jueves, 27 de diciembre de 2018

Lo que respondo a la pregunta que me hizo facebook

Al abrir Facebook el otro día, apareció en la pantalla la siguiente pregunta:

- Cree usted que facebook crea cambios positivos en la sociedad?

La pregunta no fue hecha tal cual la escribí, aunque el sentido sea el mismo. Fue ahí cuando vi mi foto de perfil y la última foto que posteé en Instagram. Ambas gozaban a mi manera de verlas, de bienestar, color, viaje, magia, libertad y familia.

Cualquiera que vea mis fotos del viaje y que sabe que en este momento llevamos casi cinco meses girando, podría pensar que todos nuestros días son así; solo risas y buenos ratos. Hasta hay quienes me han preguntado

Cómo van sus vacaciones?

El viaje que llevamos tiene altibajos, con muchos buenos momentos, momentos de incertidumbre, momentos mágicos y otros de discusión, como la vida misma. Afortunadamente hasta el momento, más momentos altos que bajos. Claro que no tengo ganas de publicar fotos de cuando todos nos intoxicamos con un pescado que comimos en una playa de Ecuador ni del momento en el que nos angustiamos cuando no encontrábamos quien nos rescatara intentando cruzar a 4200 msnm de Chile a Argentina, ni algunos otros en los que lo último que se me ocurrió fue sacar una cámara.

Hoy mastico la misión de Facebook y de las poquísimas redes sociales que conozco y me lo cuestiono. Sinceramente, cuando subo a mi página fotos como las que publico, lo que busco sobre todo es inspirar a otros y que quede para mi y mis hijos un recuerdo de lo que estamos haciendo. Hoy específicamente busco que otros que ven las fotos quieran agarrar la mochila y salir a comerse el mundo a mordiscos o que empaquen a la familia en su carro y se atrevan a cruzar fronteras... o que hagan algo con lo que han soñado pero que por mil y una razones no se han animado a hacer hasta el momento. Aun así, sé que las fotos que subo pueden también fastidiar aunque esa no sea mi finalidad al publicarlas.

Sin hoy ser de quienes pasan tiempo revisando historias y fotos de la gente vinculada como amigos a mi facebook, reconozco que en la época en la que lo hice a ratos sentía malestar al ver fotos de otros constantemente sonrientes y en lugares fantásticos. Dejé casi por completo facebook cuando me di cuenta del tiempo que perdía y que lo que generaba en mí la mayor parte de lo que veía, era juicio hacia mi misma comparándome con los demás. Es como que a mi cerebro así como al de varios con quienes he tocado el tema, le costaba asimilar los momentos "posteados" como momentos "mostrables al mundo"; el cerebro se quedaba dando vueltas de trompo asimilando que lo que veía era la vida de los demás, no solo una parte; lo de mostrar.

Por todo esto, hoy quisiera que entendamos de una vez por todas que detrás de las sonrisas de facebook, no necesariamente hay perfección; no necesariamente una vida perfecta acompaña a una foto en la que hay gente sonriendo. He visto gente, mucha gente pasando horas tomándose "selfies" intentando lograr imágenes merecedoras de ser subida a facebook. El otro día una familia llegó a la hermosa playa en la que estábamos en Ecuador, Playa Negra, en donde habíamos pasado todo el día entre pintarnos el cuerpo con la arena negra y saltando al mar para quitarnos la pintura. Sin perder tiempo y como domesticados para hacerlo, se ubicaron abrazados de espalda al mar. Con la sonrisa más amplia también entrenada y una leve inclinación de cabeza, arreglo de pelo y gafas de sol, tomaron varias fotos y dejaron de hacerlo solo cuando al verlas, estuvieron de acuerdo en que " ésta ya está buena para el facebook!"


Rápidamente y sin mucha vuelta, cada uno de los 4 integrantes se volcaron a su celular y como abstraídos absolutamente de los sonidos, olores y colores de la playa, su visita al mar terminó con la indiferencia de quien mira por horas una pared blanca. Fue como si la magia de la playa nunca hubiese existido para ellos. Solo era importante mostrarle a otros donde estuvieron, en ningún momento el ESTAR allí. Me atrevo a pensar que igual que argumento en el escrito pasado, es para mí como que la gente que publica más momentos felices, será quien es más propenso a pertenecer, más digno de ser envidiado, alabado, admirado. Puede que me equivoque y como siempre, no creo que sea siempre.

