Como para seguir el hilo conductor del último escrito, comienzo este mencionando que he querido conseguir en los últimos días afinar el sexto sentido. Quiero creer que a mí me fue repartida una cantidad considerable del mismo antes de ser enviada a la tierra. Según afirmaba una jefa que tuve, unos son premiados con una ración considerable de “sexto sentido”, tal como ella parecía sentirlo en sí misma de manera visceral, y a otros no se les da ni las migas (entiéndase a "los otros" como todos los que éramos sus súbditos). Imagino el cielo tipo “sancocho” donde a cada nuevo bebé se le da su buena porción de cualidades que se pasan con defectos, mientras las cigüeñas calientan motores. Ya que toqué el tema y aunque no tenga mucho que ver con el presente texto, el cuento de que las cigüeñas son pájaros gigantes que vuelan kilómetros con un bebé colgado en el pañal, no se como pudo haber sido creída por alguien. Tenían que ser muy burros o muy respetuosos con los adultos los niños que recibieron tal explicación. Cómo tragaban entero el cuento y no se devolvían a preguntar de nuevo, cuando al salir de casa no veían algún bicho volador decorando los aires con bebés apestosos?
Dejando a un lado cuentos de cigüeñas y otros distractores, que nos contaron para evitar abordar temas que harían sonrojar a los adultos, sigo con el viaje. Quedé en la salida de Bariloche. Pasar la frontera siempre me despierta algo de escozor. Desde muy chiquita recuerdo ver en televisión, cómo mostraban familias enteras arrastrándose por el suelo polvoriento en el cruce de la frontera México - Estados Unidos, para ser luego arrestados y privados de cumplir su sueño americano. Afortunadamente la libertad de cruzar las fronteras en América del Sur es una realidad, siempre y cuando se cuente con el pasaporte y no se lleve algo ilegal. Lo del transporte de material biológico es mejor evitarlo pero es negociable; es mejor no llevarlo para no dar papaya pero a la hora de ser cuestionado se puede botar en la caneca de basura en la frontera. Tomamos entonces el bus de Bariloche a Puerto Montt.
Todo iba bien hasta cuando en una parada en medio del camino, cuando la somnolencia reinaba antes que la admiración por el paisaje, un señor se acercó a nosotras pidiendo bajarnos del bus para abrir una de nuestras mochilas. Mientras bajaba iba imaginando lo peor. Sin razón por la cual me podrían condenar, mi mente llegó a estratosferas de ideas de cómo sería las llamadas periódicas de familiares y amigos a prisión en medio de chilenos ladrones, gringos cargueros y latinos de todo tipo. Puede abrir su maleta por favor? Me pide una mujer de guantes de cirugía con tapabocas quien no mira a los ojos. Imagino que para no hacerme quedar en ridículo frente a los demás pasajeros de encontrar algo escandaloso, ella, su compañero y el perro (al cual, lejos de consentirlo, le quería cortar la nariz por dejarse llevar por el olor a pollo que tendría la tela de la mochila después de tanto tiempo), me hicieron cruzar la calle y abrir la mochila detrás de un camión. Apenas la abrieron, salió la espada de plástico que traía desde Rio así como todo el desorden y me relajé. No había nada de qué preocuparme. De nuevo prendí mi sexto sentido y mi sentido de antropóloga para sacarle provecho a tan ridícula situación.
Lo más escandaloso que encontraron fueron los calzones encajosos fucsia que gané por la compra de un brasier en Buenos Aires. Mientras desocupaban la mochila, recordé que por alguna extraña razón, usualmente yo soy sospechosa de cargar algo. No fue una, ni dos sino tres veces (tal como dice la canción “El Santo Cachón”) en las que en un aeropuerto me fue entregado un papelito que decía en breve “Usted ha sido elegido al azar entre 10.000 personas para ser requisado por el posible porte de minas antipersonales o drogas ilegales”. La primera vez creí el hecho de haberme ganado tal lotería. La segunda, pasé al examen sin ni siquiera leer y la tercera, me reí, gesto ante el cual el señor que me lo entregó con seguridad pensó que estaba loca mientras yo pensaba “Ojalá tuviera la misma suerte AZAROSA con la lotería!!!”.
