimos que volver, llamándolo así, "el viaje de prueba".


Hoy, con más de 2 meses de retraso de lo dicho, partiremos una vez podamos cerrar la puerta de la casa en la que vivimos, entregar la llave, chequear al menos gran parte de pendientes de la lista, subirnos al bus y arrancar. Hoy me trago las palabras que lancé al aire creyendo que el proceso de partida sería más fácil, haciendo válida la frase "del dicho al hecho, hay mucho trecho". Largo trecho el que hemos tenido que transitar para llegar a que hoy estemos cada vez más cerca de que sea un hecho!


Soñarlo fue fácil. Ahora, lograr terminarlo se asemeja a ordenar a 30 niños de 4 años para que salgan en una foto, peinados y mirando al frente para el anuario del colegio, casi imposible. Para salir y dar por terminado el capítulo de preparación, los ánimos se exacerban, las discusiones crecen, la incertidumbre se apodera. Una  extraordinaria avalancha de emociones ocurre, esa de nosotros con
nosotros mismos, pues los días, semanas, y hasta meses transcurren sin poder dar un punto final al momento de preparación.

Por eso, hoy hay que salir lo antes posible, sea como sea. Agradezco infinitamente los momentos en los que pudimos trabajar tranquilos y concentrados, riéndonos de nosotros mismos, de los errores, con un mate de por medio. Especialmente agradezco por esos 5 domingos en los que fue posible avanzar muchísimo, liberados de nuestros chiquitos revoltosos gracias a los abuelos, tiempo que aunque difícilmente se vió reflejado, valió oro y pesó a la hora de velar por cumplir con avanzar hacia la meta.


Ahora, así mismo ha resultado difícil sentarme a escribir. Hoy como siempre que me desahogo aquí soltando cuanta cosa en el teclado, es más de media noche y cruzo los dedos para que Ema, mi hija de 2 años no se levante, obligándome a dar por terminado un intento más de escritura. Hoy escribo sobre lo que es pasar de una casa de 80 metros cuadrados a una de 6 metros cuadrados... un poco menos que la décima parte del espacio que hoy tenemos y aunque el cansancio que tengo me pesa cada vez más en los párpados, necesito terminar de escribir.



Pensar en mudarme a 6 metros cuadrados me enloquece viendo mi casa y haciendo consciencia de
cuanto más tenemos que achicarnos. Evidentemente, aunque habría creído ser una chica zen, sin
ningún tipo de apego material, confieso que soy terriblemente apegada, especialmente a las cosas de mis hijos. Agradezco a Pilar Sordo, psicóloga chilena de quien escuché la semana pasada la charla titulada "Que viva la diferencia". Entre chiste y chanza de lo que de manera desparpajada decía, entendí y acepto que a pesar de que soy un espíritu en esencia libre, me cuesta soltar muchas cosas materiales: porque las mujeres, o más bien, el lado femenino, tiende a acumular mientras el masculino tiende a soltar. Lo difícil de soltar hoy en día para la mudanza a 6 metros cuadrados de casa, creo que tiene que ver con que ambos, Facu y yo, tenemos ese lado femenino bien acentuado, por lo cual, si salimos de cosas es más por obligación que por pura capacidad de desapego o elevación hacia la liviandad.


Por eso hoy me siento como las mamás de las que tanto me burlaba de chiquita porque llevaban millones de cosas en su cartera, todas cumpliendo la misión del "por si acaso". Hoy literalmente someto a la mamá que vive en mí, la que tiende a la acumulación del "por si acaso" intentando depurar al máximo, para así subirme a nuestro nuevo hogar de 6 mts cuadrados, con la familia, donde cabe menos de la 10 parte de lo que tenemos. Así es como sucederá inevitablemente una de tres cosas: o me vuelvo loca o tiro todo o salgo adelante.

Buscando entonces salir victoriosa y cuerda, o al menos victoriosa,  me encuentro con que el ejercicio de soltar es una maravilla..... claro, cuando se logra. Y esto se logra, gracias a cortos lapsos en los que coinciden la paz mental con independencia de los chiquitos.


Cuando de revisar lo que hay se trata, estamos juiciosamente dividiendo las cosas en cinco grupos:
1. lo de llevar sí o sí
2. lo de llevar si cabe
3. lo de regalar
4. lo de botar a la basura
5. lo de guardar


Pongo de último el de guardar porque muy adentro de mi ser, intento no guardar. Acudo entonces al movimiento yankee del que me habló mi primo Alejo hace un tiempo, el cuál me quedó sonando. Aquél que dice que los seres humanos actuales deberíamos tener no más de 100 cosas. Antes de hacer el ejercicio, habría apostado tener muchísimas menos de esta cifra. Cual fue para mí la vergonzosa sorpresa de ver que esta cifra no le hacía ni cosquillas a la real... mínimo unas 180, mal contadas.



Sinceramente, creo que nos acostumbramos a tener muchas cosas, tantas que desde chiquitos aprendemos a no apreciar lo que tenemos. Más aún, con la bendita moda de hacer las cosas más baratas y más desechables, las cuidamos menos porque sabemos que total, su vida útil es corta y como el costo es bajo, conseguirlas de nuevo no es tan difícil como antes. También siento que socialmente hemos intentado cubrir las carencias de interacción social, el estar en la naturaleza y el contacto con nuestra espiritualidad, atiborrándonos con lo material, razón por la cual, lo normal tiende a que seamos profesionales en la acumulación.


Hasta el momento, mis hijos afortunadamente no han demostrado gran apego material por ningún juguete en específico, pues de lo contrario, dejar o tener que abandonar en el camino alguno por necesidad de espacio sería labor titánica. Algo que intento aprender todos los días es la fácil adaptación de los niños. Al menos los míos, aunque tienen sus fuertes rasgos de ser consentidos cuando no les damos lo que quieren, usualmente se adaptan a lo que hay, a excepción de la casa de sus abuelos donde pueden y logran hacer lo que quieren, como lo quieren.... finalmente para eso son los abuelos.

Para cerrar, hoy aspiro a que nuestra "depuración" de casa sea efectiva: sin dolor, sin pausa pero sin prisa. Tenemos definida la estrategia pues no hayamos otra en medio de tanto caos: Apenas esté listo el bus, iremos organizando de a poco todo lo que si o si debe ir. Todo debe ir absolutamente organizado y en el lugar donde han de mantenerse durante todo el viaje cuando no están en uso. Una vez salgamos de lo indispensable, el plan es pasar a lo que queremos. Por último lo que va "por si acaso". Sospechando que aunque el bus lo ha diseñado y construido en su totalidad Facu como para almacenar todo lo que queramos, sospecho que hasta en la primera clasificación de "lo indispensable" habrá aquello que hemos de dejar por falta de espacio.


En fin, con la firme meta de terminar el bus lo antes posible, hacer todas las vueltas que hay detrás de escena y deshacernos de mucho de lo que tenemos, esperamos poder salir esta semana a más tardar en el fin de semana. Que así sea, antes de que empiecen a volar platos ante los ánimos revueltos o que quizás terminemos dejando entrar a los ladrones para que se lleven todo, quitándonos a propósito el problema de tener que elegir qué llevar, qué dejar y qué regalar.



Arriba el ánimo del desapego!