Me atrevo entonces a pensar que con la adicción a las redes sociales, la mentira en la que fácilmente podemos estar cayendo es en creer que todos menos nosotros mismos tienen una vida perfecta; que los demás sí la tienen. Al menos eso fue lo que pensaba antes de renunciar a ser absorbida por las redes sociales como inhaladores de oxígeno. Me di cuenta que me estaba alimentando de lo que hacían otros y que sin proponérmelo, me estaba juzgando constantemente acerca de lo que yo soy, tengo, hago... y en si distrayéndome de mi propia vida; de darle valor por lo que es y enfocarme en lo que quería hacer, sin estar perdiendo el tiempo en lo que los demás hacen o dejan de hacer.

No envano hay tanta gente sobreviviendo gracias a fármacos que los desconectan levemente de la realidad, tantos que van por la vida en adicciones bien vistas como el alcohol o clandestinas y regularmente vistas como las demás drogas. Con razón que hay tantos que se suben a la rueda para poder sobrevivir y atiborrados de trabajo y condicionamientos sociales, anulan su propio yo porque al final de cada día les resulta más fácil alabar y dar valor a lo que hacen los demás que a lo que hacen ellos mismos y a lo que podrían llegar a ser y hacer.

Valorar más a los otros y compararnos constantemente, cayendo en fuertes críticas hacia nosotros mismos solo a partir de ver lo bonito de la vida de los demás, creo que es una de las peores condenas que carcomen a nuestra sociedad. Por eso hoy quiero invitar a todo aquel que se conecta a las redes sociales, a las noticias, a todo eso que está afuera, que revisen si les está sirviendo para construirse o para destruirse por dentro. No todo es malo claro que no. Hay cosas hermosas en las redes sociales de las que podemos aprender un montón y que nos están ayudando a ser mejores seres humanos. Facu es por ejemplo un experto en encontrar cosas interesantes en facebook; temas que lo construyen y no lo destruyen.

Hoy, miedosa de esa pregunta que me hizo facebook, creo con el corazón que debemos enfrentarnos a a las redes sociales con criterio, sabiendo que lo que me hace bien a mi no necesariamente le hace bien a mi compañero y viceversa. Conectarnos a redes sociales debería ser una actividad que realicemos a consciencia preguntándonos si las redes nos están invitando a alimentarnos de la vida de los otros o a disfrutar de lo que los otros hacen, aprovechando la nuestra.


Me quedo entonces pensando cómo haré con mis hijos en el momento en el que ellos quieran también navegar en las redes sociales. Como no tengo la respuesta como a tantas otras preguntas que tengo, supongo que intentaré guiarlos de la mejor manera. Así como ayer, cuando me di cuenta que estaban viendo un video en youtube sobre una niña que jugaba con plastilina, salí corriendo por la plastilina, les apagué el computador y nos pusimos a jugar. Ahí pude actuar. Ahora puedo actuar que son chiquitos. Creo que la única forma será ir de a poquitos explicándoles todo el rollo que narré en este escrito de a poquitos para que el día en el que ellos tengan la independencia suficiente para hacerlo, tengan las herramientas para elegir de la mejor manera posible.... ojalá de la manera en la que ellos primero, se estén haciendo bien a sí mismos, segundo, a los demás.


viernes, 21 de diciembre de 2018

Re significando la Navidad


Este fue un escrito hecho hace 5 días. Hoy estamos en el cruce Chile - Argentina.

Desde la tranquilidad de la casa de Jaime y Mane escribo. Son ellos un par de ángeles más de los que nos hemos encontrado en el camino. Jaime dos días atrás cuando nos vio llegar en La Amarilla a estacionar en Bahía Inglesa, nos ofreció venir a su casa a pasar la noche. La primera noche le propusimos postergar el ofrecimiento con el fin de aprovechar que estábamos ya estacionados en el lugar perfecto para vender todo el Domingo. Sospechábamos que de encontrar una casa con el calor de hogar que él refelajaba, el Domingo nadie trabajaría. Le pedimos entonces dejar la invitación de Domingo a Lunes con el fin de tener el lunes para acomodar el bus.


 Tal fue su amabilidad que el Domingo en la mañana fue donde ya estábamos instalados vendiendo, junto con su esposa Mane, a preguntarnos qué nos apetecía para comer en le noche. Después, en la noche vinieron por nosotros y nos esperaron a que termináramos de vender para llevarnos a su casa. Su explicación de porqué lo hacen es la misma de Margarita en Antofagasta: porque se han acostumbrado a dar la mano en lo que pueden.




