domingo, 11 de marzo de 2012

Tarde de susto en mi Playa de Chiloé

Hoy empiezo el escrito con un consejo: cuando el sol comienza a caer y estás solo a algunos kilómetros de casa, piensa. No sigas haciendo lo que estás haciendo por entretenido que sea antes de evaluar si, A. Tienes linterna B. Si tienes el camino de vuelta. Se que para muchos es familiar la situación de estar seguros de alcanzar a terminar una labor (cualquiera que sea), y es más, de sentir que va a sobrar muuuuuuuuucho tiempo, para después llevarse la sorpresa de estar corriendo a último minuto, al mismo tiempo que se alega a los gritos: "Como así, no me queda más tiempo????" o en mi caso de ayer "Cómo así, se me acabo la luz del sol?".

Hoy sufro de brazos y piernas rasguñados por las ramas espinosas al no haber pensado, cuando el tiempo de luz al atardecer estaba por terminarse. Sé que no es reprochable el estar en una actividad "zen" en la que solo hay sensaciones despiertas, sentimientos, recuerdos, olores y demás tonos propios de un momento de ocio en medio de la naturaleza. Aun así, por más zen y meditativo que sea el momento, hay que pensar! No pensé y sufrí por unos minutos la impaciencia de no hallar el camino de vuelta. Aquí hago un paréntesis, un tipo de pausa comercial, para aclarar que no es que mi vida estuviera en riesgo ni mucho menos, que aunque no todo estaba "fríamente calculado" como diría el filósofo chapulín colorado, si me llevé un susto que explicaré a continuación. Es necesario hacer este tipo de paréntesis ya que cuento con padres propios y adoptivos que pueden estarse mordiendo las uñas al pensar que estoy corriendo riesgo. Tranquilos, como me emociono escribiendo, cuento mis historias a manera de chisme, como las contara en vivo y directo: llenas de desviaciones y exageraciones.

Volviendo a mi historia, salí de casa cuando consideré que seguir pasando datos en el computador debía tener una pausa, sobre todo porque no son muchos los días de sol en este bizarro verano bibolar; verano en el que no cesan los días de neblina y lluvia, intercalados con repentinos y pocos días de sol. Fui sola hasta la que llamo "Mi playa" pues entre mi gente: mis dos jefas y mis dos amigas, soy la única que ha ido y no hay rastro humano alguno además de un viejo letrero devorado por la naturaleza que dice "se vende". Es tan viejo y poco mantenido, que imagino que el dueño ha olvidado su terreno, por lo cual, como conquistador recién llegado a tierra ajena, este terreno de caídas de agua, bosque natural, playa de piedras preciosas y aves, con cielo y mar más lindos que vi, es mío por este tiempo. Está bien, al irme, lo devolveré.

Iba entrando a mi terreno, cuando casi llegando a la orilla del mar me encontré con una señora. Hizo cara de desconfianza mientras se siguió acercando. Me pareció que ella también frecuenta este terreno que dice ser de ella, cuando en realidad no pertenece a ninguna de las dos. No sé si hizo cara de estar olfateando al acercarse porque así hacen en este lugar, o porque huelo feo. Espero que sea por tradición, por ser un espacio campesino en el que lo básico reina, en el que los sentidos opacados por elegancia social como el olfato, se utilizan. Finalmente, son los demás sentidos los que hay que activar para detectar lo difícilmente perceptible a simple vista, incluyendo el sexto sentido. No se si le olí bien o mal, pero al menos seguro fue a ser indefenso, pues cambió su expresión cuando me acerqué y grité de la manera más amistosa posible "Hola!".

Por la pinta que tengo desde ayer, de camiseta del proyecto, cachucha, pantalones y tenis, se dio cuenta que no soy de aquí. Los Chilotes usan más que todo gorritos y sacos de lana. Eso sí, nunca faltarán las botas machita, de caucho hasta debajo de la rodilla, las que usé muchos años para saltar en charcos y para llevar y traer agua y arena en la arenera. Me preguntó que porqué paseaba tan tarde, argumentando que no debía, pues el sol ya se estaba poniendo. Le dije que solo necesitaba ir hasta la playa y que pronto regresaría, o como aquí dicen : "al toque". Me contó sin haberle preguntado, que mañana volvería, pues las "algas hay que dejarlas secar de un día pa' otro para poder venderlas, poooo". Cómo cantan de bonito los Chilotes. Voy a tener que grabar en una memoria externa su cantadito, en caso que la memoria interna me fallé.

Hablando de las algas, es común ver hombres y mujeres trabajando algunas de las tantísimas algas de mil colores que trae el mar. Solo he visto que trabajan una roja que es como una hoja lisa y una amarilla, la cual no me atreví a comprar en el mercado local pensando que era una tripa de marrano. Un día compré un manojo de algas verdosas, y en una tarde de experimentos culinarios tuve que botarla en secreto después de que Jenny y Clari pasaron varias veces mirando mi receta con cara de desagrado. No se que hice mal, pues las algas se volvieron una piscina de babas verdosas, y bueno, por más yodo, mil vitaminas y minerales que se supone que tienen, se fermentaría por el desagrado de los comensales y posterior olvido. No merecía tan mala fama el prodigioso alimento, por lo cual comí un poco por darle un chance y le llevé el resto a Doña Marta, la vecina que cuida ovejas.

