Este fue un escrito hecho hace 5 días. Hoy estamos en el cruce Chile - Argentina.
Desde la tranquilidad
de la casa de Jaime y Mane escribo. Son ellos un par de ángeles más de los que
nos hemos encontrado en el camino. Jaime dos días atrás cuando nos vio llegar
en La Amarilla a estacionar en Bahía Inglesa, nos ofreció venir a su casa a
pasar la noche. La primera noche le propusimos postergar el ofrecimiento con el fin de aprovechar que estábamos ya estacionados en el lugar perfecto para vender todo el Domingo. Sospechábamos que de encontrar una casa con el calor de hogar que él refelajaba, el Domingo nadie trabajaría. Le pedimos entonces dejar la invitación de Domingo a Lunes con el fin de tener el lunes para
acomodar el bus.
Tal fue su amabilidad que el Domingo en la mañana fue donde ya estábamos instalados vendiendo, junto con su esposa Mane, a preguntarnos qué nos apetecía para comer en le noche. Después, en la noche vinieron por nosotros y nos esperaron a que termináramos de vender para llevarnos a su casa. Su explicación de porqué lo hacen es la misma de Margarita en Antofagasta: porque se han acostumbrado a dar la mano en lo que pueden.
Así es como dichosa de haber pasado el día de hoy fuera de La Amarilla para así darle un debido orden y limpieza, estamos listos para seguir nuestro camino mañana en la mañana rumbo a Copiapó. Sabiendo que a esta misma hora deben estar en Colombia rezando novela y comiendo natilla con bueñuelos en víspera de Navidad, siento un nudo en la garganta, el cual se me pasa cuando recuerdo la congestión vehicular y humana que hay que resistir cuando se aceptan las invitaciones los días antes de Navidad; situación que se multiplica el mismo día de Navidad. Así es como a pesar de querer que mis hijos tengan la oportunidad de empaparse de Navidad, rezar la novena, empalagarse de natilla y buñuelos y cantar el "Burrito Sabanero" hasta el cansancio, estar de viaje es lo que elegimos por lo menos para este año.
Recuerdo hace 4
días cuando entramos a un centro comercial de Antofagasta. Los villancicos me
hicieron sonreír y sentir de nuevo la nostalgia de estar lejos de mi familia y algunos amigos que viven en Bogotá.
Rápidamente la nostalgia fue reemplazada por una ola de alivio, cuando frente a
mí una mujer al parecer en gran apuro, lanzaba unos osos de peluche en
promoción, arriba de un montón de juguetes más que llevaba en su carrito. A
medida que la pandereta de los villancicos en inglés se hacía más galopante, la
señora se apuraba más. Ella era solo una de tantas personas que me parecieron
estar apurados por la llegada de Navidad. Convencida de que el villancico a todo volúmen en los centros comerciales no es más una estrategia para que la gente se vuelva loca y compre más, me alegro por no tener ese apuro loco de tener que comprar porque es Navidad.
Mis hijos querían
cada uno llevarse uno de los inmensos muñecos de peluche como los que se llevó la señora. En broma les dije que entonces ellos tendrían que ir amarrados al techo para que
sus peluches tuviesen un espacio adentro del bus. Riéndose por la situación,
aceptaron abrazar a un par solo para tomarse una foto. Afortunadamente
después de la foto Antonio entendió la lógica de no poder llevar semejante muñeco
desproporcionado mientras vivamos en 6 metros cuadrados y lo dejó sin problema donde correspondía ante lo cual Ema hizo lo mismo. Se los agradecí en el alma pues de haber habido berrinche
comunal, hasta de pronto habría tenido que comprar uno de los bichos y al
llegar a La Amarilla, Facu nos habría echado con todo y peluche.
Fue ahí cuando
respiré livianito al recordar que estoy lejos, aunque una vez más, quise vivir y que mis hijos vivan el espíritu navideño, pues el fondo es muy lindo; es el compartir, es estar, es quererse unos a otros. Nunca me identifiqué y ahora
menos con el hecho de angustiarse y volverse loco por comprar en Navidad. El
exceso de regalos es algo que nunca entendí y de hecho recuerdo la carta que le
escribí al Niño Dios a los 11 años, en la cuál le pedía más tiempo con la gente
que quería. Hoy entiendo que ese tiempo de más, mis papás no me lo podían
conceder porque eligieron una vida altamente exigente con el fin de darnos a mi
hermana y a mi lo que ellos creyeron ser lo mejor del mundo: todas las
oportunidades para que a nosotras no nos faltara nada. Recuerdo de todas formas
con ilusión abrir tantos regalos que nos daban y siempre entendí que esa era su
manera de hacernos entender lo mucho que siempre nos han amado. No lo juzgo, solo lo entiendo y cuando veo el mismo modelo en otras familias, entiendo más que nunca el trasfondo de intentar llenarnos de excesos materiales; es estar inmersos en una sociedad que compró que el haber más amor debe ir directamente relacionado con el comprar más, con el tener más y obviamente para poder hacerlo, con el producir más... y el producir más es usualmente contrario a poder tener más tiempo.