Así es como dichosa de haber pasado el día de hoy fuera de La Amarilla para así darle un debido orden y limpieza, estamos listos para seguir nuestro camino mañana en la mañana rumbo a Copiapó. Sabiendo que a esta misma hora deben estar en Colombia rezando novela y comiendo natilla con bueñuelos en víspera de Navidad, siento un nudo en la garganta, el cual se me pasa cuando recuerdo la congestión vehicular y humana que hay que resistir cuando se aceptan las invitaciones los días antes de Navidad; situación que se multiplica el mismo día de Navidad. Así es como a pesar de querer que mis hijos tengan la oportunidad de empaparse de Navidad, rezar la novena, empalagarse de natilla y buñuelos y cantar el "Burrito Sabanero" hasta el cansancio, estar de viaje es lo que elegimos por lo menos para este año.


Recuerdo hace 4 días cuando entramos a un centro comercial de Antofagasta. Los villancicos me hicieron sonreír y sentir de nuevo la nostalgia de estar lejos de mi familia y algunos amigos que viven en Bogotá. Rápidamente la nostalgia fue reemplazada por una ola de alivio, cuando frente a mí una mujer al parecer en gran apuro, lanzaba unos osos de peluche en promoción, arriba de un montón de juguetes más que llevaba en su carrito. A medida que la pandereta de los villancicos en inglés se hacía más galopante, la señora se apuraba más. Ella era solo una de tantas personas que me parecieron estar apurados por la llegada de Navidad. Convencida de que el villancico a todo volúmen en los centros comerciales no es más una estrategia para que la gente se vuelva loca y compre más, me alegro por no tener ese apuro loco de tener que comprar porque es Navidad. 

Mis hijos querían cada uno llevarse uno de los inmensos muñecos de peluche como los que se llevó la señora. En broma les dije que entonces ellos tendrían que ir amarrados al techo para que sus peluches tuviesen un espacio adentro del bus. Riéndose por la situación, aceptaron abrazar a un par solo para tomarse una foto. Afortunadamente después de la foto Antonio entendió la lógica de no poder llevar semejante muñeco desproporcionado mientras vivamos en 6 metros cuadrados y lo dejó sin problema donde correspondía ante lo cual Ema hizo lo mismo. Se los agradecí en el alma pues de haber habido berrinche comunal, hasta de pronto habría tenido que comprar uno de los bichos y al llegar a La Amarilla, Facu nos habría echado con todo y peluche.

Fue ahí cuando respiré livianito al recordar que estoy lejos, aunque una vez más, quise vivir y que mis hijos vivan el espíritu navideño, pues el fondo es muy lindo; es el compartir, es estar, es quererse unos a otros. Nunca me identifiqué y ahora menos con el hecho de angustiarse y volverse loco por comprar en Navidad. El exceso de regalos es algo que nunca entendí y de hecho recuerdo la carta que le escribí al Niño Dios a los 11 años, en la cuál le pedía más tiempo con la gente que quería. Hoy entiendo que ese tiempo de más, mis papás no me lo podían conceder porque eligieron una vida altamente exigente con el fin de darnos a mi hermana y a mi lo que ellos creyeron ser lo mejor del mundo: todas las oportunidades para que a nosotras no nos faltara nada. Recuerdo de todas formas con ilusión abrir tantos regalos que nos daban y siempre entendí que esa era su manera de hacernos entender lo mucho que siempre nos han amado. No lo juzgo, solo lo entiendo y cuando veo el mismo modelo en otras familias, entiendo más que nunca el trasfondo de intentar llenarnos de excesos materiales; es estar inmersos en una sociedad que compró que el haber más amor debe ir directamente relacionado con el comprar más, con el tener más y obviamente para poder hacerlo, con el producir más... y el producir más es usualmente contrario a poder tener más tiempo. 

Peleas no faltaron con mi papá cuando tantas veces preguntó qué queríamos y ambas contestamos: nada papito, no necesitamos nada. Entiendo porqué se enojaba, porque esa siempre fue una de sus formas de demostrar cariño. Si él hubiese entendido que para mí el quererlo más o menos no era ni es acorde con la cantidad de cosas materiales que me regalaba, la historia creo que habría sido otra. No me sentía poco merecedora de lo material; más bien, el compartir siempre ha sido para mí tan importante que los regalos pasan a un segundo plano. 

En su momento lo propuse y hoy sigo proponiendo: que el movimiento navideño de demostración de cariño consista en regalar algo hecho por uno mismo. Es ahí donde usualmente a quien se lo proponga me dirá o que no tiene tiempo o que no sabe hacer nada con las manos; que es más fácil comprar algo ya hecho y va a gustar más. Ciertamente, me atrevo a pensar que niños que estén acostumbrados a recibir regalos comprados de última tecnología año tras año, que además estén hiper-estimulados con los comerciales en televisión anunciando cuales son los juguetes que deben tener y que además estén inmersos en una sociedad que mide unos a otros de acuerdo con su capacidad de adquirir, difícilmente se podrían enganchar con una dinámica de regalos hechos por cada quien. Habría que hacer la prueba. Hago constantemente la prueba y sueño con tener navidades en las que nos demos más de nosotros mismos, no de lo que la moda diga que debemos poseer. 