Volviendo al cuento, me despedí de mi nueva amiga de terreno y seguí hasta la orilla. Que raro es que no me den ganas de entrar al mar, solo verlo desde afuera. Tiene tantas algas que flotan y es tan fría el agua, que requiere más de un kilo de coraje y un acompañante con cámara para filmar el tan memorable momento. Me agaché bien cerca al mar a recoger piedras, mientras olvidaba el mundo, mientras el sonido, el mar, los colores, las aves y yo eramos uno solo. Piedras de todos los colores, formas y materiales hay en esta playa. Al recogerlas entro en una dualidad de si debo llevármelas o no. Nunca sentí la magia de las piedras como ahora, pero siempre he dicho que no hay que llevarse las cosas de la naturaleza. En un escrito anterior que se llama "No señor turista, no se lo puede llevar" cuento la vez que casi me agarro con una pareja que insistía en quere esconder un caracol pala gigante entre el bolsillo para llevárselo. Narro todo el complot desarrollado, para evitar que esto sucediera. Esos eran caracoles los cuales podrían servir más adelante como casita de otros bichos, estas piedras tienen otras funciones.... Bueno no se, tendré que consultarlo con la almohada, con mi consciencia y con mis compañeras ecólogas, para definir si después de tenerlas a manera de altar en la entrada de la casa, las piedras serán devueltas al mar.... que es lo más seguro.

Despegué los ojos de las piedras y vi las nubes rosadas. El sol estaba entrando al agua, punto en el que siempre imagino que hace el sonido de una llama de fuego al apagarse con agua... "tssssssssssssssss". El hecho que de inmediato me recordó de dar gracias, cerrar los ojos y respirar. Fue entonces cuando seguí con la actividad de las piedras, diciendo para mi misma una y otra vez: "Un minutico más y me voy". Despues del sol caer, comencé a subir. Empecé a arrepentirme de haber leído el libro "Cuaderno de Maya" de Isabel Allende, así como los cuenticos que narran toda la mitología y magia que se le atribuye a la Isla, Isla Grande de Chiloé. Mientras me perdí del camino, imaginé que me encontraba con el Trauco, temible ser casi humano el cual dicen que se le aparece a las mujeres para hacerlas sus amantes y dejarlas embarazadas. Sin hallar el camino di vuelta y pensé. Por fin pensé. Volví a la playa para comenzar el ascenso de nuevo, esta vez llena de rasguños de las ramas del bosque y con poquita luz a cuestas.

Una vez hallado el camino, respiré profundo y me tranquilicé... Si el Trauco aparecía saldría corriendo, o le lanzaría un par de piedras preciosas, o quien sabe, a lo mejor resultaríamos siendo grandes amigos. Si resultaba ser que me enamoraba y consumábamos nuestro amor, lo peor que podía pasar es que tendría un hijo mucho antes de lo esperado, un hijo del Trauco. Dicen que los hijos del Trauco son niños lindos, a pesar de tener semejante padre tan extraño. Dicen las malas lenguas, y las buenas también, que en la Isla viven muchos hijos del Trauco desde tiempos inmemorables, todos hijos del mismo padre a quien nadie diferente a las mujeres que han tenido un encuentro amoroso, lo conocen. Esto último, es lo más raro de la historia.

Pensé en el famoso Trauco y en el origen de todos los seres mitológicos locales, tal como la Pincoya: mujer que se le aparece a los hombres pescadores, los seduce y se los lleva unos días mar adentro. Creo que todos estos personajes son invenciones para sembrar miedo, para controlar, para dar explicaciones a lo inexplicable, o para salvar la vida de los pecadores. Quien sabe cuántos hombres pescadores se han salvado al decir que fueron raptados por la Pincoya, cuando realmente fugaron de casa para estar de fiesta con quien sabe quien en quien sabe donde. Así mismo, el Trauco por su parte, ha de haber salvado el pellejo de mujeres que quedan embarazadas al volarse con el enamorado clandestino o "echarse una canita al aire". Es más fácil argumentar que una tal Pincoya o un tal Trauco tuvo la culpa, en vez de explicar que el deseo humano fue más fuerte, siendo que somos solo eso: humanos.

Llegué a casa con piedras en una mano, espinas y rallones, con la Pincoya y el Trauco en la cabeza, y con la luna llena más llena que vi guardándome la espalda. Hago mérito a todos los seres mitológicos que han salvado tantos pellejos, que han dado a los seres humanos emoción a sus vidas al poner a volar la imaginación. Vuelvo a casa jurando regresar mañana a mi playa, con la luz del sol, con linterna y ya habiendo aprendido el camino.

1 comentario:

  1. Còmo te entiendo!.... casi que siento la delicia del sol entrando en el mar..... las piedras de colores bañadas con el agua..... Cômo querer separarse de ese regalo de Dios?
    Besos

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