domingo, 18 de marzo de 2012

Que bueno ser un lobo marino

Quiero ser como un lobo marino, no exactamente copiando su amplia capa de grasa, pues de nada me servirá el calor que provee, viviendo donde quiero vivir: cerca al mar pero en clima caliente. Quiero estar con mi familia como la familia de lobos marinos que veo desde el punto de avistamiento de ballenas. No se confundan con lo que hay debajo de la plataforma en la foto, es solo una oveja. Más allá, lejos, en el mar, es donde la historia que voy a contar, tiene lugar.

Se que debo estar buscando ballenas, solo que como no hay mucha acción y cuando he visto, mi atención se dirige de vez en cuando a quin grita agudo o a quien grita bajo. Los gritones agudos, aves marinas, tienen un tipo de vecindario en la isla justo en frente a mi, solo que 104 metros hacia abajo, sobre el mar. Salen de sus casas, dejando a sus hijos, mientras vuelan para bien alto, bajan en picada, pescan, atacan y son atacadas en pleno vuelo entre unas y otras y hasta parecen dar vuelta de 360°. Este último dato todavía no lo confirmo, puede ser una ilusión visual... que buena ilusión. Oirlas en la mañana se parece a una tarde de señoras llenas de rulos, tinturas y esmaltes de uñas, llenando la peluqhería de chistes, chismes y carcajadas, con un incesante sonido de fondo de secador de pelo. En este caso, el sonido de fondo lo llena las olas que se estrellan contra las rocas, congestionadas de algas negras tan similar a una sopa fideos extraterrestre.

Los gritones bajos que casi nunca gritan pero que cuando lo hacen, llaman la atención acabando con la calma del sonido tranquilo de las olas, son los lobos marinos. Dejo el mate en el piso, me quito las gafas de sol y rápidamente giro los binoculares para ver que está pasando, porqué gritan. En la misma piedra de siempre, veo a la gran familia en la que casi siemore logro contar 10 lobos. Parece una familia humana en pleno día de playa: los mayores usualmente de hábitos más pausados, los más jóvenes, más gritones y cerca del agua. Cada uno con su personalidad, unos café claritos por llevar horas acostados en lo más alto de la piedra descansando. Otros de un café más oscuro, mojados buscando espacio entre la manada.

No me cabe la menor duda de que son hábiles en el agua, no envano hay lugares donde los llaman las sirenas. Quien los viera por unos segundos, se quedaría con la idea de que son torpes, por la forma como arrastran sus cientos de kilos en tierra usando sus nadaderas delanteras, caminando como patos y arrastrando el resto del cuerpo. Torpes ellos? Torpe yo, al tropezarme con mis mismos pies, al ir solo caminando por un camino recto, sin piedras ni huecos.

Al verlos tan bien distribuidos, unos tan arriba de la piedra, otros tan abajo, quedé con la duda de cómo harán para alimentarse especialmente los de más arriba, imaginando que solo caer al agua les tomará horas. Luego, cómo harán para subirse de nuevo a la enorme piedra además de empinada, con ese montón de algas babosas y resbalosas en la base? Imaginé que estas sirenitas de un montón de kilos de piel, músculo, huesos y más que todo grasa, solo podrían lograrlo por medio de la magia o mecanismos avanzados de levitación. De ser lobo marino, me dejaría morir ahogado de solo pensar en el dolor que me he causado al caer al agua de barrigazo. Difícilmente con ese peso y dificultad de caminar en tierra podría caer de una forma diferente a la del estilo "planchazo": de barriga, levantando un montón absurdo de agua y emitiendo un estruendo proporcional al dolor posterior. Para no quedarme con la duda, me di el lujo de quedarme tiempo extra en el punto de avistamiento para no quitarle la oportunidad a las reinas del mar, las ballenas, de mostrarme algún soplo, por más lejos que sea para sabe que al menos algunas están debajo de ese tapete de agua salada.

