Al salir de Buenos Aires, los Aires siguieron siendo Buenos. La comodidad de estar en la gran ciudad era necesario dejarla atrás, para lograr cumplir llegar a tiempo a Chile. Nos llevamos el carrito de ruedas que mi mamá compró en la terminal de Porto Alegre en Brasil, a pesar de oponerme rotundamente al momento de su compra, pues al llevarlo, estaría incumpliendo una de las reglas de viaje: llevar solo lo que es considerado estrictamente necesario. Con su olfato de madre, sabía que en algún momento del viaje lo agradeceríamos y que en 10, 20 o 30 años, la columna vertebral lo agradecería aún más. Ahora me trago mis palabras y rabieta del momento de la compra, pues el subvalorado carrito se convirtió en nuestra mano derecha y desde el primer momento, cumplió su función: llevar una mochila de 15 kilos a cuestas.
Con el carrito, la actitud “mochilera” se vio mutilada, por el hecho de no llevar como guerreras la casa en los hombros por largos caminos y montañas. Después de todo, lo importante es ir cómodas, y ya con 10 meses de mochila, la propuesta de llevarla arrastrada es tentativa. Dejando los ridículos preconceptos sin sentido, monté mi maleta en el famoso carrito y hasta lo comparto con Maria Clara. Se convirtió en un bien escaso para tanta demanda, por tanto, tal como en los culumpios del parque lleno de niños: el uso se hace por turnos. Ahora, tal como las demás pertenencias que hacen parte del equipaje ( incluyendo la misma mochila), si debido al encarte debíamos deshacernos de él, haríamos lo correcto: hacer el trueque por comida o dormida, o en caso extremo, regalarlo a algún viejito necesitando llevar el mercado a la casa o a un mochilero cansado de llevar la mochila en la espalda.
Foto con el carrito
Volviendo al viaje, salir de Buenos Aires era necesario pues la aventura de caminar hacia lo más o menos incierto debía seguir, además, sí o sí, el trabajo en Chile comenzaría el 1ero de Febrero. Las casas de Daniella y Matias (adorables primos de Clari) con sus respectivos novios, Mariano y Lucía en Buenos Aires, no podía seguir fomentando una aparente estabilidad, sin negar que fueron unos días importantes para ubicar nuestro norte nuevamente, o al menos para intentar hacerlo. Salir también era justo y necesario para darle la oportunidad a muchas otras zonas del país de mostrarnos otras caras de Argentina. Después de todo, la experiencia siempre nos recuerda, que solo conocer algo de la ciudad principal (la capital) , no se acerca a ser un bocado representativo sobre lo que es un país, para ver su esencia: a que sabe.
Dejamos atrás las grandes avenidas, las luces, la vida nocturna, la gran ciudad, los pros y contras de los capitalinos, la imprudencia de los conductores, la exquisita explosión cultural y demás peripecias de la jungla de cemento, para llegar a Villa Geshel: pueblo pequeño, costero, tranquilo de día, lleno de sorpresas de noche; conocida por ser el lugar de veraneo de los Argentinos, en su mayoría capitalinos. Pueblito con el aspecto de tierra en la cual, si hiciera parte de mi sueño, vivirían gnomos de orejas largas y zapatos puntiagudos.
Foto villa gesell
De playas alucinantes, negarse a entrar a jugar en el mar en la playa Mar Azul, me fue imposible. Inmensa fue mi sorpresa cuando el mar tenía los colores y movimiento de un café con leche espumeante, apariencia que me atrajo como quien corre hacia la luz al final del túnel. Lástima que no era caliente y ni siquiera tenía el inigualable sabor dulce amargo del capuccino. Fueron contados los minutos que jugué en las olas con la cámara, siempre cerca de la orilla, pues este inmenso capuccino tenía corrientes dignas de tenerles respeto.