Peleas no
faltaron con mi papá cuando tantas veces preguntó qué queríamos y ambas
contestamos: nada papito, no necesitamos nada. Entiendo porqué se enojaba, porque esa siempre fue una de sus formas de demostrar cariño. Si él hubiese entendido que para mí el quererlo más o menos no era ni es acorde con la cantidad de cosas materiales que me regalaba, la historia
creo que habría sido otra. No me sentía poco merecedora de lo material; más
bien, el compartir siempre ha sido para mí tan importante que los regalos pasan
a un segundo plano.
En su momento lo propuse y hoy sigo proponiendo: que el movimiento navideño de demostración de cariño consista en regalar algo hecho por uno mismo. Es ahí donde usualmente a quien se lo proponga me dirá o que no tiene tiempo o que no sabe hacer nada con las manos; que es más fácil comprar algo ya hecho y va a gustar más. Ciertamente, me atrevo a pensar que niños que estén acostumbrados a recibir regalos comprados de última tecnología año tras año, que además estén hiper-estimulados con los comerciales en televisión anunciando cuales son los juguetes que deben tener y que además estén inmersos en una sociedad que mide unos a otros de acuerdo con su capacidad de adquirir, difícilmente se podrían enganchar con una dinámica de regalos hechos por cada quien. Habría que hacer la prueba. Hago constantemente la prueba y sueño con tener navidades en las que nos demos más de nosotros mismos, no de lo que la moda diga que debemos poseer.
Hoy que soy mamá,
agradecida por lo que me enseñaron, elijo dar más tiempo y menos regalos
materiales. Considerando que esa es nuestra mejor elección, hoy el estar lejos
de la familia, aunque me cuesta en el alma porque no les puedo dar tantos
abrazos para expresarles todo mi cariño y porque no podrán compartir Navidad
con mis hijos, agradezco el estar lejos para intentar darle a la Navidad el
significado que para mí corresponde: el agradecer, el pasar un tiempo en tranquilidad, dando de lo que soy y de lo que tengo. Es tanta la gente que nos ha dado la mano que Navidad es una época de dar la mano, no de atiborrarse con mensajes en cadena de whatsapp ni de angustiarse por comprar.
Decirle a la gente que queremos cuanto la
queremos no creo que sea algo de Navidad y que se expresa solo con un regalo
comprado. Creo en más besos, abrazos y si estamos lejos mensajes de amor vía internet… no necesariamente hay que esperar a que Papá Noel marque la parada para abrazarnos.
La Navidad del 2018 la pasaremos tocando villancicos con los instrumentos que
llevamos a bordo de la mejor manera posible.
Tal vez el día de
mañana mis hijos se acuerden de como pasaron su Navidad del 2018, lejos del
exceso de consumo y dirán “Ay, habría querido miles de regalos e ir de novena
en novena en una ciudad a pesar del tráfico”. Hoy solo puedo asegurar una y
otra vez que en este momento hacemos lo que estamos convencidos que es lo mejor
que podemos estar haciendo hoy: por nosotros, por nuestros hijos y por inspirar
a todos aquellos que quieren dar un nuevo significado a sus vidas: dar más tiempo y experiencias y menos regalos materiales.
Así nos vamos
entonces de Bahía Inglesa, agradecidos por estos nuevos amigos que representan
a toda la gente que nos han dado la mano en el viaje y tantas veces en la vida. Creo que el
juego consiste en crear una cadena de favores en la que al recibir una mano, le
vayamos tendiendo la mano a alguien más y no solo en Navidad, sino como manera
de vivir la vida. Gracias a todos los que me han dado la mano y gracias a Dios
por las oportunidades en las que he podido dar una mano.
Con Margarita en Antofagasta








Laurita, que buenas crónicas cada vez.
ResponderEliminarUn cariñoso saludo de navidad para ti, Facundo y los niños y que el año que llega cumpla todas tus espectativas.
Sigan adelante...
Un abrazo.
Gracias Eduardo por estar pendiente!!! aunque a veces siento que no logro expresar en su totalidad a través de lo que escribo, me alegra que te guste porque lo hago con mucho cariño. Un abrazo y espero que hayas tenido una lida Navidad y un gran año nuevo!
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