Mi curiosidad no podía limitarse a la imaginación. Después de verlos moviendose de a poquitos, finalmente hubo un lobo al que seguramente el apetito le pudo más que la pereza. Dando tumbos, se abrió paso entre sus familiares. Cuando estuvo a unos mal calculados tres metros del agua, saltó. La expectativa de ver un montón de agua salpicada al caer o al menos escuchar un tremendo estruendo normal de cuando un bicho de esas dimensiones cae desde semejante altura, se vio frustrada. Cual clavadista profesional, ni mucha agua ni mucho ruido ocurrió, como un dardo entrando en picada, me dejó boquiabierta, una de las dudas fue resuelta: no caen como yo caería desde esa altura, con ese peso, en esas condiciones.

La segunda duda, estaba sin rsolver: cómo lograrían subir de nuevo? Una vez más, me imaginé en su situación. Después de estar como pez en el agua o mejor sirena en el agua, después de haber llenado la pancita de delicioso pescado, subir de vuelta por esa pared empinada llena de algas tendría que ser un rabajo de levitación. En mi caso o de cualquier persona que conozco, las escaleritas serían la única salvación.

Por fin un lobo asomó su carita (queriendo decirle a tremenda cara gigante), por encima del agua. Sin ni siquiera parpadear, vi como se dio el tiempo para aprovechar las olas hasta finalmente venir envuelta en una ola grande y quedar màgicamente engrudada a la roca, cual escalador de piedra profesional. Sin que le temblara ningún músculo por la fuerza que seguro hacía para mantenerse pegado a la pared, fue subiendo como una oruga en una hoja: arrastrándose, despacio, sin mucho afán. Cumplió con una frase de vida que tanto me gusta "Lento pero seguro". Ni miró para atrás, ni tembló ni tropezo, lentamente subió, se mezcló entre la manada hasta encontrar un lugar perfecto para volve a estar, quizas unas horas más dejando que el viento y el sol, cambiaran su pelo de café oscuro a café claro. Por supuesto, no fui testigo de su cambio de color de pelo, pues habría sido labor de horas en frente a los binoculares, cuando ariba en la casa me quedan tantas otras labores por hacer. Quedé maravillada al ver a los lobos marinos, tanto que quiero ser como ellos.

Imaginé por un instante que llegaba un bote armado hasta los dientes a acabar con la familia de lobos. Grandes y chiquitos caerían al agua, unos muertos, otros heridos. Me di cuenta que en este lugar podrían estar matando a los lobos marinos, por derecho, por ley. No entiendo como somos los humanos tan cortos de cabeza, de ojos, se sensación y de sentimientos. Tenemos tanto que aprender... seguramente para muchas personas que leen este relato, sería increíble poder asistir lo que vi, como se mueven los lobos, como viven.

En Chiloé quieren aprobar la caza de lobos marinos porque se cree que al exterminarlos, va a haber suficiente peces para los pesadores. Lo que realmente pasa es que no son ni los lobos ni los pescadores artesanales los mayores causantes de esta escacéz. Son los barcos industriales enormes que pasan por estos mares llevándose todo, utilizando técnicas altamente destructivas para arrasar con los fondos marinos. Matar a los lobos es solo desequilibrar más el ecosistema. Lograr consolidar esta zona como reserva marina, regulando la pesca es la solución más inteligente. Es promover la tenencia de un nido gigante de peces que nacen y crecen sin tanta presión, siendo algunos comidos por los lobos, pescados por pescadores artesanales; y los millones más de peces serían libres para alimentar a muchos otros animales, incluyendo a los humanos. Esta zona del mundo al igual que muchos otros lugares, quiere tener mayor acogida de turismo. Qué tan atractivo sería para el turista que viene, salir a ver pingüinos, ballenas, delfin chileno, entre otros, para luego voltear la cabeza y ver que están matando a los lobos marinos? .

Me quedo con mi deseo de ser como ellos. Veo con la ONG con la que estoy trabajando en conservación de cetáceos (CCC), en este momento en conservación de Ballena Azul, que la unión y el empuje, hacen la fuerza. Trabajan con los locales, a nivel nacional e internacional, logrando cuidar la naturaleza, en promover que no se caze más ballena a nivel mundial, en promover que no se construya un mega proyecto eólico en la isla, en que se destine la zona de este mar como un espacio libre de pesca industrial, en que no se caze lobo marino, etc, etc... dando pasos pequeños, logrando avances gigantes.

