jueves, 16 de febrero de 2012

Y que hacemos para que vengan las ballenas?

Nueve metros me dijeron que mide el soplo de una lindona de 30 metros llamada ballena azul. Mis ojos no lo han corroborado: ni los nueve del soplo ni los 30 del tamaño. Viendo el mar por encima de 100 metros, admiro su inmensidad a la vez que me preocupo de no lograr cumplir una de las tareas que me es asignada en el trabajo: ubicar grupos de ballenas. Tengo que tener cuidado con lo que le pido al universo pues desde hace tiempos pedí mar, mucho mar.

Comer del mar, estar rodeada de mar, oler el mar, fue una de mis peticiones al universo... Se me olvidó especificar en el pedido que quiero ver todos los bichos marinos, sobre todo ballenas. Hago aquí un paréntesis para explicar cómo funciona el universo según el secreto.: No es el hecho de pedir un hombre lo que salva a la mujer, quien desesperada quiere pareja e hijos. Si no hace el pedido con lujo de detalles (sin irse por el lado de ser en extremo quisquillosa), le llegará cualquier Juan Pérez, hará su vida un sancocho, no por lo sabroso sino más bien.

Volviendo Tal vez es por esto no consigo lo que necesito y me frustro al ver que pasan las horas, y que albatroces y aguiluchos atraviesan volando en frente de los binoculares, al son del canto de unos lobos marinos cuyo color de ojos alcanzo a ver si giro los binoculares en su dirección.

Es así como pedi mar. Fue maravilloso el primer día, cuando llegué a Chiloé. Nuestra casa es la que le pido a la vida que me sea dada. El mar se ve desde todas las ventanas. Joris y yo nos pedimos las camas donde el mar se ve más lindo. Maria Clara quedó apartada de nosotros del otro lado del segundo piso. Suena lejos aunque no lo es y además, parece no importarle. Chistoso fue que cuando la mamá de una de mis jefas vio que la repartición de camas no era del tipo "bugueño", como decimos cuando se separa a los hombres de las mujeres, me hizo el comentario típico de quien prefiere la repartición por sexos :"Aah! Entonces usteds dos del mismo lado??? deja dormir al gringuito no?" Reí por seguir la corriente. Bueno y esta mujer me vio cara de que o que??? Creo que aprovechó que el gringuito, quien por cierto es Holandés y no gringo, no entiende mucho español.


Joris a quien cariñosamente llamamos Mono o Gringo, tuvo que des-ecartonarse para no solo sobrevivir sino disfrutar al máximo sus días de trabajo. A punta de vino, clases de salsa y chistes cada vez más pesados, me parce que se siente en una buena zona de confort. El día en que descubrimos tener un montón de música colombiana, más que todo caribeña, de rasgos marcados de champeta y regetton, tomamos vino y prendimos la fiesta: en nuestra casita, en medio de la nada, los tres. Después de un buen rato de risas, baile y vino, el gringo dice de la manera más sutíl para no sonar displicente: les parece si mejor no me tocan? En Holanda, hay tanto contacto físico solo cuando se es pareja, o cuando la noche termina en algo más...

Debido a nuestro ligero alicoramiento, no pudimos hace otra cosa que reir ante la petición. Para lograr que Maria Clara entendiera la situación le puse el siguiente simil: la sensación de invasión del espacio personal para el gringo cuando baila con nosotras debe ser igual a la sensación que tu tuvimos al bailar champeta con los locales en la costa colombiana; invasión del espacio propio. El lenguaje corporal dice mucho, solo que hay que entender cual es la procedencia de la persona para lograr intepretarlo.

Volviendo al cuento del mar, acacbo de cumplir mi turno de hoy de 8 horas de avistamiento. Suena lindo, romántico y envidiable estar en una plataforma sobre el mar contemplándolo. Como por ahí dicen, "de lo bueno, poco". La parte del pedido de estar en frente al mar fue tenerlo de manera dosificada, poder entrar a nadar y v que algo diferente a barquitas de pescadores sobresalga de ese inmenso y arrigado tapete azul. Me sabe a cacho (quiero decir mal) al estar tanto tiempo sin tener un buen resultado. Obtuve 5 barcas de pescadores y 0 soplos. Otros días he tenido más suerte: hasta dos soplos he llegado a ver. Aun así es poco.


