Grito "Tierra a la vista!!!" no porque vaya a contar una historia maravillosa de haber encontrado una nueva isla aunque hasta podría ser cierto. Así como ayer terminé en medio de un grupo de ambiciosos buzos que eufóricos hacen planes para encontrar un próximo submarino enterrado en el fondo del mar en la zona, yo por qué no podría estar encontrando una nueva isla?
Bajándome de la nube, cuento porqué grité "tierra a la vista!"... porque diferente a encontrar una isla, fui encontrada y traída de vuelta a tierra, casi jalada de una oreja. Procurando no saltarme más capítulos de viaje, cuento la historia de la llegada de vuelta a tierra firme a la que nos acercamos con prisa, dejando atrás el sueño de haber vivido en el Archipiélago de Abrolhos por 45 días.
Mi papá fue quien me hizo caer en cuenta de un pequeño detalle cronológico en el blog: dejé a un lado cómo fue volver al mundo real después de todo ese tiempo en el mar. Que como me siento? en un palabra, afortunada. En dos palabras: afortunada y perdida. En tres palabras Afortunada, perdida y agradecida. y en 15 palabras: Soy afortunada y aunque estoy perdida, tengo responsabilidad de compartir la experiencia, que agradecida estoy.
Cambiar el mar claro, lleno de peces, por un mar oscuro en el que mi mano no la alcanzo a ver a no más de 10 centímetros, es un cambio. Gente por montón gozando de la playa a su manera, hombres con música en el celular, cerveza en una mano, gafas siempre negras para despistar a las chicas que cazarán, diferente de Abrolhos, donde los turistas llegaban para permanecer poco, para dar un vistazo a la gran diversidad marina, a un hermoso atardecer y a ir de vuelta, es diferente.
Desde bien temprano, la última mañana en la isla, comenzamos a empacar lo que hacía falta. Como es habitual en mí, faltaba encontrar lo menos valioso en precio, más valioso en contenido: la cámara desechable subacuática que unas alemanas me regalaron. De ella (y la personifico por el gran amor que le tengo) no me despegué hasta el día antes de partir, momento en el que usualmente se pierden las cosas. Tal como decimos en Colombia: "En la puerta del horno, se quema el pan". Mi pan, después de haber sido bien amasado, consentido y cuidado estaba por quemarse: mi cámara, después de haberme acompañado en tantas aventuras subacuáticas y siendo usada solo en los momentos MÁS importantes cuando el tiburón limón daba su mejor sonrisa, o la tortuga verde mordía mi aleta, estaba por refundirse. Sin poder encontrarla, empaqué y desempaqué dos veces más. Le eché la culpa a los duendes, siempre se llevan las cosas (o al menos eso pensamos con Claris), momentos en los cuales les dije en voz alta: "Quiubo a ver duendes, devolviéndome mi cámara ahora!".
Bueno pero como es bien sabido por mí y por otras personas olvidadizas, apenas uno deja de buscar las cosas, los duendes las devuelven y aparecen en los lugares más extraños: en el lugar donde un día antes fueron dejadas. Por eso no me gusta organizar tanto. Cuando guardo un tesoro para que no se me pierda, queda tan bien escondido que la probabilidad de encontrarlo cuando la necesito es casi cero.
Supuse que la cámara pasaría a un mundo mejor, me despedí de ella y comencé a llevar todo el equipamiento al barco que nos esperaba. Atrás quedaban mis compañeros marineros con quienes últimamente casi ni hablé. Las ocasiones para hablar con ellos era más que todo en los "churrascos nocturnos" a los que nos invitaban para charlar un rato o como ellos dicen: "a bater papo!!!". La verdad es que cuando estaba con Clari, hacerme la loca y lograr escurrirme de una situación incómoda ante sus insinuaciones era más fácil. Por esto últimamente acostumbré a llegar temprano cuando el alcohol todavía no había infestado sus neuronas y despedirme cual Cenicienta, antes de la media noche, no fuera a ser que el encanto se me perdiera al tener que darle alguno un patadón después de haberle explicado gentilmente que no me interesaba el tipo de interacción que proponían.
