martes, 15 de noviembre de 2011

Persuadida por una Iglesia Cristiana


Un desafinado instrumento de viento llamó mi atención anoche cuando tranquila daba un paseo en bicicleta. No sé el nombre, solo sé que era soplado por alguien que no conseguía liderar adecuadamente la melodía de los otros varios instrumentos y voces que lo acompañaban. Para hacer peor la situación, era el instrumento principal. Puede que no me haya sido dado el don de tener una voz melodiosa, sensación en un Karaoke, lo que sé es que bueno oído tengo, ese si me fue dado, afortunadamente prudencia también para no estar haciendo mala cara a quien está desafinado. Hay quienes han sufrido de mi comentario "Oye, estás desafinado" el cual suelto cuando ya la copa está rebosada, cuando las horas de canto sobre pasaron mi paciencia. Cuando mis dientes empiezan a rechinar y comienzo a querer tapar mis oídos como lo hago al escuchar el fastidioso sonido de inflar las llantas de mi bicicleta o el de todos los sonidos con los que los dentistas viven a diario en su trabajo; a veces de verdad mis oídos no aguantan más: o me voy o no sobrevivo.

El sonar desafinado del instrumento de viento venía de un local al fondo de la calle. Debía ser una Iglesia cristiana, evangélica o de algún tipo como todas las que hay en Caravelas. Mal contadas he pasado en frente de 10 locales diferentes, de las cuales me he animado a entrar a dos: la del instrumento desafinado y una evangelista en la que la gente palmeaba los hombros de unos y otros con ojos cerrados y una fe inmensa. Creo que cuando hay un llamado a entrar en algún lugar o en general actuar de alguna forma, hay que acudir al sexto sentido; si después de pasar por este que yo llamo "filtro máximo de verdad" la voluntad continua, hay que hacer caso. El problema por lo menos en mi caso es cuando actúo desactivando ese sexto sentido, situación en la que recuerdo a mi última jefa en Colombia cuando irónicamente decía: "El sexto sentido fue el peor repartido y más mal administrado" al celebrar alguna burrada que alguien distinto a ella hizo.

En efecto era una Iglesia Cristiana. Me acordé del retorcer de cara que hacen las personas que he conocido en Caravelas cuando hablo de querer entrar a una iglesia. Aunque no sea representativa mi muestra (hablando como científica), concluyo "a vuelo de pájaro" que las personas de clase social más alta, identificables por ser más blancos y tener mayores intereses en las actividades de buceo e afines, tienen menor interés en asistir a algún tipo de culto religioso, pues hallan que es pérdida de tiempo. Por el contrario, las personas de clase más baja, usualmente de piel más oscura e intereses más básicos, son más devotas y es más común hallarlos en una de las tantas iglesias.

Yo, con mi querer ser ni de un tipo ni de otro de los descritos anteriormente, decido acercarme a la iglesia y deleitarme desde afuera por respeto, porque los hombres están de vestido de paño a pesar del calor y las mujeres están todas bien vestidas hasta de pañuelo blanco bordado en la cabeza. Recostada en la bicicleta que me prestó mi amigo Mitchel, de pantaloneta corta y comiendo pitanga madura que bajé de un árbol al salir del trabajo, me limito a recibir lo que veo, escucho y siento.

De repente un hombre se me acerca y entregándome un libro pequeño que no es la Biblia me invita a entrar. Le devuelvo una sonrisa mayor a la que me dio aceptando su ofrecimiento, no sin antes recordarle que no podré demorarme mucho (no es verdad pero hago la aclaración para que si me paro y me voy no vaya a parecer descortés). Entro por detrás y una mujer se acerca a mí, me toma delicadamente de la mano y me lleva a sentarme junto a ella y las demás mujeres y niñas. Intento jalarme lo que más puedo la pantaloneta consiguiendo bajarla máximo un centímetro creo, no vaya a ser que alguien me expulse por impura, quien sabe. La mujer abre el libro que me dio el señor que me invitó en la página que están siguiendo y con una sonrisa adicional siento la tranquilidad y por un momento me siento en familia, me siento muy a salvo.