Propuse a mis jefas mediante el radio teléfono, aprender cetaceo y hacer una ceremonia de taparabos, tambores y sacrificios. He visto que así lo hacen algunas comunidades buscando tener una mejor cosecha. Vamos a tener que conseguir un par de hojitas, bailar a la vez que cantamos en "cetaceo" como el pecesito azul Dori, de Buscando a Nemo.
No se si me acepten la propuesta. Sobre todo el taparabos es inadecuado para la latitud que nos encontramos en la que ta temperatura media está en 10 grados. Yo lo haría, con tal de hace que vengan las reinas del mar. Lo del sacrificio, estoy decidiendo entr Maria Clara y una oveja. Lo consultaré con la almohada y con Joris, quien estará encantado de tener unas fotos maravaillosas para mostrar en el proyecto que está trabajando para una revista, una tal National Geographic. Aparecer en la revista así sea una tan poco reconocida de taparabos, cantando cetaceo al rededor del fuego mientras el sacrificado se cocina no me parece nada despreciable. Bueno, mejor no voy a proponer que sea Maria Clara sacrificada porque después de todo, la mocosita no se ha portado tan mal llevamdome las maletas por América del Sur por 10 meses y porque seguramente a la salida de Chiloé en Abril, la necesitaré para que sig cargando. Acabamos de decidirlo, Maria Clara será la sacrificada. Será llevada atada de pies y manos a un palo hasta la hoguera, con una manzanita en la boca.

Me voy ahora a aprender cetáceo, a atrapar a Maria Clara para la ceremonia a la que será invitada y a sacar el provecho de estar en este lugar de calma. No logro acostumbrarme a estar en esta época del año, en plenos cumpleaños de mis papás y mío en un lugar tan calmado. Mi idea era estar en este momento comenzando a sambar en Rio de Janeiro. Como la situación no es esa sino esta, llena de calma para aprender y mucho por aprender, decido no quejarme. Las ballenas vendrán. El canto en el ritual resultará, ya verán.... esta historia continuará: mi lente será el testigo de cuando una de las reinas del mar se digne a mostrarme su lomo, a batir su cola y luego a irse como vino, llevándose miedos, dejándonos sonrisas inborrables.

Dedicado a mi mamá por su cumpleaños. Te adoro mi linda mamá!!!

martes, 14 de febrero de 2012

Desde Bariloche hasta Isla de Chiloé

Como para seguir el hilo conductor del último escrito, comienzo este mencionando que he querido conseguir en los últimos días afinar el sexto sentido. Quiero creer que a mí me fue repartida una cantidad considerable del mismo antes de ser enviada a la tierra. Según afirmaba una jefa que tuve, unos son premiados con una ración considerable de “sexto sentido”, tal como ella parecía sentirlo en sí misma de manera visceral, y a otros no se les da ni las migas (entiéndase a "los otros" como todos los que éramos sus súbditos). Imagino el cielo tipo “sancocho” donde a cada nuevo bebé se le da su buena porción de cualidades que se pasan con defectos, mientras las cigüeñas calientan motores. Ya que toqué el tema y aunque no tenga mucho que ver con el presente texto, el cuento de que las cigüeñas son pájaros gigantes que vuelan kilómetros con un bebé colgado en el pañal, no se como pudo haber sido creída por alguien. Tenían que ser muy burros o muy respetuosos con los adultos los niños que recibieron tal explicación. Cómo tragaban entero el cuento y no se devolvían a preguntar de nuevo, cuando al salir de casa no veían algún bicho volador decorando los aires con bebés apestosos?


Dejando a un lado cuentos de cigüeñas y otros distractores, que nos contaron para evitar abordar temas que harían sonrojar a los adultos, sigo con el viaje. Quedé en la salida de Bariloche. Pasar la frontera siempre me despierta algo de escozor. Desde muy chiquita recuerdo ver en televisión, cómo mostraban familias enteras arrastrándose por el suelo polvoriento en el cruce de la frontera México - Estados Unidos, para ser luego arrestados y privados de cumplir su sueño americano. Afortunadamente la libertad de cruzar las fronteras en América del Sur es una realidad, siempre y cuando se cuente con el pasaporte y no se lleve algo ilegal. Lo del transporte de material biológico es mejor evitarlo pero es negociable; es mejor no llevarlo para no dar papaya pero a la hora de ser cuestionado se puede botar en la caneca de basura en la frontera. Tomamos entonces el bus de Bariloche a Puerto Montt.