Hoy que soy mamá, agradecida por lo que me enseñaron, elijo dar más tiempo y menos regalos materiales. Considerando que esa es nuestra mejor elección, hoy el estar lejos de la familia, aunque me cuesta en el alma porque no les puedo dar tantos abrazos para expresarles todo mi cariño y porque no podrán compartir Navidad con mis hijos, agradezco el estar lejos para intentar darle a la Navidad el significado que para mí corresponde: el agradecer, el pasar un tiempo en tranquilidad, dando de lo que soy y de lo que tengo. Es tanta la gente que nos ha dado la mano que Navidad es una época de dar la mano, no de atiborrarse con mensajes en cadena de whatsapp ni de angustiarse por comprar.

Decirle a la gente que queremos cuanto la queremos no creo que sea algo de Navidad y que se expresa solo con un regalo comprado. Creo en más besos, abrazos y si estamos lejos mensajes de amor vía internet… no necesariamente hay que esperar a que Papá Noel marque la parada para abrazarnos.

La Navidad del 2018 la pasaremos tocando villancicos con los instrumentos que llevamos a bordo de la mejor manera posible.

Tal vez el día de mañana mis hijos se acuerden de como pasaron su Navidad del 2018, lejos del exceso de consumo y dirán “Ay, habría querido miles de regalos e ir de novena en novena en una ciudad a pesar del tráfico”. Hoy solo puedo asegurar una y otra vez que en este momento hacemos lo que estamos convencidos que es lo mejor que podemos estar haciendo hoy: por nosotros, por nuestros hijos y por inspirar a todos aquellos que quieren dar un nuevo significado a sus vidas: dar más tiempo y experiencias y menos regalos materiales.

Así nos vamos entonces de Bahía Inglesa, agradecidos por estos nuevos amigos que representan a toda la gente que nos han dado la mano en el viaje y tantas veces en la vida. Creo que el juego consiste en crear una cadena de favores en la que al recibir una mano, le vayamos tendiendo la mano a alguien más y no solo en Navidad, sino como manera de vivir la vida. Gracias a todos los que me han dado la mano y gracias a Dios por las oportunidades en las que he podido dar una mano.



Con Margarita en Antofagasta





miércoles, 12 de diciembre de 2018

Seguimos habiendo recargado pilas con los abuelitos

Aprovecho el tiempo que dure la dicha de escribir mientras me lo permitan aquí sentada en la Municipalidad de Antofagasta (Ciudad al norte de Chile). Habiendo conocido ayer a Valentina, una adorable mujer que nos compró gorra y pulsera, hoy aprovecho que ella trabaja aquí y que me permitió entrar, para sentarme a escribir. Por fin, después de unas dos semanas, estoy aquí sentada gracias a la sumatoria de algunos hechos fortuitos


 computador con batería + lugar cómodo y fresco + wi-fi + papá a cargo de niños en la playa + hora del día en la que el cuerpo aún no pide desesperadamente descanso. De convertirse la última en un problema, siempre están los palillos de ojos, un chicle y mate bien cargado de dulce, formula anti-sueño.


Habiendo cargado pilas con el amor de los abuelos en Paracas (Sur de Perú), seguimos camino. Así el cargar pilas haya incluido una inmensa mal crianza de besos, chocolates y caprichos concedidos y demás melcochería por parte de los abuelos, hoy no tengo más que agradecimiento hacia ellos. Espero que en mi mente siempre quede grabado, entre tantos otros recuerdos, ese primer abrazo del abuelo con sus nietos, quien a la 1 de la mañana saltaba mientras giraba con cada uno en sus brazos. Y que hay de la intensidad de la abuela con sus historias, acompañamiento a la salita de niños, etc, etc... en ambos una entrega total, una demostración de estar en un constante modo presente.

Claro que los mimos también fueron para mí. Les reclamé abrazos, acordándoles que cuando partimos el 10 de Agosto, me los habían quedado debiendo, así las lágrimas vinieran después. Entiendo que les haya dolido nuestra partida,a mí también me dolió. Mimos también recibimos cuando con Facu pudimos a ratos desentendernos de lo que pasaba o dejaba de pasar con nuestros hijos y aunque quisimos al menos salir los dos una noche, nuestro ADN ya parece haberse modificado asemejándose al de la gallina; durmiendo temprano para despertar también temprano.