. Foto tomada en una piscina, no en este mar frío. Voy nadando como un lobo marino...

Los invito a que vean el siguiente video, filmado cuando fuimos a la Isla Metalki, 2nda lobera más grande del mundo. Los invito a firmar por la iniciativa.

http://youtu.be/uu4nnq1kB3s


domingo, 11 de marzo de 2012

Tarde de susto en mi Playa de Chiloé

Hoy empiezo el escrito con un consejo: cuando el sol comienza a caer y estás solo a algunos kilómetros de casa, piensa. No sigas haciendo lo que estás haciendo por entretenido que sea antes de evaluar si, A. Tienes linterna B. Si tienes el camino de vuelta. Se que para muchos es familiar la situación de estar seguros de alcanzar a terminar una labor (cualquiera que sea), y es más, de sentir que va a sobrar muuuuuuuuucho tiempo, para después llevarse la sorpresa de estar corriendo a último minuto, al mismo tiempo que se alega a los gritos: "Como así, no me queda más tiempo????" o en mi caso de ayer "Cómo así, se me acabo la luz del sol?".

Hoy sufro de brazos y piernas rasguñados por las ramas espinosas al no haber pensado, cuando el tiempo de luz al atardecer estaba por terminarse. Sé que no es reprochable el estar en una actividad "zen" en la que solo hay sensaciones despiertas, sentimientos, recuerdos, olores y demás tonos propios de un momento de ocio en medio de la naturaleza. Aun así, por más zen y meditativo que sea el momento, hay que pensar! No pensé y sufrí por unos minutos la impaciencia de no hallar el camino de vuelta. Aquí hago un paréntesis, un tipo de pausa comercial, para aclarar que no es que mi vida estuviera en riesgo ni mucho menos, que aunque no todo estaba "fríamente calculado" como diría el filósofo chapulín colorado, si me llevé un susto que explicaré a continuación. Es necesario hacer este tipo de paréntesis ya que cuento con padres propios y adoptivos que pueden estarse mordiendo las uñas al pensar que estoy corriendo riesgo. Tranquilos, como me emociono escribiendo, cuento mis historias a manera de chisme, como las contara en vivo y directo: llenas de desviaciones y exageraciones.

Volviendo a mi historia, salí de casa cuando consideré que seguir pasando datos en el computador debía tener una pausa, sobre todo porque no son muchos los días de sol en este bizarro verano bibolar; verano en el que no cesan los días de neblina y lluvia, intercalados con repentinos y pocos días de sol. Fui sola hasta la que llamo "Mi playa" pues entre mi gente: mis dos jefas y mis dos amigas, soy la única que ha ido y no hay rastro humano alguno además de un viejo letrero devorado por la naturaleza que dice "se vende". Es tan viejo y poco mantenido, que imagino que el dueño ha olvidado su terreno, por lo cual, como conquistador recién llegado a tierra ajena, este terreno de caídas de agua, bosque natural, playa de piedras preciosas y aves, con cielo y mar más lindos que vi, es mío por este tiempo. Está bien, al irme, lo devolveré.

Iba entrando a mi terreno, cuando casi llegando a la orilla del mar me encontré con una señora. Hizo cara de desconfianza mientras se siguió acercando. Me pareció que ella también frecuenta este terreno que dice ser de ella, cuando en realidad no pertenece a ninguna de las dos. No sé si hizo cara de estar olfateando al acercarse porque así hacen en este lugar, o porque huelo feo. Espero que sea por tradición, por ser un espacio campesino en el que lo básico reina, en el que los sentidos opacados por elegancia social como el olfato, se utilizan. Finalmente, son los demás sentidos los que hay que activar para detectar lo difícilmente perceptible a simple vista, incluyendo el sexto sentido. No se si le olí bien o mal, pero al menos seguro fue a ser indefenso, pues cambió su expresión cuando me acerqué y grité de la manera más amistosa posible "Hola!".