Todo iba bien hasta cuando en una parada en medio del camino, cuando la somnolencia reinaba antes que la admiración por el paisaje, un señor se acercó a nosotras pidiendo bajarnos del bus para abrir una de nuestras mochilas. Mientras bajaba iba imaginando lo peor. Sin razón por la cual me podrían condenar, mi mente llegó a estratosferas de ideas de cómo sería las llamadas periódicas de familiares y amigos a prisión en medio de chilenos ladrones, gringos cargueros y latinos de todo tipo.
Puede abrir su maleta por favor? Me pide una mujer de guantes de cirugía con tapabocas quien no mira a los ojos. Imagino que para no hacerme quedar en ridículo frente a los demás pasajeros de encontrar algo escandaloso, ella, su compañero y el perro (al cual, lejos de consentirlo, le quería cortar la nariz por dejarse llevar por el olor a pollo que tendría la tela de la mochila después de tanto tiempo), me hicieron cruzar la calle y abrir la mochila detrás de un camión. Apenas la abrieron, salió la espada de plástico que traía desde Rio así como todo el desorden y me relajé. No había nada de qué preocuparme. De nuevo prendí mi sexto sentido y mi sentido de antropóloga para sacarle provecho a tan ridícula situación.


Lo más escandaloso que encontraron fueron los calzones encajosos fucsia que gané por la compra de un brasier en Buenos Aires. Mientras desocupaban la mochila, recordé que por alguna extraña razón, usualmente yo soy sospechosa de cargar algo. No fue una, ni dos sino tres veces (tal como dice la canción “El Santo Cachón”) en las que en un aeropuerto me fue entregado un papelito que decía en breve “Usted ha sido elegido al azar entre 10.000 personas para ser requisado por el posible porte de minas antipersonales o drogas ilegales”. La primera vez creí el hecho de haberme ganado tal lotería. La segunda, pasé al examen sin ni siquiera leer y la tercera, me reí, gesto ante el cual el señor que me lo entregó con seguridad pensó que estaba loca mientras yo pensaba “Ojalá tuviera la misma suerte AZAROSA con la lotería!!!”.


La policía me preguntó con ojos misteriosos, como de quien está queriendo percibir algún gesto, que le indicara algo más que mi respuesta ante su pregunta: “Usted consume marihuana o está con gente que fuma?”. Entendí su punto y respondí de la siguiente forma que bien podría “romper el hielo” entre la ley y yo o bien provocar más tensión aún. “No, solo me gusta la cocaína”, dije en tono sincero y de la manera más seria. Sus ojos abiertos como quien recibe un baldado de agua sembraron duda al comunicarse sin palabras con el compañero. Esperé el tiempo justo para luego decir: “Mentira!!!!” con la justa sonrisa y empujada de hombro que uso tradicionalmente con mis amigos. Los dos rieron tímidos. La estrategia rompehielos, surtió efecto. Cómo no iba a funcionar después de haber sacado de la maleta un mundo de objetos propios de quien "no rompe un plato"? Fui liberada y devuelta al bus no sin antes entablar una conversación más ligera con la ley.


De vuelta en la pista, íbamos llegando a la frontera cuando el hambre me obligó a pensar en si tenemos o no alguna reserva, en algún bolsillo o la maleta de comida que pudiera salvar a la “tripa chiquita de ser comida por la tripa grande”. Fue entonces cuando sacamos de la maleta una bolsa de ciruelas y un paquete de semillas de girasol entera. Porqué carajos, estando a pocos kilómetros de pasar la frontera donde está prohibido llevar cualquier tipo de material biológico y especialmente semillas, teníamos que tener semillas y más semillas CON CÁSCARA y no una empanada o un pan?
Podíamos haberlos botado a la caneca o esparcirlos por los aires desde la ventana, pero como el hambre era protagonista estelar, comimos a dos manos abusando de mandíbula y muelas al masticar, de tráquea y estómago al dejar pasar todo casi entero. Regalamos parte a los vecinos que aceptaron la ofrenda mientras maravillados nos miraban comer entre risas y atoradas. Quedó el puesto como si gallinas o cerdos en vez de personas hubiesen sido transportados en las sillas 42 y 43.


