“Las mujeres son como la canela. Entre más guardadas están, mejor olor tienen” (frase de la tía abuela de mi mamá, Marujita). Fue este uno de los dichos que nos enseñó de cuando era niña, de cuando fue creciendo en esta zona del mundo donde se come cuy y quimbolito, en la querida Ibarra, en Ecuador, donde las niñas deben portarse como señoritas, de tacón elegante combinado con el uniforme del colegio. Marujita, fiel reflejo de lo que fue aquella época en la que las niñas debían ir a las fiestas siempre acompañadas de un familiar, en casas de familia donde la pista de baile contara con justa cantidad de luz para evitar que pasara lo que ha de pasar en una pista oscura, donde las niñas bien educadas acostumbraron bailar pocas canciones, abandonando en la pista al parejo antes que la canción terminara. Resulta exquisito oír las historias de esta mujer quien a sus 82 años, enseña sobre moral, exigiéndonos llegar temprano en la noche pero a la vez va echando chistes verdes y va tomando su “punta”nocturna (trago típico de la región hecho a partir de la caña de azúcar) en vez de pastillas para dormir.
Hablando de la canela del dicho de Marujita, en el mercado de Otavalo eran varias las mujeres indígenas sentadas en el suelo vendiendo los granos cosechados, las bebidas milagrosas, los potajes y las especias entre estas, la canela. Mujeres vestidas de pies a cabeza con su atuendo típico, de faldones, alpargatas, camisas voladas y sobrero usualmente con una pequeña pluma de pavo real. Que hermosas se veían, que unidas unas a otras, como si vender fuese secundario, siempre hablando o comiendo con sus compañeras, como recordando la tradición de la mujer, no necesariamente quedándose en casa pero acudiendo a la palabra. Lindo fue verlas bien puestas, trabajando, con sus trajes, sus facciones intactas, cargando el niño a cuestas envuelto en la manta, exigiendo el precio justo por la mercancía que vendían. Así como estas mujeres mantienen su tradición, hoy también en medio de Quito pudimos distinguir a las niñas indígenas de las demás colegialas. Todas vistiendo el mismo saco de lana de uniforme no muy agraciado, pero con sus faltas bien largas, alpargatas y collares que simulan oro pero son hechos de fibra de vidrio, todo típico de su comunidad.
Son tantas cosas que ver, tanto sobre lo cual escribir… creo que no debería tener días tan largos para poder escribir mejor, aunque son tantas las ansias de conocer y ver todo que me queda imposible. Por ahora me voy a dormir, recordando aunque no aplicando lo que dice Marujita sobre lo que la mujer debería ser y hacer. No me importa si no huelo tan bien como la canela, quedarme guardada es lo que menos me interesa en este momento. Me voy a dormir recordando todo lo que vi hoy, la similitud que tiene Quito con Bogotá, la cantidad de iglesias que visité y sabiendo que mañana la aventura será una vez más: exquisita para los sentidos, una palmadita para el alma, un reto para comprender porqué somos los latinos como somos.
Lauris!!!! qué rico escribirte e imaginarme con ustedes... síguenos escribiendo para saber que estás bien y que, sobre todo, estás pasando feliz y disfrutando cada segundito!
ResponderEliminarTe quiero!
Cata U.
Hermosuuraaa! quiero leer más de ese camino bonito q vas caminando, de esos colores y esos puertos que te van recibiendo, y esas lucecitas q se van prendiendo en tu alma linda, como un camino de velitas.Haces falta por aquí!
ResponderEliminarNQC