Habiendo cargado pilas con el amor de los abuelos en Paracas (Sur de Perú), seguimos camino. Así el cargar pilas haya incluido una inmensa mal crianza de besos, chocolates y caprichos concedidos y demás melcochería por parte de los abuelos, hoy no tengo más que agradecimiento hacia ellos. Espero que en mi mente siempre quede grabado, entre tantos otros recuerdos, ese primer abrazo del abuelo con sus nietos, quien a la 1 de la mañana saltaba mientras giraba con cada uno en sus brazos. Y que hay de la intensidad de la abuela con sus historias, acompañamiento a la salita de niños, etc, etc... en ambos una entrega total, una demostración de estar en un constante modo presente.
Claro que los mimos también fueron para mí. Les reclamé abrazos, acordándoles que cuando partimos el 10 de Agosto, me los habían quedado debiendo, así las lágrimas vinieran después. Entiendo que les haya dolido nuestra partida,a mí también me dolió. Mimos también recibimos cuando con Facu pudimos a ratos desentendernos de lo que pasaba o dejaba de pasar con nuestros hijos y aunque quisimos al menos salir los dos una noche, nuestro ADN ya parece haberse modificado asemejándose al de la gallina; durmiendo temprano para despertar también temprano.
La estadía fue en un lindo hotel en Paracas el cual yo nunca habría elegido por nuestro constante modo de ahorro durante el viaje. Aun así entendí que en la corta visita de nuestros adorados visitantes, para ellos era lo más cómoda que podía ser. La Amarilla quedó estacionada afuera de la habitación, y aunque se notaba destemplar con el lugar, los dueños del hotel no tuvieron problema en que estuviera allí. Camas lindas, blancas y acolchadas que juntas se convertían en una larga plaza de botes, risas y maromas, fue el escenario perfecto para el disfrute adentro cuando afuera ya hacía frío. La playa repleta de aves de variadas familias, un larguísimo muelle, una piscina helada, un salón de juegos de niños y un pueblo con ricas comidas, eran el escenario cuando todavía era de día.
Después de tan largo viaje para alcanzar a encontrarnos con los abuelitos en la fecha estipulada, unos días de quietud nos sentarían bien. Las únicos dos actividades que nos hicieron movilizarnos fueron: la visita de las Islas Ballestas, paraíso interminable de vida y la ida a hasta la Playa la Mina, atravezando la Reserva Nacional. Incalculable resultaba la cantidad de vida de las islas Ballestas a pesar de lo absolutamente desértico de la zona. Piedras inmensas cubiertas por millones de familias de aves y en la base, lobos marinos quienes seguramente acostumbrados a tanto turista, solo dormían de panza al cielo, como quien estresado se toma unas vacaciones en el mar. Diferente al turista disfrutando de la siesta, los lobos descansaban de cualquier manera, sobre filudas rocas, en cualquier pose que ni el más yogui aguantaría y menos de jeta colgada, dejando en evidencia su entrega absoluta al mundo de los sueños.
Alucinante me resultaba imaginar la incalculable cantidad de vida marina sub-acuática que debe existir de la superficie del mar hasta lo más profundo para soportar la vida visible del mar hacia el cielo. Es tal la población de aves, que nos contaba la guía de turismo que cada 3 meses se hace un raspado de las piedras con el fin de recolectar toneladas de guano: estiércol de las aves considerado el oro blanco para hacer abonos y nutrir suelos degradados.
Hasta la familia de pingüinos se hizo presente. Los que supongo serían sus dos papás junto con el bebecito pingúino, revestido en plumón y todo enclenque en su forma de caminar, se acercaron al agua para lo que parecía su primera sumersión. Antonio y Ema estaban felices. Antonio con la cantidad de animales, Ema con la cantidad de espuma que había en el agua cada vez que la lancha arrancaba de nuevo.
Al llegar a la fecha de partida de la abuelita, debíamos decidir si aventurar por la zona de Cusco y
Macchu.-Picchu o si seguiríamos por la costa. A pesar de que uno de los sueños del abuelito es conocer Macchu-Picchu, decidimos no ir porque los chiquitos tenían gripa fuerte... y llevarlos a 4000 metros sobre el nivel del mar después de tantos días a nivel del mar, podía llegar a ser un atentado en contra de su salud. El destino sería entonces Atacames. Lo haríamos en tres días, sin prisa pero sin pausa. Puerto Lomas y Mollendo fueron nuestros lugares de parada y estadía en medio de tantísimo desierto.

El compartir no tuvo fin. Películas, libros, comida, horas de sueño y hasta instrumentos musicales hicieron parte de las formas de entretenimiento durante los más de 1000 kms de viaje. Atacames sería donde poniéndonos las pilas podríamos comenzar con las modificaciones pertinentes del bus, aprovechando dos factores muy importantes: 1. El que mi papá estaba con nosotros y 2. el hecho que Atacames es puerto libre por lo cual se encuentra lo que uno se imagine y a mejor precio.
Gozando de rica comida, televisión en la habitación y el amor del abuelito los días pasaron, demasiado rápido para mi gusto. Al partir el abuelito, quedamos con toda la modificación de la mansión en proceso.... y es que reformar una casa en la que uno misma habita resulta fácil cuando se puede clausurar zonas de la casa, trabajar en otras y vivir en otras. Así como lo hemos hecho se ha convertido en un reto a la paciencia; como un reality en el que lo único que aseguramos a diario es el que los niños tengan forma de dormir muy cómodos, de comer bien, de estar tranquilos y de jugar.Ya con ganas de terminar la reforma de La Amarilla y orgullosos de estar lográndola a pesar del esfuerzo, Chile nos recibe con brazos abiertos. El camino sigue y aunque esté atrasada en anécdotas y vivencias para quienes nos siguen o quieren hacer un viaje en familia, aquí vamos, lento pero seguro...en todo sentido.




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