En la frontera, la demora fue de tres horas en lugar de media como los demás buses, tiempo en el que según iban afirmando los chismosos que inquietos revoloteaban entrando y saliendo del vehículo, era el tiempo necesario para que la policía decidiera qué hacer con los dos pasajeros de mi bus que llevaban dos kilos de cocaína. Solo se quedó en mi cabeza la discusión de diferentes latinos quienes argumentaban que para desgracia de esos pasajeros, su captura había ocurrido del lado chileno, no del argentino, donde según ellos, la ley es más flexible ante este tipo de incidentes. Finalmente no supe que pasó. La ansiedad de saber el desenlace del chisme era menor que la ansiedad que me causaba terminar el capítulo del libro que narra algo de la vida en destino que me esperaba: La isla de Chiloé.

La llegada a las 11 pm y el frío inclemente nos obligó a acceder a ir a un hostal al lado de la terminal, negocio que aceptamos después de revisar tantas opciones como fueron posibles. Como era de esperarse en un sistema de informalidades como este, el hostalito era más bien una casa de familia, donde el baño se compartía con papás e hijos de casa, donde no había wifi a pesar de ser ofrecido, donde encontramos un televisor después de tanto tiempo, en frente de la cama. Con control en mano dijimos lo que acostumbramos decir cuando no tenemos en el momento la información necesaria para decidir que pasará el día después: “Amanecerá y veremos”

Ahora solo fotos de nuestra llegada a Ancud:

En el barco en el que cruzamos en el Bus para llegar a la Isla de Chiloé

Donde queda Chiloé

Yo esperando en la plaza a que nos recogiera Bárbara, una de nuestras jefas de CCC (Centro de Conservación Cetácea)




martes, 7 de febrero de 2012

De Buenos Aires a Bariloche... los Aires siguieron siendo Buenos

Al salir de Buenos Aires, los Aires siguieron siendo Buenos. La comodidad de estar en la gran ciudad era necesario dejarla atrás, para lograr cumplir llegar a tiempo a Chile. Nos llevamos el carrito de ruedas que mi mamá compró en la terminal de Porto Alegre en Brasil, a pesar de oponerme rotundamente al momento de su compra, pues al llevarlo, estaría incumpliendo una de las reglas de viaje: llevar solo lo que es considerado estrictamente necesario. Con su olfato de madre, sabía que en algún momento del viaje lo agradeceríamos y que en 10, 20 o 30 años, la columna vertebral lo agradecería aún más. Ahora me trago mis palabras y rabieta del momento de la compra, pues el subvalorado carrito se convirtió en nuestra mano derecha y desde el primer momento, cumplió su función: llevar una mochila de 15 kilos a cuestas.

Con el carrito, la actitud “mochilera” se vio mutilada, por el hecho de no llevar como guerreras la casa en los hombros por largos caminos y montañas. Después de todo, lo importante es ir cómodas, y ya con 10 meses de mochila, la propuesta de llevarla arrastrada es tentativa. Dejando los ridículos preconceptos sin sentido, monté mi maleta en el famoso carrito y hasta lo comparto con Maria Clara. Se convirtió en un bien escaso para tanta demanda, por tanto, tal como en los culumpios del parque lleno de niños: el uso se hace por turnos. Ahora, tal como las demás pertenencias que hacen parte del equipaje ( incluyendo la misma mochila), si debido al encarte debíamos deshacernos de él, haríamos lo correcto: hacer el trueque por comida o dormida, o en caso extremo, regalarlo a algún viejito necesitando llevar el mercado a la casa o a un mochilero cansado de llevar la mochila en la espalda.

Foto con el carrito

Volviendo al viaje, salir de Buenos Aires era necesario pues la aventura de caminar hacia lo más o menos incierto debía seguir, además, sí o sí, el trabajo en Chile comenzaría el 1ero de Febrero. Las casas de Daniella y Matias (adorables primos de Clari) con sus respectivos novios, Mariano y Lucía en Buenos Aires, no podía seguir fomentando una aparente estabilidad, sin negar que fueron unos días importantes para ubicar nuestro norte nuevamente, o al menos para intentar hacerlo. Salir también era justo y necesario para darle la oportunidad a muchas otras zonas del país de mostrarnos otras caras de Argentina. Después de todo, la experiencia siempre nos recuerda, que solo conocer algo de la ciudad principal (la capital) , no se acerca a ser un bocado representativo sobre lo que es un país, para ver su esencia: a que sabe.