La policía me preguntó con ojos misteriosos, como de quien está queriendo percibir algún gesto, que le indicara algo más que mi respuesta ante su pregunta: “Usted consume marihuana o está con gente que fuma?”. Entendí su punto y respondí de la siguiente forma que bien podría “romper el hielo” entre la ley y yo o bien provocar más tensión aún. “No, solo me gusta la cocaína”, dije en tono sincero y de la manera más seria. Sus ojos abiertos como quien recibe un baldado de agua sembraron duda al comunicarse sin palabras con el compañero. Esperé el tiempo justo para luego decir: “Mentira!!!!” con la justa sonrisa y empujada de hombro que uso tradicionalmente con mis amigos. Los dos rieron tímidos. La estrategia rompehielos, surtió efecto. Cómo no iba a funcionar después de haber sacado de la maleta un mundo de objetos propios de quien "no rompe un plato"? Fui liberada y devuelta al bus no sin antes entablar una conversación más ligera con la ley.
De vuelta en la pista, íbamos llegando a la frontera cuando el hambre me obligó a pensar en si tenemos o no alguna reserva, en algún bolsillo o la maleta de comida que pudiera salvar a la “tripa chiquita de ser comida por la tripa grande”. Fue entonces cuando sacamos de la maleta una bolsa de ciruelas y un paquete de semillas de girasol entera. Porqué carajos, estando a pocos kilómetros de pasar la frontera donde está prohibido llevar cualquier tipo de material biológico y especialmente semillas, teníamos que tener semillas y más semillas CON CÁSCARA y no una empanada o un pan?
Podíamos haberlos botado a la caneca o esparcirlos por los aires desde la ventana, pero como el hambre era protagonista estelar, comimos a dos manos abusando de mandíbula y muelas al masticar, de tráquea y estómago al dejar pasar todo casi entero. Regalamos parte a los vecinos que aceptaron la ofrenda mientras maravillados nos miraban comer entre risas y atoradas. Quedó el puesto como si gallinas o cerdos en vez de personas hubiesen sido transportados en las sillas 42 y 43.
En la frontera, la demora fue de tres horas en lugar de media como los demás buses, tiempo en el que según iban afirmando los chismosos que inquietos revoloteaban entrando y saliendo del vehículo, era el tiempo necesario para que la policía decidiera qué hacer con los dos pasajeros de mi bus que llevaban dos kilos de cocaína. Solo se quedó en mi cabeza la discusión de diferentes latinos quienes argumentaban que para desgracia de esos pasajeros, su captura había ocurrido del lado chileno, no del argentino, donde según ellos, la ley es más flexible ante este tipo de incidentes. Finalmente no supe que pasó. La ansiedad de saber el desenlace del chisme era menor que la ansiedad que me causaba terminar el capítulo del libro que narra algo de la vida en destino que me esperaba: La isla de Chiloé.
La llegada a las 11 pm y el frío inclemente nos obligó a acceder a ir a un hostal al lado de la terminal, negocio que aceptamos después de revisar tantas opciones como fueron posibles. Como era de esperarse en un sistema de informalidades como este, el hostalito era más bien una casa de familia, donde el baño se compartía con papás e hijos de casa, donde no había wifi a pesar de ser ofrecido, donde encontramos un televisor después de tanto tiempo, en frente de la cama. Con control en mano dijimos lo que acostumbramos decir cuando no tenemos en el momento la información necesaria para decidir que pasará el día después: “Amanecerá y veremos”
Ahora solo fotos de nuestra llegada a Ancud:
En el barco en el que cruzamos en el Bus para llegar a la Isla de Chiloé
Donde queda Chiloé
Yo esperando en la plaza a que nos recogiera Bárbara, una de nuestras jefas de CCC (Centro de Conservación Cetácea)







lauu..
ResponderEliminarte he estado leyendo..inspiring