Por la pinta que tengo desde ayer, de camiseta del proyecto, cachucha, pantalones y tenis, se dio cuenta que no soy de aquí. Los Chilotes usan más que todo gorritos y sacos de lana. Eso sí, nunca faltarán las botas machita, de caucho hasta debajo de la rodilla, las que usé muchos años para saltar en charcos y para llevar y traer agua y arena en la arenera. Me preguntó que porqué paseaba tan tarde, argumentando que no debía, pues el sol ya se estaba poniendo. Le dije que solo necesitaba ir hasta la playa y que pronto regresaría, o como aquí dicen : "al toque". Me contó sin haberle preguntado, que mañana volvería, pues las "algas hay que dejarlas secar de un día pa' otro para poder venderlas, poooo". Cómo cantan de bonito los Chilotes. Voy a tener que grabar en una memoria externa su cantadito, en caso que la memoria interna me fallé.

Hablando de las algas, es común ver hombres y mujeres trabajando algunas de las tantísimas algas de mil colores que trae el mar. Solo he visto que trabajan una roja que es como una hoja lisa y una amarilla, la cual no me atreví a comprar en el mercado local pensando que era una tripa de marrano. Un día compré un manojo de algas verdosas, y en una tarde de experimentos culinarios tuve que botarla en secreto después de que Jenny y Clari pasaron varias veces mirando mi receta con cara de desagrado. No se que hice mal, pues las algas se volvieron una piscina de babas verdosas, y bueno, por más yodo, mil vitaminas y minerales que se supone que tienen, se fermentaría por el desagrado de los comensales y posterior olvido. No merecía tan mala fama el prodigioso alimento, por lo cual comí un poco por darle un chance y le llevé el resto a Doña Marta, la vecina que cuida ovejas.

Volviendo al cuento, me despedí de mi nueva amiga de terreno y seguí hasta la orilla. Que raro es que no me den ganas de entrar al mar, solo verlo desde afuera. Tiene tantas algas que flotan y es tan fría el agua, que requiere más de un kilo de coraje y un acompañante con cámara para filmar el tan memorable momento. Me agaché bien cerca al mar a recoger piedras, mientras olvidaba el mundo, mientras el sonido, el mar, los colores, las aves y yo eramos uno solo. Piedras de todos los colores, formas y materiales hay en esta playa. Al recogerlas entro en una dualidad de si debo llevármelas o no. Nunca sentí la magia de las piedras como ahora, pero siempre he dicho que no hay que llevarse las cosas de la naturaleza. En un escrito anterior que se llama "No señor turista, no se lo puede llevar" cuento la vez que casi me agarro con una pareja que insistía en quere esconder un caracol pala gigante entre el bolsillo para llevárselo. Narro todo el complot desarrollado, para evitar que esto sucediera. Esos eran caracoles los cuales podrían servir más adelante como casita de otros bichos, estas piedras tienen otras funciones.... Bueno no se, tendré que consultarlo con la almohada, con mi consciencia y con mis compañeras ecólogas, para definir si después de tenerlas a manera de altar en la entrada de la casa, las piedras serán devueltas al mar.... que es lo más seguro.

Despegué los ojos de las piedras y vi las nubes rosadas. El sol estaba entrando al agua, punto en el que siempre imagino que hace el sonido de una llama de fuego al apagarse con agua... "tssssssssssssssss". El hecho que de inmediato me recordó de dar gracias, cerrar los ojos y respirar. Fue entonces cuando seguí con la actividad de las piedras, diciendo para mi misma una y otra vez: "Un minutico más y me voy". Despues del sol caer, comencé a subir. Empecé a arrepentirme de haber leído el libro "Cuaderno de Maya" de Isabel Allende, así como los cuenticos que narran toda la mitología y magia que se le atribuye a la Isla, Isla Grande de Chiloé. Mientras me perdí del camino, imaginé que me encontraba con el Trauco, temible ser casi humano el cual dicen que se le aparece a las mujeres para hacerlas sus amantes y dejarlas embarazadas. Sin hallar el camino di vuelta y pensé. Por fin pensé. Volví a la playa para comenzar el ascenso de nuevo, esta vez llena de rasguños de las ramas del bosque y con poquita luz a cuestas.