Dejamos atrás las grandes avenidas, las luces, la vida nocturna, la gran ciudad, los pros y contras de los capitalinos, la imprudencia de los conductores, la exquisita explosión cultural y demás peripecias de la jungla de cemento, para llegar a Villa Geshel: pueblo pequeño, costero, tranquilo de día, lleno de sorpresas de noche; conocida por ser el lugar de veraneo de los Argentinos, en su mayoría capitalinos. Pueblito con el aspecto de tierra en la cual, si hiciera parte de mi sueño, vivirían gnomos de orejas largas y zapatos puntiagudos.

Foto villa gesell

De playas alucinantes, negarse a entrar a jugar en el mar en la playa Mar Azul, me fue imposible. Inmensa fue mi sorpresa cuando el mar tenía los colores y movimiento de un café con leche espumeante, apariencia que me atrajo como quien corre hacia la luz al final del túnel. Lástima que no era caliente y ni siquiera tenía el inigualable sabor dulce amargo del capuccino. Fueron contados los minutos que jugué en las olas con la cámara, siempre cerca de la orilla, pues este inmenso capuccino tenía corrientes dignas de tenerles respeto.

Como veranadero de argentinos de diferentes regiones del país, se escuchaba acentos del español argentino tan marcados, que hasta nosotras lo notamos, situación que no ocurre normalmente cuando no se es del país. Grande fue nuestra sorpresa, al ver que adultos con sus respectivos niños decoraban las plazas hasta más de media noche. Mayor aun fue la sorpresa, al ver que filas enormes de aparentemente adultos, eran en su mayoría niños y niñas disfrazados de adultos, queriendo actuar como adultos, asumiendo papeles de adultos (quien sabe si asumiendo responsabilidades de adultos), evidentemente atrapados en actitudes y cuerpos de niños. Debido a esta situación, en un principio salir de fiesta fue extraño pues sentíamos que en cualquier momento tendríamos que "cambiar el pañal" de nuestros potenciales parejas de baile dada su corta edad y que ellos, en cualquier momento, tendrían que ayudarnos a bailar cuando la “ciática” (zona del cuerpo que típicamente duele en edad adulta y/o avanzada) estuviera causándonos serios problemas durante el baile. Tal vez el guarda de músculos inflados y cara de perro bravo a la entrada, nos pasaría el bastón para ayudarnos a salir del lugar, eso si mostrándose más dócil con las abuelitas del lugar: Clari y yo.

Para nuestra fortuna y para la suerte de nuestros reales parejos de baile, nos encontramos los únicos adultos del lugar, con similares temas de conversación, en similar estado de vida, de actitud no pretenciosa. Ellos de Mendoza (Argentina), nosotras colombianas de pura cepa, con lo más importante en común: fascinados de encontrar gente agradable con quien estar de fiesta sin miedo de ser llevados a prisión por acoso de menores.

El encuentro fue tan agradable que una noche se extendió a tres días. Ellos, siete amigos de toda la vida con nosotras dos, amigas de toda la vida. Más que todo pasé el tiempo con Néstor: de sonrisa fácil, gusto por el baile más chistoso que sensual y de manos ásperas: fiel evidencia de su trabajo como mecánico. Su historia se traduce en ser quien nació en una familia humilde y gracias a su trabajo, inteligencia y esfuerzo, salió adelante haciendo lo que le gusta y que aprendió a hacer desde chiquito: arreglar máquinas de todo tipo. Ver un partido de fútbol del Boca, tomar mate como ellos lo hacían, vivir su necesidad de salir por comida en vez de prepararla en casa, entre otras cosas, fueron unas de las experiencias que nos hicieron entender mejor porqué los hombre son como son. Así como se evidenció en la isla de Abrolhos en Brasil cuando convivimos con solo hombres alejados de sus familias, el vivir en pareja promueve balance. Tuvimos que forzarnos a comprar los pasajes de bus para salir de Villa Gesell, porque tal como siempre pasa, nos vamos acomodando y nos quedamos, tal como el perrito que con frío se enrosca acostado donde da el sol.

Foto de cuarto con maletas, bien instalada

Siguiente parada: Puerto Montt donde llegaríamos donde Liliana, amiga que conseguimos por medio de "couchsurfing": red para hospedarse en cualquier lugar en el "couch" o sofá de quien recibe. La escogí entre varias otras personas, porque me pareció interesante lo que tiene escrito en su perfil. Desde que nos abrió la puerta de la casa, Liliana nos hizo sentir como en nuestro hogar. Desde entonces, fue fácil llamarla Lili. Tal como lo describió ella misma, su casa era "trigeneracional": tres casas para abuela, madre e hija, más perro y gato. Empezamos por conocernos en el jardín, pasando en poco tiempo a bailar cumbia como lo hacemos en Colombia, haciendo una demostración de cuan diferente lo bailan en Argentina. A pesar de negarse en un principio, argumentando nunca haber sido buena para el baile, las ganas le ganaron, fue por unas faldas o polleras, y juntas bailamos al ritmo de los tambores.