Como veranadero de argentinos de diferentes regiones del país, se escuchaba acentos del español argentino tan marcados, que hasta nosotras lo notamos, situación que no ocurre normalmente cuando no se es del país. Grande fue nuestra sorpresa, al ver que adultos con sus respectivos niños decoraban las plazas hasta más de media noche. Mayor aun fue la sorpresa, al ver que filas enormes de aparentemente adultos, eran en su mayoría niños y niñas disfrazados de adultos, queriendo actuar como adultos, asumiendo papeles de adultos (quien sabe si asumiendo responsabilidades de adultos), evidentemente atrapados en actitudes y cuerpos de niños. Debido a esta situación, en un principio salir de fiesta fue extraño pues sentíamos que en cualquier momento tendríamos que "cambiar el pañal" de nuestros potenciales parejas de baile dada su corta edad y que ellos, en cualquier momento, tendrían que ayudarnos a bailar cuando la “ciática” (zona del cuerpo que típicamente duele en edad adulta y/o avanzada) estuviera causándonos serios problemas durante el baile. Tal vez el guarda de músculos inflados y cara de perro bravo a la entrada, nos pasaría el bastón para ayudarnos a salir del lugar, eso si mostrándose más dócil con las abuelitas del lugar: Clari y yo.
Para nuestra fortuna y para la suerte de nuestros reales parejos de baile, nos encontramos los únicos adultos del lugar, con similares temas de conversación, en similar estado de vida, de actitud no pretenciosa. Ellos de Mendoza (Argentina), nosotras colombianas de pura cepa, con lo más importante en común: fascinados de encontrar gente agradable con quien estar de fiesta sin miedo de ser llevados a prisión por acoso de menores.
El encuentro fue tan agradable que una noche se extendió a tres días. Ellos, siete amigos de toda la vida con nosotras dos, amigas de toda la vida. Más que todo pasé el tiempo con Néstor: de sonrisa fácil, gusto por el baile más chistoso que sensual y de manos ásperas: fiel evidencia de su trabajo como mecánico. Su historia se traduce en ser quien nació en una familia humilde y gracias a su trabajo, inteligencia y esfuerzo, salió adelante haciendo lo que le gusta y que aprendió a hacer desde chiquito: arreglar máquinas de todo tipo. Ver un partido de fútbol del Boca, tomar mate como ellos lo hacían, vivir su necesidad de salir por comida en vez de prepararla en casa, entre otras cosas, fueron unas de las experiencias que nos hicieron entender mejor porqué los hombre son como son. Así como se evidenció en la isla de Abrolhos en Brasil cuando convivimos con solo hombres alejados de sus familias, el vivir en pareja promueve balance. Tuvimos que forzarnos a comprar los pasajes de bus para salir de Villa Gesell, porque tal como siempre pasa, nos vamos acomodando y nos quedamos, tal como el perrito que con frío se enrosca acostado donde da el sol.
Foto de cuarto con maletas, bien instalada
Siguiente parada: Puerto Montt donde llegaríamos donde Liliana, amiga que conseguimos por medio de "couchsurfing": red para hospedarse en cualquier lugar en el "couch" o sofá de quien recibe. La escogí entre varias otras personas, porque me pareció interesante lo que tiene escrito en su perfil. Desde que nos abrió la puerta de la casa, Liliana nos hizo sentir como en nuestro hogar. Desde entonces, fue fácil llamarla Lili. Tal como lo describió ella misma, su casa era "trigeneracional": tres casas para abuela, madre e hija, más perro y gato. Empezamos por conocernos en el jardín, pasando en poco tiempo a bailar cumbia como lo hacemos en Colombia, haciendo una demostración de cuan diferente lo bailan en Argentina. A pesar de negarse en un principio, argumentando nunca haber sido buena para el baile, las ganas le ganaron, fue por unas faldas o polleras, y juntas bailamos al ritmo de los tambores.
Lili es una perfecta representación de quien fue hippie en sus 20's. Llena de historias copadas de rebeldía, de experiencias, de libertad, de opiniones brillantes en contra de los gobernantes; vívida imagen de quien gozó lo que pudo y no sacia las ganas de vivir al máximo con facilidad. La confirmación de esta vida fue el momento en el que se juntó con su encantadora amiga María Blanca, amiga que mantiene por más de 30 años. Vino y cigarro ambientaban el “aquelarre” de estas mujeres, quienes entre risas daban suficiente material para todo aquel que quisiera escribir un libro. Estaba también Lara la hija de Lili, igualmente teñida de rebeldía, simpatía, libertad y deseo de llevar una vida simple. Lara, de nuestra edad, fue simplemente, una más de nosotras.