El padre desde su andamio lleva un libro como el que tengo en una mano y una batuta en la otra, con certeza es director de orquesta antes que Padre pues tiene los ojos de 22 músicos listos para comenzar una siguiente canción. Al lado derecho de los músicos, hombres sin instrumentos musicales y sin pañuelo blanco en la cabeza. Al lado izquierdo, mujeres y niñas con pañuelo blanco en la cabeza; imagino que lo del pañuelo será por lo puras que deben ser o que deberían ser las mujeres y por lo impuros que son los hombres... solo sospecho que es así y claro con mis teorías sobre igualdad entre hombres y mujeres, el hecho me causa cierto escozor.

Justo antes de comenzar una siguiente canción, algunos hombres y mujeres, lanzan en voz alta una súplica, agradecen a Jesús, alaban a Dios. Me parece bonito. No lo hago porque no siento la necesidad de hacerlo en voz alta, más no me incomoda. Por el contrario me parece bonito que la gente lo haga sin pena. De repente comienza a sonar el instrumento de viento cuya melodía desafinada me llevó a estar sentada ahí. Es un hecho, el hombre bajo, de piel oscura y lentes gruesos, toca con pasión y sin afinación. Puede que no sea mal de oído, solo un instrumento que fácilmente puede pasar de 100 años y poco mantenimiento, me parece, y así salvo de cualquier juzgamiento al señor que toca con tanta pasión. Al ritmo de la batuta, los demás instrumentos comienzan a sonar y poco a poco entran las voces de hombre y mujeres. Hace mucho no estaba rodeada por tanta energía musical. Los pulmones de cantantes e instrumentistas daban todo de si levantando una melodía en común. Qué lindo, que gratificante a pesar de los y las desafinadas. El padre dice que es obra de Jesús el volumen que logran. Si es así, algunos de tantos otros coros que he asistido deberían convertirse al Cristianismo para ver si cantan con esa pasión, no como adolescentes sufriendo de vergüenza.

Imaginé por un momento la cara de dolor que tendrían personas de oídos prodigiosos en ese momento. Vino a mi mente la imagen de mi mamá y mi ex novio Julián a quienes siempre alagué por el oído que les fue dado. Yo por mi parte, como tengo buen oído más no prodigioso, y como mi interés era de tipo espiritual y antropológico, me deleité con el momento, sabiendo que como fuera, hoy día festivo en Brasil, estaría sentada en frente a un computador escribiendo lo que viví.

Mi tiempo en la iglesia acabó cuando después de una hora, parecía no haber fin. Los ojos de las niñas enfrente mío me mantuvieron más de la cuenta pues varias canciones las miré queriendo percibir qué estarían pensando, cómo sería su vida en los años que vienen. Aproveché hasta el cansancio mirarlas, ya que diferente a como nos pasa como adultos, los niños no se incomodan cuando una persona los mira, por el contrario, buscan hacer más y más cosas para mantener la atención viva, para mantener el vínculo, la fuente de comunicación. Me levanté, agradecí, entregué el pañuelo con el libro y me fui.

Me queda una sensación agradable de haber entrado. Mejor ni le cuento a las personas que conozco en Caravelas sobre esta experiencia, me la guardo como un regalo para ser compartida de esta manera, escribiendo para quien quiera la lea. De esta manera en unos años me sentaré a leer para sentir como fue el momento en el que una noche cualquiera en mi tiempo en Brasil, en Caravelas, fui seducida por un instrumento que a pesar de ser desafinado me llevó a vivir un momento que me hizo sentirme viva una vez más.

2 comentarios:

  1. Me gusta la nueva imagen de tu blog :). Aunque al principio pensé que me había metido al lugar equivocado, jeje, el verde, el cielo, me encantan ;)

    ResponderEliminar
  2. Definitivamente me va tocar conseguir un TROMBON para que me escuches. Por el entusiasmo y la desafinación no te preocupes....la mamá dice que yo las pongo a todo dar!!!!

    ResponderEliminar