Lili es una perfecta representación de quien fue hippie en sus 20's. Llena de historias copadas de rebeldía, de experiencias, de libertad, de opiniones brillantes en contra de los gobernantes; vívida imagen de quien gozó lo que pudo y no sacia las ganas de vivir al máximo con facilidad. La confirmación de esta vida fue el momento en el que se juntó con su encantadora amiga María Blanca, amiga que mantiene por más de 30 años. Vino y cigarro ambientaban el “aquelarre” de estas mujeres, quienes entre risas daban suficiente material para todo aquel que quisiera escribir un libro. Estaba también Lara la hija de Lili, igualmente teñida de rebeldía, simpatía, libertad y deseo de llevar una vida simple. Lara, de nuestra edad, fue simplemente, una más de nosotras.

El equilibrio entre lo masculino y lo femenino lo dio Pehuen, amigo de Lili. A pesar de ser más cercano en edad a Lara, Lili y Pehuen son amigos desde varias décadas atrás. Invertí buen tiempo en escuchar lo que hablan y reconozco el valor de la amistad real; el valor de querer escuchar. Hay temas que no entiendía mientras hablaban, pero que no quiero preguntar para no arruinar la magia; la magia de quienes como amigos de verdad, logran en pocas palabras contarse un montón de historias al haber compartido tiempo de calidad, sin juicios hablando de sus sentimientos. Cómo extraño a mis amigos…
FOTO CON MIS AMIGOS

En medio de la emoción de andar en moto por Mar del Plata y de las charlas con la familia que creamos por unos días, nos dimos la oportunidad con Pehuen de abrir el corazón, pasando de ser perfectos extraños a tener un vínculo de amistad. Me alegra haberlo dejado en amistad, sobre todo cuando me agradeció haberlo escuchado al ritmo de una botella de vino de uva Malbec. Según él, esta uva hace que el corazón de las mujeres sea más tierno. Le dije que no había nada que agradecer, pues siento que es un regalo cuando el vínculo de confianza en un momento dado es lo suficientemente fuerte para dejar que el corazón revele lo que tiene para decir. Es sin más ni menos, un tipo de amor. Además, vivo convencida de que las charlas que tengo con diferentes personas en distintos momentos, son la receta que necesito en ese momento por algún motivo; la mezcla de ingredientes para el alma que son para ese instante; ni para antes ni para después.


Una vez más, fue difícil seguir el camino, sobe todo porque la rodilla izquierda de Clari nos obligó a unos días interminables de trámites, hospitales y burocracias. Hasta el momento las visitas médicas en los 10 meses de viaje se resumen en: dos intoxicaciones, una en Ecuador y otra en Perú, una amigdalitis también en Perú, una cuasi ruptura de mi pie derecho en Brasil y una fisura de menisco de la rodilla de Clari en Argentina; todo esto sin contar las veces en las que no hemos ido al médico considerando que la cura está al alcance de nuestras manos. Por ejemplo, la vez que casi me parto la cadera tratando de aprender a montar la patineta de Rodrigo a media noche por Rio de Janeiro.

FOTO EN PATINETA

Aunque el sistema de salud internacional ha sido lo más caro que hemos pagamos en el viaje, o lo único caro realmente, ha resultado ser mucho más barato el tenerlo que no tenerlo. Aun así, el sistema de salud debe querer que volvamos rápido porque deben estar al borde de la quiebra por nuestro constante cobro de derechos como usuarias del sistema. Tengo una conclusión rápida acerca del sistema de salud antes de seguir con la historia: es ineficiente si los usuarios permitimos que lo sea; es eficiente si los usuarios insistimos en molestar hasta el cansancio, o mejor, en JODER (y no dejo la expresión molestar porque no es suficiente) , para hacer valer nuestro derechos. Cada vez que hemos necesitado algo durante el viaje, terminamos recibiéndolo como consecuencia del desespero que causamos en quienes nos atienden en el teléfono y en los hospitales. Con tal de dejarnos de ver la cara y/o de dejar de escuchar nuestra melodiosa voz, mueven cielo y tierra para hacer lo que necesitamos que hagan: después de todo pagamos para que nos traigan un plato completo, no solo las papitas y el arroz.

