domingo, 6 de noviembre de 2011

El acordionista que por una tarde robó mi corazón

Ni la mosca parada en su frente, ni la mujer desde la cocina pidiéndole bajar un poco volumen, evitaban que Gerardo dejara de lograr las canciones más lindas del mundo con su acordeón. Tanto era el amor con el que este hombre abría y cerraba su instrumento que Lauro y yo desde la distancia no tuvimos otra opción que desviar nuestro camino para entrar en esta humilde casa donde Gerardo, desde que entramos hasta que la mosca despegó de su cabeza para volar, se paró una sola vez para traer un par de sillas, para acompañarlo en su tarde de domingo.

Cuando menos nos dimos cuenta, el yerno ya estaba cortando unos cocos para refrescar la tarde musical, la esposa nos dio a probar dulce de cajú hecho por ella misma y hasta la nieta nos ofrecía la pandereta para demostrar nuestros dotes musicales. Con todos los sentidos puestos recibiendo el instante, fui interrumpida por Lauro cuando dice: "Creo que están haciendo una fiesta, es mejor irnos antes que no podamos salir". Miré a mi alrededor y era cierto: de la nada y después de llegar cuando Gerardo era acompañado solo con la mosca en su cabeza, su instrumento algunas gallinas y la olla de barro con la cena hirviendo, pasamos a ser varias personas de diferentes edades y vínculos mientras Lauro con sus ojos expresivos, callado desde su silla y yo estábamos perdidos en el momento con dulce de cajú en una mano, coco en la otra.

Liberé mis manos para acompañar al gran acordeonista con la pandereta cuando la misma había sido tocada horriblemente al lado del majestuoso acordeón dos canciones atrás: de hacerlo mal, no podría hacerlo peor que los anteriores, pensé. Creo que lo hice mejor; al menos la gente me miraba con cara de estar aprobando mi ritmo, supongo que habrían tenido caras largas si con la pandereta hubiese logrado ser todo un "anti-ritmo".

Entre canción y canción hubo solo un sorbo de café y una sonrisa. Con las uñas de trabajador de campo, el pantalón roto y el semblante típico de su ochenta y pocos años, respiraba amor talentoso por su acordeón. La única interrupción en adelante fue cuando su mujer pidió encarecidamente para él, dejar de tocar para conseguir escuchar la llamada a larga distancia. En este tiempo, solo acariciaba su instrumento mientras nos contaba que era nuevo y que no se arrepentía de haberlo comprado después de haber vendido el antiguo. Me sentí muy contenta al entender todo lo que decía: después de todo según la experiencia que he tenido aprendiendo idiomas diferentes a español, es que el mayor reto es entender lo que habla una persona de edad y que moró toda su vida en frente al mar. La falla: que él entendiera todo lo que yo decía. El acento se compone, ya verán...

La fiesta no duró mucho, no porque el acordeonista o el acordeón se hubieran cansado. Lauro y yo debíamos partir. Así es como después de un día de sentirme un poco desubicada, de vuelta en tierra, el gran acordeonista me recuerda que una de las 100 cosas para hacer antes de morir (escritas en mi diario de viaje) consiste en aprender a tocar acordeón. Gerardo se va a encargar de enseñarme, vamos a ver cuanto logro aprender. Que sea con Gerardo mis primeros pinitos respirar el arte de tocar el acordeón es más que todo la excusa perfecta para deleitarme de sentir la energía de este ser que pierde toda noción cuando hacer lo que ama.

La foto me la quedo debiendo, se la quedo debiendo a este escrito. Preciso cuando más la necesité no la tuve. No se que me pasa con eso de compartir fotos en mi blog. Es tan lindo ver blogs escritos por otras personas con fotos intercaladas con el escrito y me sentí tan feliz la vez que haciendo referencia de mi en un blog salí en unas fotos... creo que siento tener que describir mejor las cosas cuando no hay foto... voy a empezar a poner. Mañana comienza otro ciclo de trabajo, ahora en Caravelas, amanecerá y veremos. Ahora si a trabajar en lo que tengo que trabajar!!! El informe para cerrar el trabajo de Parque Nacional Marinho dos Abrolhos.

1 comentario:

  1. Qué lindo Laurita, definitivamente nos dejaste escuchando a Gerardo! Amar lo que haces como Gerardo ama su acordeón es el gran secreto que nos conecta con la Creación.

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