Mi gran faro francés de 150 años se quedó allá atrás al fondo, todo lleno de líneas y alto como lo conocí. Hoy se despidió diferente a como me saludó hace 45 días: esa vez, una tarde de llovizna, parecía orquestar con su luz el arcoíris que se alzaba de un extremo al otro, todo lleno de aves, todo lleno de luz. Hoy mi faro me hizo una última despedida antes de que el resto de la isla estuviera en pie: a las 5:30 am, todos los elementos estaban en el cielo para que mi foto saliera perfecta, para que el rojo del amanecer con las aves y su luz intermitente quedaran retratadas en ese momento que era solo para mí, o al menos así lo sentí. Más tarde, con todos los moradores en movimiento, mi faro se despidió triste, apagado, con el cielo lleno de nubes, casi con una expresión gris. Ni las tortugas ni las ballenas salieron como acostumbraban a hacer todos los días, todas hicieron como yo prefiero hacer cuando una persona que quiero se va: no haciendo presencia en ese último momento para no aguar los momentos vividos.
Sumergiéndome por una última vez en el mar que me enamoró me despedí jurando una vez más construir lo mucho o poco que me quede de vida cerca de él. El gusto excesivamente salado, como ningún otro mar en el que estuve, me lo llevo después de tantas limpiezas de nariz, estómago y tripas. Me voy admirando todas las sorpresas que se guarda: bichos de todas las formas, colores, movimientos y texturas. Que Dios no existe? jajá me rio. Tiburones limón, rayas, morenas, ballenas, delfines, tortugas, pez cirujano, pez sargento, pez papagayo, corales, etc., etc., solo por nombrar algunos.
Como era de esperarse, para los demás tripulantes del barco, ver una vez más ese mar o no verlo daba igual. Durmieron todos, excepto el que manejaba y yo. Le hablé para mantenerlo despierto mientras mi querido Abrolhos se hacía atrás cada vez más chiquito, perdido en el horizonte. Mientras tanto el mar fue cambiando de color, el azul profundo se fue convirtiendo en marrón.
Desembarcamos y no hablé más. Mi expresión creo que lo dijo todo cuando uno de los compañeros me preguntó que si me hace falta María Clara. Dije si para no tener que explicar qué más pasaba por mi mente. Volver significa entrar de nuevo en el sistema significa volver a usar zapatos, llevar algo de dinero, buscar donde dormir, ver personas que vienen y van en sus motos, sus carros o bicicletas. Lauro mi amigo que trabaja en el parque conmigo me ayudó a ubicarme. Le pedí que me disculpe por lo aburrida que estaba. Tengo miedo de volver a la realidad. Aunque como bien me dijo Cesar mi jefe del trabajo con Aves, vuelvo a estar feliz porque respiro el aire de libertad. Libertad porque puedo estar acá sentada en frente del computador sin alguien estar cuestionándome lo que hago como pasaba en la isla, aunque el precio que hay que pagar sea el miedo de la incertidumbre.
Tal como les dije a mis amigos con quienes hablé hoy aprovechando el mejoramiento de internet al estar en tierra: Estoy atenta a las señales que el universo me quiera dar. El paso a seguir es incierto, sobre todo porque ahora mi permanencia en este lugar y seguir trabajando depende de otros. Aunque hoy fue un día difícil a nivel emocional (eso que lo diga Claris quien desde el otro extremo de skype me escuchó llorar) sé que mi almohada me aclarará cual es el siguiente paso. Camino dando un paso y después otro, si haciéndolo así me caigo, para eso tengo las manos, para pararme de nuevo.
Último dato curioso: los duendes devolvieron mi cámara: estaba escondida bien envuelta entre una camiseta que juro haber revisado mil veces antes de salir :)
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