No más cuentos sobre el sistema de salud que me pongo nerviosa de pensar en los dolores de cabeza que nos han causado, aunque me alegra que todo ha resultado en batallas ganadas. Volviendo al recorrido, nuestra siguiente parada fue Bariloche. El paso por el desierto para después salir al bosque tupido lleno de lagos fue alucinante. Las cenizas del volcán se hacen evidentes a medida que Bariloche se hace más cerca. Cómo me gusta viajar en buses, cada vez más a pesar de sufrir a veces el frío del aire acondicionado activado por alguien que muere de calor. Aunque la idea era “viajar a dedo”, la rodilla de Clari nos obligó a irnos cómodas, eso si, apretando el cinturón gastando mucho menos dinero que antes.

Seguimos directo hacia el Bolsón gracias al poder de convencimiento de la encantadora Julia, una amiga de bus quien, así como tantos otros en el camino, nos sugirió llegar a tan mágica zona del mundo. El Bolsón es un lugar al cual han llegado oleadas de hippies cada cierto tiempo. Pueblo pequeño de montañas inmensas, algunos nevados, ríos limpios, mochileros por todos lados, vida tranquila, clima frío. Lo curioso a la llegada fue que desde la terminal de buses hasta dos cuadras de distancia, varias personas nos ofrecieron lugares de camping. Obedeciendo parcialmente la quietud sugerida por el médico Clari caminaba a paso de tortuga arrastrando a nuestro ayudante número uno: el carrito.

Fuimos llevadas a un camping en una camioneta, de la cual nos bajamos llenas de polvo hasta en las orejas. Hippie era el lugar, tal como lo esperábamos. Fue la zona perfecta para tener una noche de tranquilidad y una mañana de baño en el río helado con el sol saliendo desde las 9 am por la gran altura de las montañas. Diferente a otros campings, este tenía una ducha digna de ser usada por horas y una cocina en la que daba placer cocinar. Como el bolsillo no podía ser tan generoso o más bien, bien tacaño, partimos de nuevo a la terminal a hacer lo que hemos hecho más de una vez durante el viaje: dejar guardada las mochilas sacando lo necesario hasta el día siguiente. La anterior actitud tiene su razón de ser: Como lo que necesitábamos era vivir la vida de El Bolsón de día y de noche, y solo teníamos una noche más, no tenía mucho sentido buscar y pagar un camping, el cual seguramente quedaría lejos y al cual probablemente volveríamos a la mañana siguiente para dormir un par de horas antes de seguir nuestro camino.Así fue como con bolsa para dormir en la mano, ropa para el frío y algo de dinero, les dijimos a nuestras mochilas “hasta mañana”.

El día pasó entre recorridos por el Bolsón, concierto de música de un grupo Argentino tocando Cumbia Colombiana y la degustación de cerveza de frambuesa y cerveza negra ahumadaartesanales, las cervezas más ricas que probé en la vida. Llego la noche y con ella el “circo a gorra”: aquel en el que la entrada es gratis y después, cada quien paga de acuerdo a su bolsillo y a lo que quiera pagar. Empezó a las 9 y terminó a la 1 de la mañana. Sin parar un instante, el circo sin animales diferentes a los humanos, fue una mezcla exquisita de músicas, chistes y eventos que solo causaron risas y deseo de que nunca acabara.

FOTO CIRCO

Tal como siempre nos ha pasado en las 6 noches en las que hemos dejado las mochilas en la terminal para volver al día siguiente, nos hicimos amigas de Ezquiel, quien nos invitó a dormir a la casa del papá. Una casa hermosa nos recibió de brazos abiertos, nunca tan abiertos como los brazos del dueño de casa, Carlos. Siendo casi las dos de la mañana y sin estar acostumbradas al frío después de más de haber vivido 6 meses en clima caliente en Brasil, pedimos a Ezquiel quedarnos de inmediato en lugar de salir con él de fiesta y cumplir lo que queríamos antes y ahora no: pasar derecho la noche. Con el día lleno de emociones y la noche llena de circo, dejarnos arrullar por los brazos de Morfeo era una buena idea, la cual fue aprobada por Ezequiel quien si se fue de fiesta.