El equilibrio entre lo masculino y lo femenino lo dio Pehuen, amigo de Lili. A pesar de ser más cercano en edad a Lara, Lili y Pehuen son amigos desde varias décadas atrás. Invertí buen tiempo en escuchar lo que hablan y reconozco el valor de la amistad real; el valor de querer escuchar. Hay temas que no entiendía mientras hablaban, pero que no quiero preguntar para no arruinar la magia; la magia de quienes como amigos de verdad, logran en pocas palabras contarse un montón de historias al haber compartido tiempo de calidad, sin juicios hablando de sus sentimientos. Cómo extraño a mis amigos…
FOTO CON MIS AMIGOS
En medio de la emoción de andar en moto por Mar del Plata y de las charlas con la familia que creamos por unos días, nos dimos la oportunidad con Pehuen de abrir el corazón, pasando de ser perfectos extraños a tener un vínculo de amistad. Me alegra haberlo dejado en amistad, sobre todo cuando me agradeció haberlo escuchado al ritmo de una botella de vino de uva Malbec. Según él, esta uva hace que el corazón de las mujeres sea más tierno. Le dije que no había nada que agradecer, pues siento que es un regalo cuando el vínculo de confianza en un momento dado es lo suficientemente fuerte para dejar que el corazón revele lo que tiene para decir. Es sin más ni menos, un tipo de amor. Además, vivo convencida de que las charlas que tengo con diferentes personas en distintos momentos, son la receta que necesito en ese momento por algún motivo; la mezcla de ingredientes para el alma que son para ese instante; ni para antes ni para después.
Una vez más, fue difícil seguir el camino, sobe todo porque la rodilla izquierda de Clari nos obligó a unos días interminables de trámites, hospitales y burocracias. Hasta el momento las visitas médicas en los 10 meses de viaje se resumen en: dos intoxicaciones, una en Ecuador y otra en Perú, una amigdalitis también en Perú, una cuasi ruptura de mi pie derecho en Brasil y una fisura de menisco de la rodilla de Clari en Argentina; todo esto sin contar las veces en las que no hemos ido al médico considerando que la cura está al alcance de nuestras manos. Por ejemplo, la vez que casi me parto la cadera tratando de aprender a montar la patineta de Rodrigo a media noche por Rio de Janeiro.
FOTO EN PATINETA
Aunque el sistema de salud internacional ha sido lo más caro que hemos pagamos en el viaje, o lo único caro realmente, ha resultado ser mucho más barato el tenerlo que no tenerlo. Aun así, el sistema de salud debe querer que volvamos rápido porque deben estar al borde de la quiebra por nuestro constante cobro de derechos como usuarias del sistema. Tengo una conclusión rápida acerca del sistema de salud antes de seguir con la historia: es ineficiente si los usuarios permitimos que lo sea; es eficiente si los usuarios insistimos en molestar hasta el cansancio, o mejor, en JODER (y no dejo la expresión molestar porque no es suficiente) , para hacer valer nuestro derechos. Cada vez que hemos necesitado algo durante el viaje, terminamos recibiéndolo como consecuencia del desespero que causamos en quienes nos atienden en el teléfono y en los hospitales. Con tal de dejarnos de ver la cara y/o de dejar de escuchar nuestra melodiosa voz, mueven cielo y tierra para hacer lo que necesitamos que hagan: después de todo pagamos para que nos traigan un plato completo, no solo las papitas y el arroz.
No más cuentos sobre el sistema de salud que me pongo nerviosa de pensar en los dolores de cabeza que nos han causado, aunque me alegra que todo ha resultado en batallas ganadas. Volviendo al recorrido, nuestra siguiente parada fue Bariloche. El paso por el desierto para después salir al bosque tupido lleno de lagos fue alucinante. Las cenizas del volcán se hacen evidentes a medida que Bariloche se hace más cerca. Cómo me gusta viajar en buses, cada vez más a pesar de sufrir a veces el frío del aire acondicionado activado por alguien que muere de calor. Aunque la idea era “viajar a dedo”, la rodilla de Clari nos obligó a irnos cómodas, eso si, apretando el cinturón gastando mucho menos dinero que antes.
