Estaríamos en
Isla Portete unas cuatro horas, al menos eso le dijimos al hombre que nos
cuidaba a La Amarilla. Mientras caminábamos por la playa fuimos encontrando
carteles que indicaban que allí había nidos de tortuga. Eran varios; tantos
que deseé volver a ver una tortuga marina como aquellas con las que trabajamos y
otras con las que nadamos con Clari cuando viajamos de mochila en dos proyectos diferentes en Brasil: Proyeto Tamar
de Ubatuba y Parque Nacional Marinho dos Abrolhos.
Un hueco en la
arena nos hizo frenar. En el fondo había un bicho negro. Desde ese ángulo a
simple
Juntos la
acompañamos hasta el mar. Ella debía caminar y hacer todo el proceso de llegada
pues caminar en tierra y luego encontrarse con las muchísimas olas que la
arrastrarían como a no dejarla entrar, era lo que necesitaba en ese momento
para enfrentar las inclemencias del mundo marino; para sobrepasar el primer gran
reto de ser tortuga marina. Ema detrás le quería tirar arena encima, Antonio
delante la quería alzar para llevarla pronto al mar. Por fortuna, la tortuguita
ya para el momento llamada “Caparazoncito” por parte de mi hijo, era fuertísima
y su instinto era tan evidentemente bien calibrado que nunca dudó que el mar
quedaba hacia donde se dirigía.
Solo al llegar al
agua y al ser medio cubierta por agua, fue que parecía como si intentara mirar por
encima del agua su horizonte; como si mirando por encima del agua su brújula se
calibrara con cada respiro. Y así, entre cortos avances caminando y largos
avances nadando, logró después de muchos revolcones llegar a por fin nadar y
escabullirse entre las olas. Un par de veces vimos su naricita asomarse en
medio de la espuma de las olas que chocan, momentos en los que con emoción dimos
gritos de ánimo para que “Caparazoncita” siguiera su camino para quizás un día
encontrarnos de nuevo.
Qué emocionante
fue el momento. Tan emocionante que nos terminó pasando lo que acontece con
quien va al casino y en la primera apuesta de una moneda, se gana un billete:
queda con la sensación de que si ganó esa primera vez, claramente será factible
ganar muchas otras veces. Fue así como ni cortos ni perezosos nos ofrecimos
como voluntarios para hacer los turnos nocturnos y así apoyar en el mundo de
las tortugas marinas. En el día ayudaríamos en el arreglo y control de los
nidos… cruzamos los dedos para que nos tocara algún nacimiento! En la noche
haríamos turnos para revisar si alguna tortuga salía del mar a depositar los
huevos. Tal como en el casino, si en la primera hora de playa habíamos liberado
a una diminuta tortuga llamada Caparazoncito, ¿cómo no tendríamos el privilegio
de ver mucho más, quedándonos unos dos o tres días? Esa tarde hasta pasamos horas pintando todos los tamaños de tortugas en la playa.
Y es que el tema
del cuidado en esta isla es así: Desde hace 2 años tienen una gran amenaza por
la cantidad de perros que tienen en la isla, alrededor de 30. Llegaron allí
después del terremoto que sacudió toda la zona y según dicen Cristian y Ander,
los funcionarios que trabajan con las tortugas,
son una terrible amenaza tanto para las tortugas que
llegan a querer poner los huevos como para los nidos y las que nacen.
Para las
tortugas que llegan porque muchas veces las molestan tanto con ladridos que las
tortugas se dan la vuelta y entran de nuevo al mar. Para los nidos
porque muchas veces los encuentran antes que Ander y Cristian y se los comen
como un gran manjar. Los casi 100 huevos depositados se los empacan en mucho
menos tiempo que lo que tarda la mamá tortuga en salir, arrastrarse por la
playa hasta un lugar adecuado, abrir el hueco, depositar los huevos, tapar el
nido y salir de regreso al mar. Por último, son amenaza también las
tortugas bebés quienes apenas nacen salen lo más rápido que pueden hacia el
mar. Muchas veces los perros las quieren mordisquear y molestar, algo que las
debilita y en muchos casos mueren antes de llega. A veces también están los humanos que meten la mano para aprovechar los huevos y venderlos en el mercado negro.
“Creo que es por
frustración que les pegan. El pescador que emocionado empieza a sacar las
mallas pensando en que pescó un gran pez y así va haciendo cuentas de lo que podrá hacer
con el mismo. Después de mucho esfuerzo de sacar esos cerca de 25 kilos, se da
cuenta ya en la superficie que es una tortuga. Golpea su cabeza para que se
suelte fácilmente las redes sin romperlas y por la frustración de no haber podido
conseguir una buena pesca. Así, saca su frustración, recupera el anzuelo de 1 dólar
si es que la tortuga se había enrredado con uno y logra no tener que cortar las
redes para liberarla.”
Habiéndonos
quedado los tres días, junto con Cristian, Ander y otras dos muy queridas
voluntarias, Pilar y Marina, no vimos ni desove ni nacimiento. Fuimos solo
testigos de la muerte de una tortuga en tierra y de una segunda que llegó muy
mal herida a recibir primeros auxilios: ambas evidentemente maltratadas por
humanos. La primera la enterraron mis hijos, Facu y Cristian poniéndole una
torre con palos en la superficie argumentando que así iba a poder transformarse
rápidamente en algún otro animal. A la segunda tortuga le hicimos una pequeña
piscina donde la cuidamos entre todos. Tenía un golpe en la cabeza. Hablando con Cristian, preguntándole su opinión acerca del hecho me dijo lo siguiente:
“Creo que es por
frustración que les pegan. El pescador que emocionado empieza a sacar las
mallas pensando en que pescó un gran pez y así va haciendo cuentas de lo que podrá hacer
con el mismo. Después de mucho esfuerzo de sacar esos cerca de 25 kilos, se da
cuenta ya en la superficie que es una tortuga. Golpea su cabeza para que se
suelte fácilmente las redes sin romperlas y por la frustración de no haber podido
conseguir una buena pesca. Así, saca su frustración, recupera el anzuelo de 1 dólar
si es que la tortuga se había enrredado con uno y logra no tener que cortar las
redes para liberarla.”
Qué dolor de
historia; más dolor aún me da sospechar que tiene toda la razón. Somos una raza
indolente. Hasta viendo ballenas lo noté: En el bote que nos llevó a verlas no
hubo ningún tipo de exclamación de emoción ni de expresión facial que denotara
algún tipo de sorpresa…. Solo éramos nosotros 4 quienes gritábamos y hasta
lloré de la felicidad de ver esa mamá ballena jorobada nadando junto a su bebé.
Los demás tomaron sus fotos y hasta ya querían volver. Supongo que la foto en
el Facebook era lo que querían lograr… me imagino que de tanta costumbre de ver
en televisión imágenes más impactantes, la naturaleza ya no les produce ningún
tipo de emoción.
Ojalá volvamos a la
naturaleza: a que nuestros oídos sonrían de tantos cantos de diferentes
pájaros, a que nuestros ojos se maravillen de ver la grandeza de una ballena y
la pequeñez de una tortuga recién nacida… y así, que con todos los sentidos
podamos deleitarnos con lo aparentemente más simple de la vida.
Y volveremos a Playa Portete porque el nacimieto y/o desove de las tortugas no nos lo queremos perder!!!