La estadía fue en un lindo hotel en Paracas el cual yo nunca habría elegido por nuestro constante modo de ahorro durante el viaje. Aun así entendí que en la corta visita de nuestros adorados visitantes, para ellos era lo más cómoda que podía ser. La Amarilla quedó estacionada afuera de la habitación, y aunque se notaba destemplar con el lugar, los dueños del hotel no tuvieron problema en que estuviera allí. Camas lindas, blancas y acolchadas que juntas se convertían en una larga plaza de botes, risas y maromas, fue el escenario perfecto para el disfrute adentro cuando afuera ya hacía frío. La playa repleta de aves de variadas familias, un larguísimo muelle, una piscina helada, un salón de juegos de niños y un pueblo con ricas comidas, eran el escenario cuando todavía era de día.

Después de tan largo viaje para alcanzar a encontrarnos con los abuelitos en la fecha estipulada, unos días de quietud nos sentarían bien. Las únicos dos actividades que nos hicieron movilizarnos fueron: la visita de las Islas Ballestas, paraíso interminable de vida y la ida a hasta la Playa la Mina, atravezando la Reserva Nacional. Incalculable resultaba la cantidad de vida de las islas Ballestas a pesar de lo absolutamente desértico de la zona. Piedras inmensas cubiertas por millones de familias de aves y en la base, lobos marinos quienes seguramente acostumbrados a tanto turista, solo dormían de panza al cielo, como quien estresado se toma unas vacaciones en el mar. Diferente al turista disfrutando de la siesta, los lobos descansaban de cualquier manera, sobre filudas rocas, en cualquier pose que ni el más yogui aguantaría y menos de jeta colgada, dejando en evidencia su entrega absoluta al mundo de los sueños.

Alucinante me resultaba imaginar la incalculable cantidad de vida marina sub-acuática que debe existir de la superficie del mar hasta lo más profundo para soportar la vida visible del mar hacia el cielo. Es tal la población de aves, que nos contaba la guía de turismo que cada 3 meses se hace un raspado de las piedras con el fin de recolectar toneladas de guano: estiércol de las aves considerado el oro blanco para hacer abonos y nutrir suelos degradados.

Hasta la familia de pingüinos se hizo presente. Los que supongo serían sus dos papás junto con el bebecito pingúino, revestido en plumón y todo enclenque en su forma de caminar, se acercaron al agua para lo que parecía su primera sumersión. Antonio y Ema estaban felices. Antonio con la cantidad de animales, Ema con la cantidad de espuma que había en el agua cada vez que la lancha arrancaba de nuevo.

Al llegar a la fecha de partida de la abuelita, debíamos decidir si aventurar por la zona de Cusco y
Macchu.-Picchu o si seguiríamos por la costa. A pesar de que uno de los sueños del abuelito es conocer Macchu-Picchu, decidimos no ir porque los chiquitos tenían gripa fuerte... y llevarlos a 4000 metros sobre el nivel del mar después de tantos días a nivel del mar, podía llegar a ser un atentado en contra de su salud. El destino sería entonces Atacames. Lo haríamos en tres días, sin prisa pero sin pausa. Puerto Lomas y Mollendo fueron nuestros lugares de parada y estadía en medio de tantísimo desierto.

El compartir no tuvo fin. Películas, libros, comida, horas de sueño y hasta instrumentos musicales hicieron parte de las formas de entretenimiento durante los más de 1000 kms de viaje. Atacames sería donde poniéndonos las pilas podríamos comenzar con las modificaciones pertinentes del bus, aprovechando dos factores muy importantes: 1. El que mi papá estaba con nosotros  y 2. el hecho que Atacames es puerto libre por lo cual se encuentra lo que uno se imagine y a mejor precio.

Gozando de rica comida, televisión en la habitación y el amor del abuelito los días pasaron, demasiado rápido para mi gusto. Al partir el abuelito, quedamos con toda la modificación de la mansión en proceso.... y es que reformar una casa en la que uno misma habita resulta fácil cuando se puede clausurar zonas de la casa, trabajar en otras y vivir en otras. Así como lo hemos hecho se ha convertido en un reto a la paciencia; como un reality en el que lo único que aseguramos a diario es el que los niños tengan forma de dormir muy cómodos, de comer bien, de estar tranquilos y de jugar.

Ya con ganas de terminar la reforma de La Amarilla y orgullosos de estar lográndola a pesar del esfuerzo, Chile nos recibe con brazos abiertos. El camino sigue y aunque esté atrasada en anécdotas y vivencias para quienes nos siguen o quieren hacer un viaje en familia, aquí vamos, lento pero seguro...en todo sentido.