Seguimos directo hacia el Bolsón gracias al poder de convencimiento de la encantadora Julia, una amiga de bus quien, así como tantos otros en el camino, nos sugirió llegar a tan mágica zona del mundo. El Bolsón es un lugar al cual han llegado oleadas de hippies cada cierto tiempo. Pueblo pequeño de montañas inmensas, algunos nevados, ríos limpios, mochileros por todos lados, vida tranquila, clima frío. Lo curioso a la llegada fue que desde la terminal de buses hasta dos cuadras de distancia, varias personas nos ofrecieron lugares de camping. Obedeciendo parcialmente la quietud sugerida por el médico Clari caminaba a paso de tortuga arrastrando a nuestro ayudante número uno: el carrito.
Fuimos llevadas a un camping en una camioneta, de la cual nos bajamos llenas de polvo hasta en las orejas. Hippie era el lugar, tal como lo esperábamos. Fue la zona perfecta para tener una noche de tranquilidad y una mañana de baño en el río helado con el sol saliendo desde las 9 am por la gran altura de las montañas. Diferente a otros campings, este tenía una ducha digna de ser usada por horas y una cocina en la que daba placer cocinar. Como el bolsillo no podía ser tan generoso o más bien, bien tacaño, partimos de nuevo a la terminal a hacer lo que hemos hecho más de una vez durante el viaje: dejar guardada las mochilas sacando lo necesario hasta el día siguiente. La anterior actitud tiene su razón de ser: Como lo que necesitábamos era vivir la vida de El Bolsón de día y de noche, y solo teníamos una noche más, no tenía mucho sentido buscar y pagar un camping, el cual seguramente quedaría lejos y al cual probablemente volveríamos a la mañana siguiente para dormir un par de horas antes de seguir nuestro camino.Así fue como con bolsa para dormir en la mano, ropa para el frío y algo de dinero, les dijimos a nuestras mochilas “hasta mañana”.
El día pasó entre recorridos por el Bolsón, concierto de música de un grupo Argentino tocando Cumbia Colombiana y la degustación de cerveza de frambuesa y cerveza negra ahumadaartesanales, las cervezas más ricas que probé en la vida. Llego la noche y con ella el “circo a gorra”: aquel en el que la entrada es gratis y después, cada quien paga de acuerdo a su bolsillo y a lo que quiera pagar. Empezó a las 9 y terminó a la 1 de la mañana. Sin parar un instante, el circo sin animales diferentes a los humanos, fue una mezcla exquisita de músicas, chistes y eventos que solo causaron risas y deseo de que nunca acabara.
FOTO CIRCO
Tal como siempre nos ha pasado en las 6 noches en las que hemos dejado las mochilas en la terminal para volver al día siguiente, nos hicimos amigas de Ezquiel, quien nos invitó a dormir a la casa del papá. Una casa hermosa nos recibió de brazos abiertos, nunca tan abiertos como los brazos del dueño de casa, Carlos. Siendo casi las dos de la mañana y sin estar acostumbradas al frío después de más de haber vivido 6 meses en clima caliente en Brasil, pedimos a Ezquiel quedarnos de inmediato en lugar de salir con él de fiesta y cumplir lo que queríamos antes y ahora no: pasar derecho la noche. Con el día lleno de emociones y la noche llena de circo, dejarnos arrullar por los brazos de Morfeo era una buena idea, la cual fue aprobada por Ezequiel quien si se fue de fiesta.
El siguiente día, teníamos el tiquete a las 6 de la tarde. Ochenta y seis años cumplía El Bolsón por lo cual el pueblo se reunió en la Plaza central a pesar de la lluvia. Lo más lindo que vimos fue que tres señores mayores fueron asignados como los responsables de la tesorería y un montón de gestiones importantes para el periodo 2012 – 2013, pasando a remplazar a las tres mujeres del periodo anterior. Me encanta cuando a las personas de edad avanzada se les da la posibilidad de trabajar aprovechando que son ellos quienes tienen clara la historia (cuando los años no han causado daños en su cabeza tan significativos). A mi forma de ver, es la mejor manera de hacer sentir a alguien útil: darle la oportunidad de trabajar. Los viejos son la sabiduría de los pueblos.
