martes, 6 de marzo de 2012

Tarde de fiesta costumbrista Chilota, Isla de Chiloé

Empuñando la mandíbula con firmeza y sin fuerza, la mujer de vestido chilote, voz de cantante y medias blancas, logra su cometido: acompañar a la orquesta con el sonar de sus muelas. No eran las muelas de su mandíbula las que sonaban mejor que una maraca en pleno villancico navideño, eran las de la mandíbula gigantesca de vaca que agitaba con mano izquierda y golpeaba con mano derecha. "Cueca" y otras danzas del sur de Chile y especialmente de la Isla de Chiloé, representó este grupo local, el cual, uniformado con trajes de calle, un sonidista menor de edad, varias mujeres y cuatro hombres, deleitaban al público con su ritmito sabrosón.

Desde lo alto estábamos nosotras, algunas de las extranjeras en medio de un montón de Chilotes y otros Chilenos de diferentes zonas, gozando al ritmo de una botella de vino (bebida popular) y uno de los tantos platos típicos. Mientras mis compañeras fueron seducidas por tremendos pedazos de cordero asado, yo pedí un curanto: atado de ostras, almejas y carnes acompañado por un milcao, pan de papa al vapor). Ellas no hablaron mucho hallando la mejor forma, sin ser la más femenina, de almorzar. Yo mientras tanto, disfrutaba de ostra por otra, almeja por almeja, hasta que CRAC! creí por un instante haber perdido, una vez más, un pedazo de muela al masticar una piedra marina. Fue enorme el alivio que sentí al comprobar que mi dentadura tenía todos los dientes completos y fijos en su lugar, diferente a la mandíbula de vaca en el escenario, de muelas sueltas y partidas, que hacía contonear, o al menos enretener hasta al más aburrido.  

Detrás de los músicos, el mar radiante y agresivo hacía de este encuentro más agradable que lo que hubiera sido en un día normal en pleno verano Chilote: con lluvia y pura neblina. Todos hubiésemos tenido que encajar como pollos bajo el techo del sindicato de pescadores, encajados en medio de enromes asadores. Todo me parecía acorde, menos lo mismo de siempre en este tipo de eventos: dos extranjeras, imagino de algún país no latino, batiendo sus esqueletos sonriendo como quien goza, pero careciendo de cualquier coordinación psicomotríz. Debo decir que hasta lo que la vida me ha permitido ver, el que nació y creció en un país de menos música sabrosa, electrónica y a-tamborada, está en eterna desventaja de sasón y sabrosura. Considero que si un queso sin grasa ni sal pudiese bailar, lo haría como ellos lo hacen, en este caso, ellas. Como se ve en la foto, una de las rubias salió a bailar.  

Bueno, pero a un queso como el descrito, se le puede añadir sal, llevarlo al horno con mantequillita y sus propiedades cambiarán, la esperanza es lo último que hay que perder. Como el que persevera, alcanza, dicen los que saben, si estas mujeres optaran por quedarse un largo tiempo sudando la gota gorda y dejándose safar varios tornillos y tuercas para aprender a bailar, algún día dejarían de bailar como queso desabrido para "echar paso" cual quesillo colombiano de hoja, lleno de sabor. Aquí va mi foto, danzando cual quesillo colombiano.... jajajaja

Sin entrar en más detalles del símil entre las personas y comidas y volviendo al grupo musical, una de las mujeres con micrófono y con seguridad la mayor en edad, era también la cuenta chistes. Tuve que hacer un esfuerzo sobre humano para entenderle cada palabra, a pesar de estar hablando en español. Sus chistes verdes y elegantes y ante todo pornográficos, adobaban la tarde no solo de baile, también de risas. El baile terminó y unos de los niños con quienes había trabajado el día anterior en educación ambiental, me invitaron a hacer parte de su mundo mágico e infantil del juego. Yo, ni corta ni perezosa, me remangué los pantalones, dejé la chaqueta y fui atrás de ellos. Sorprendida quedé al darme cuenta que ni la gran distancia geográfica entre esta isla en la cola de Sur América y Bogotá, Colombia, donde crecí, ni mucho menos, dos décadas de diferencia entre ellos y yo, fueron obstáculos suficientes para estar jugando los mismos juegos que jugué cuando tenía su edad.

"La lleva",  juego en el que una persona corre tras los otros y es reemplazado en su papel al tocar a algún compañero, es lo mismo solo que aquí lo llaman "pillao". "Lleva congelada" se llama "pillao congelado al sol" y "piedra, papel o tijera", se juega igual, con pequeñísimas diferencias en la mecánica. Cuando se cansaron, pidieron jugar "Al lobo", juego que entendí de inmediato, por haberlo jugado en mi infancia un centenar de veces. Lo más increìble fue, que cuando quien caracterizaba al lobo, arreglándose en su casa antes de salir, supuestamente comernos a los que estábamos "jugando en el bosque", sentí la sensación de 20 años atrás: unos nervios terribles que me obligaban a gritar y reir para luego escapar. Me encantó jugarlo. Quize por un momento volver a esa edad en la que no importaba más que jugar. Luego, volví a tener gusto por no tener esa edad y si la edad que tengo, pues recordé lo crueles que pueden ser los niños chiquitos, lo difícil que es aprender a compartir. Defendí, por supuesto, a la más chiquita, motivando al grupo a hacer lo que ella repitió mil veces mientras jugábamos "al lobo": jugar de nuevo pillao.

Que tierno era oirla decir: "Mejor volvamos a jugar pillao poooooooo".  

Por último, "po" es tan popular entre los chilenos como el "ne" entre los brasileros de Sao Paulo. Aquí dicen "po" al terminar cualquier frase, como una muletilla, como abreviación del "pués". Mientras tanto, los Paulistas dicen "ne" como abrviación del "não é?" queriendo decir "no es???"... Cada loco con lo suyo, cada pueblo con su abrviación, cada gringo con su baile de queso desabrido, cada música con su mandíbula de vaca llena de dientes flojos, cada niño con el juego que quiera jugar y cada adulto con sus recuerdos vívidos cuando se da la oportunidad de volver a ser niño. Y colorín colorado, una historia más sin pies ni cabeza, algo de sentido de humor y mucho cariño.... se ha acabado.
Patico, Clari y yo frente al trabajo de los niños

Clari y yo de paseo por la playa

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