El siguiente día, teníamos el tiquete a las 6 de la tarde. Ochenta y seis años cumplía El Bolsón por lo cual el pueblo se reunió en la Plaza central a pesar de la lluvia. Lo más lindo que vimos fue que tres señores mayores fueron asignados como los responsables de la tesorería y un montón de gestiones importantes para el periodo 2012 – 2013, pasando a remplazar a las tres mujeres del periodo anterior. Me encanta cuando a las personas de edad avanzada se les da la posibilidad de trabajar aprovechando que son ellos quienes tienen clara la historia (cuando los años no han causado daños en su cabeza tan significativos). A mi forma de ver, es la mejor manera de hacer sentir a alguien útil: darle la oportunidad de trabajar. Los viejos son la sabiduría de los pueblos.

Una persona que conocí en la plaza cuando desayunaba pan con queso admirando el nevado, nos encontró de nuevo en el camino durante el día. Se llama Martín y hace parte de la oleada de hippies que llegaron hace 20 años a El Bolsón. Martín trabaja transportando a turistas que vienen cansados de las montañas. Accedimos a acompañarlo en su trabajo y por cosas de la vida, terminamos en la casa de un amigo de él, en medio de la nada, solo de la inmensidad de las montañas, comiendo el plato tradicional de los asados en la zona: un pollo al disco. Lleva ese nombre porque se usa un disco gigante de metal de los que se usan para arar el campo. Por eso, en los asados de la zona se hace todo “al disco”: pollo al disco, cordero al disco, cerdo al disco, cualquier cosa al disco. Los amigos de Martín, cada uno con la teja corrida a su manera (se le dice así a la gente que está loca), nos dieron la bienvenida. Unos con sus ropas típicas gauchas, otros con sus ropas típicas del citadino que viene de paseo. Charlamos, filosofamos, ayudamos, nos reímos y comimos. Todos querían que nos quedáramos pero como siempre prima el sexto sentido de las dos, el mismo titilaba en rojo, avisándonos que no era seguro quedarnos. Dimos las gracias correspondientes y dijimos “no” sin dudar a la cantidad de veces que nos invitaron a cambiar de opinión.

Con dificultad pero logrando lo que necesitábamos, Martín nos llevó a la terminal. Mi sexto sentido fue acertado pues perdió la gracia, caballerosidad y simpatía al comprobar que era un hecho que nos iríamos. Nos fuimos y nos sentimos a salvo al hacerlo. Bariloche nos esperaba a dos horas de viaje.

En la terminal de Bariloche, quejándonos por el frío y extrañando el clima cálido del adorado Brasil, llegó nuestro amigo Mario a recogernos. Nos llevó a una fiesta de bienvenida de una compañera de su trabajo, también colombiana. Aunque usualmente en Argentina nos dijeron que en todos lados era común encontrar colombianos, nunca encontramos tantos como esa noche, de hecho si en todo el viaje hemos encontrado a más de 10, es mucho. Esa noche nos sentimos agradecidas de estar con Mario y sus amigos en vez de estar en la montaña en El Bolsón con Martín y sus amigos. Mario fue increíble con nosotras.
Nos hospedó, abriendo su casa sin ningún problema, queriendo compartir con nosotras todo el tiempo que fue posible. Aunque los dos días en Bariloche fueron pésimos de clima, Mario se aseguró de mostrarnos todo lo mejor que pudo: hicimos el “Recorrido Chico” desde el Hotel más lujoso de la zona, pasando por recoger frambuesas de las plantas en la carretera y luego de paseo por el centro histórico. Qué naturaleza, que vida. Habrá que volver cuando la actividad de inviernao sea esquiar. Debe ser alucinante.

Seguimos el camino, quedando siempre con la sensación de querer llevar muchas personas, lugares y sensaciones a la mano para poder tenerlos en cualquier momento. Salimos de Argentina, la cual nos mostró otra cara, una cara linda y mucho más profunda y compleja de lo que solo Buenos Aires nos podría haber dado. Nos vamos pero volveremos.
Me queda la última idea en la cabeza después de tan largo escrito. Se trata de una frase que utilizaba mi última jefa en Bogotá, la cual debo repetir y recordar siempre en el viaje para no caer en errores: “El sentido común es el peor repartido y más escaso de los sentidos”. Me enorgullezco de sentir que fui una de las que recibieron una parte de “sentido común”. Aun así, no es de olvidar que constantemente, por más relajada que esté, el sexto sentido es el único que no debería nunca dormir.