Una persona que conocí en la plaza cuando desayunaba pan con queso admirando el nevado, nos encontró de nuevo en el camino durante el día. Se llama Martín y hace parte de la oleada de hippies que llegaron hace 20 años a El Bolsón. Martín trabaja transportando a turistas que vienen cansados de las montañas. Accedimos a acompañarlo en su trabajo y por cosas de la vida, terminamos en la casa de un amigo de él, en medio de la nada, solo de la inmensidad de las montañas, comiendo el plato tradicional de los asados en la zona: un pollo al disco. Lleva ese nombre porque se usa un disco gigante de metal de los que se usan para arar el campo. Por eso, en los asados de la zona se hace todo “al disco”: pollo al disco, cordero al disco, cerdo al disco, cualquier cosa al disco. Los amigos de Martín, cada uno con la teja corrida a su manera (se le dice así a la gente que está loca), nos dieron la bienvenida. Unos con sus ropas típicas gauchas, otros con sus ropas típicas del citadino que viene de paseo. Charlamos, filosofamos, ayudamos, nos reímos y comimos. Todos querían que nos quedáramos pero como siempre prima el sexto sentido de las dos, el mismo titilaba en rojo, avisándonos que no era seguro quedarnos. Dimos las gracias correspondientes y dijimos “no” sin dudar a la cantidad de veces que nos invitaron a cambiar de opinión.
Con dificultad pero logrando lo que necesitábamos, Martín nos llevó a la terminal. Mi sexto sentido fue acertado pues perdió la gracia, caballerosidad y simpatía al comprobar que era un hecho que nos iríamos. Nos fuimos y nos sentimos a salvo al hacerlo. Bariloche nos esperaba a dos horas de viaje.
En la terminal de Bariloche, quejándonos por el frío y extrañando el clima cálido del adorado Brasil, llegó nuestro amigo Mario a recogernos. Nos llevó a una fiesta de bienvenida de una compañera de su trabajo, también colombiana. Aunque usualmente en Argentina nos dijeron que en todos lados era común encontrar colombianos, nunca encontramos tantos como esa noche, de hecho si en todo el viaje hemos encontrado a más de 10, es mucho. Esa noche nos sentimos agradecidas de estar con Mario y sus amigos en vez de estar en la montaña en El Bolsón con Martín y sus amigos. Mario fue increíble con nosotras. Nos hospedó, abriendo su casa sin ningún problema, queriendo compartir con nosotras todo el tiempo que fue posible. Aunque los dos días en Bariloche fueron pésimos de clima, Mario se aseguró de mostrarnos todo lo mejor que pudo: hicimos el “Recorrido Chico” desde el Hotel más lujoso de la zona, pasando por recoger frambuesas de las plantas en la carretera y luego de paseo por el centro histórico. Qué naturaleza, que vida. Habrá que volver cuando la actividad de inviernao sea esquiar. Debe ser alucinante.
Seguimos el camino, quedando siempre con la sensación de querer llevar muchas personas, lugares y sensaciones a la mano para poder tenerlos en cualquier momento. Salimos de Argentina, la cual nos mostró otra cara, una cara linda y mucho más profunda y compleja de lo que solo Buenos Aires nos podría haber dado. Nos vamos pero volveremos.
Me queda la última idea en la cabeza después de tan largo escrito. Se trata de una frase que utilizaba mi última jefa en Bogotá, la cual debo repetir y recordar siempre en el viaje para no caer en errores: “El sentido común es el peor repartido y más escaso de los sentidos”. Me enorgullezco de sentir que fui una de las que recibieron una parte de “sentido común”. Aun así, no es de olvidar que constantemente, por más relajada que esté, el sexto sentido es el único que no debería nunca dormir.








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