Una vez hallado el camino, respiré profundo y me tranquilicé... Si el Trauco aparecía saldría corriendo, o le lanzaría un par de piedras preciosas, o quien sabe, a lo mejor resultaríamos siendo grandes amigos. Si resultaba ser que me enamoraba y consumábamos nuestro amor, lo peor que podía pasar es que tendría un hijo mucho antes de lo esperado, un hijo del Trauco. Dicen que los hijos del Trauco son niños lindos, a pesar de tener semejante padre tan extraño. Dicen las malas lenguas, y las buenas también, que en la Isla viven muchos hijos del Trauco desde tiempos inmemorables, todos hijos del mismo padre a quien nadie diferente a las mujeres que han tenido un encuentro amoroso, lo conocen. Esto último, es lo más raro de la historia.

Pensé en el famoso Trauco y en el origen de todos los seres mitológicos locales, tal como la Pincoya: mujer que se le aparece a los hombres pescadores, los seduce y se los lleva unos días mar adentro. Creo que todos estos personajes son invenciones para sembrar miedo, para controlar, para dar explicaciones a lo inexplicable, o para salvar la vida de los pecadores. Quien sabe cuántos hombres pescadores se han salvado al decir que fueron raptados por la Pincoya, cuando realmente fugaron de casa para estar de fiesta con quien sabe quien en quien sabe donde. Así mismo, el Trauco por su parte, ha de haber salvado el pellejo de mujeres que quedan embarazadas al volarse con el enamorado clandestino o "echarse una canita al aire". Es más fácil argumentar que una tal Pincoya o un tal Trauco tuvo la culpa, en vez de explicar que el deseo humano fue más fuerte, siendo que somos solo eso: humanos.

Llegué a casa con piedras en una mano, espinas y rallones, con la Pincoya y el Trauco en la cabeza, y con la luna llena más llena que vi guardándome la espalda. Hago mérito a todos los seres mitológicos que han salvado tantos pellejos, que han dado a los seres humanos emoción a sus vidas al poner a volar la imaginación. Vuelvo a casa jurando regresar mañana a mi playa, con la luz del sol, con linterna y ya habiendo aprendido el camino.

martes, 6 de marzo de 2012

Tarde de fiesta costumbrista Chilota, Isla de Chiloé

Empuñando la mandíbula con firmeza y sin fuerza, la mujer de vestido chilote, voz de cantante y medias blancas, logra su cometido: acompañar a la orquesta con el sonar de sus muelas. No eran las muelas de su mandíbula las que sonaban mejor que una maraca en pleno villancico navideño, eran las de la mandíbula gigantesca de vaca que agitaba con mano izquierda y golpeaba con mano derecha. "Cueca" y otras danzas del sur de Chile y especialmente de la Isla de Chiloé, representó este grupo local, el cual, uniformado con trajes de calle, un sonidista menor de edad, varias mujeres y cuatro hombres, deleitaban al público con su ritmito sabrosón.

Desde lo alto estábamos nosotras, algunas de las extranjeras en medio de un montón de Chilotes y otros Chilenos de diferentes zonas, gozando al ritmo de una botella de vino (bebida popular) y uno de los tantos platos típicos. Mientras mis compañeras fueron seducidas por tremendos pedazos de cordero asado, yo pedí un curanto: atado de ostras, almejas y carnes acompañado por un milcao, pan de papa al vapor). Ellas no hablaron mucho hallando la mejor forma, sin ser la más femenina, de almorzar. Yo mientras tanto, disfrutaba de ostra por otra, almeja por almeja, hasta que CRAC! creí por un instante haber perdido, una vez más, un pedazo de muela al masticar una piedra marina. Fue enorme el alivio que sentí al comprobar que mi dentadura tenía todos los dientes completos y fijos en su lugar, diferente a la mandíbula de vaca en el escenario, de muelas sueltas y partidas, que hacía contonear, o al menos enretener hasta al más aburrido.  

Detrás de los músicos, el mar radiante y agresivo hacía de este encuentro más agradable que lo que hubiera sido en un día normal en pleno verano Chilote: con lluvia y pura neblina. Todos hubiésemos tenido que encajar como pollos bajo el techo del sindicato de pescadores, encajados en medio de enromes asadores. Todo me parecía acorde, menos lo mismo de siempre en este tipo de eventos: dos extranjeras, imagino de algún país no latino, batiendo sus esqueletos sonriendo como quien goza, pero careciendo de cualquier coordinación psicomotríz. Debo decir que hasta lo que la vida me ha permitido ver, el que nació y creció en un país de menos música sabrosa, electrónica y a-tamborada, está en eterna desventaja de sasón y sabrosura. Considero que si un queso sin grasa ni sal pudiese bailar, lo haría como ellos lo hacen, en este caso, ellas. Como se ve en la foto, una de las rubias salió a bailar.  

Bueno, pero a un queso como el descrito, se le puede añadir sal, llevarlo al horno con mantequillita y sus propiedades cambiarán, la esperanza es lo último que hay que perder. Como el que persevera, alcanza, dicen los que saben, si estas mujeres optaran por quedarse un largo tiempo sudando la gota gorda y dejándose safar varios tornillos y tuercas para aprender a bailar, algún día dejarían de bailar como queso desabrido para "echar paso" cual quesillo colombiano de hoja, lleno de sabor. Aquí va mi foto, danzando cual quesillo colombiano.... jajajaja

Sin entrar en más detalles del símil entre las personas y comidas y volviendo al grupo musical, una de las mujeres con micrófono y con seguridad la mayor en edad, era también la cuenta chistes. Tuve que hacer un esfuerzo sobre humano para entenderle cada palabra, a pesar de estar hablando en español. Sus chistes verdes y elegantes y ante todo pornográficos, adobaban la tarde no solo de baile, también de risas. El baile terminó y unos de los niños con quienes había trabajado el día anterior en educación ambiental, me invitaron a hacer parte de su mundo mágico e infantil del juego. Yo, ni corta ni perezosa, me remangué los pantalones, dejé la chaqueta y fui atrás de ellos. Sorprendida quedé al darme cuenta que ni la gran distancia geográfica entre esta isla en la cola de Sur América y Bogotá, Colombia, donde crecí, ni mucho menos, dos décadas de diferencia entre ellos y yo, fueron obstáculos suficientes para estar jugando los mismos juegos que jugué cuando tenía su edad.

"La lleva",  juego en el que una persona corre tras los otros y es reemplazado en su papel al tocar a algún compañero, es lo mismo solo que aquí lo llaman "pillao". "Lleva congelada" se llama "pillao congelado al sol" y "piedra, papel o tijera", se juega igual, con pequeñísimas diferencias en la mecánica. Cuando se cansaron, pidieron jugar "Al lobo", juego que entendí de inmediato, por haberlo jugado en mi infancia un centenar de veces. Lo más increìble fue, que cuando quien caracterizaba al lobo, arreglándose en su casa antes de salir, supuestamente comernos a los que estábamos "jugando en el bosque", sentí la sensación de 20 años atrás: unos nervios terribles que me obligaban a gritar y reir para luego escapar. Me encantó jugarlo. Quize por un momento volver a esa edad en la que no importaba más que jugar. Luego, volví a tener gusto por no tener esa edad y si la edad que tengo, pues recordé lo crueles que pueden ser los niños chiquitos, lo difícil que es aprender a compartir. Defendí, por supuesto, a la más chiquita, motivando al grupo a hacer lo que ella repitió mil veces mientras jugábamos "al lobo": jugar de nuevo pillao.

Que tierno era oirla decir: "Mejor volvamos a jugar pillao poooooooo".  

Por último, "po" es tan popular entre los chilenos como el "ne" entre los brasileros de Sao Paulo. Aquí dicen "po" al terminar cualquier frase, como una muletilla, como abreviación del "pués". Mientras tanto, los Paulistas dicen "ne" como abrviación del "não é?" queriendo decir "no es???"... Cada loco con lo suyo, cada pueblo con su abrviación, cada gringo con su baile de queso desabrido, cada música con su mandíbula de vaca llena de dientes flojos, cada niño con el juego que quiera jugar y cada adulto con sus recuerdos vívidos cuando se da la oportunidad de volver a ser niño. Y colorín colorado, una historia más sin pies ni cabeza, algo de sentido de humor y mucho cariño.... se ha acabado.
Patico, Clari y yo frente al trabajo de los niños

Clari y yo de paseo por la playa