martes, 20 de noviembre de 2018

a casi 100 días de viaje

Dudando en comenzar este escrito, me puse a "pajarear" en "que haceres" siempre pendientes, perdiendo así valioso tiempo. Dudé en hacerlo porque sé que en cualquier momento mi hija se despertará y querrá saltarme encima y/o mi hijo cruzará por la puerta del bus y viéndome con el computador va a gritar “Ay mamita! Qué haces? Vemos una peli?”

Me he vuelto una desperdiciadora profesional de mi tiempo a solas. Apenas tengo esos escasos destellos de tiempo, los temo porque sé que si comienzo un escrito y no logro terminarlo en una misma sentada, éste corre el riesgo de quedarse a medias por la eternidad. Y si esto sigue pasando, también las musas de la inspiración pueden abandonarme y las imagino argumentando: “Total, para qué nos desgastamos si ella no tiene tiempo por haberse dedicado de lleno a ser mamá, comerciante, de todera y ahora
encima a viajar?”. Y sí, si tuviese que reunirme con ellas, les diría que sí, que tienen razón, que entiendo que me abandonen, pero que por favor no lo hagan!!!

Por eso, hoy, la última tarde en Organos, una hermosa playa al norte de Perú, donde a esta hora confluyen todos los vientos y un sol que a cualquiera le parte la cabeza en dos, me siento a escribir. Pido a las musas asistencia de Morfeo para que mi hija duerma más de la cuenta y pido que la magia invada a la niñera del clan de viajeros con quien está mi hijo, para que juntos tengan una interminable aventura de colores, dibujos y de historias sin fin.

Hoy, a punto de cumplir 100 días en ruta, quiero compartir cuestiones del viaje, de este viaje que nos inventamos titulado “Como sea pero viajo”. A veces el "como sea" quisiera
que no se aplicara mucho a nuestro caso. Quisiera que el único que viajara como sea fuese el hombrecito que nos inventamos; protagonista de las gorras, imánes y calcomanías. El, siempre con su mismo morral, sombrero y semblante escuálido pero aventurero viaja en tortuga, avestruz, máquina escabadora, triciclo, águila, globos, parapente, y hasta en ballena; para nosotros aspiro la misma alma aventurera pero con un poco más de comodidad. 

Hoy reconocemos con Facu que por la prisa de salir de donde vivíamos a aventurar en nuestra casa rodante, hubo cosas que no nos quedaron del todo bien. El aprovechar del espacio es realmente un arte. Es más si hoy yo fuese directora de una universidad en la que se crean nuevos programas especializados, la carrera "diseño y armado de casas rodantes y diminutas" sería mi nombre predilecto para una maestría y doctorado. Facu, como gran estudiante aventajado, va haciendo de nuestra Amarilla un laboratorio de ideas la cual con paciencia vamos juntos modificando.

En cuanto a La Amarilla se trata, hablemos de la cocina. Durante los primeros dos meses y medio, nos la arreglamos con una cocina de camping. A decir verdad, no hemos cocinado todos los días. En el viaje tuvimos la fortuna de hospedarnos con amigos y con mi queridos tíos de Cali, Colombia, momentos en los cuales La Amarilla estuvo de vacaciones. Haciendo cuentas rápidas, quizás fue un mes y medio en el que cocinamos en la cocina de camping y en muchas ocasiones optamos por hacernos sánduches o algo que no requiriera cocina. Fue aquel día, cuando por segunda vez se me regó lo que estaba cocinando cuando decidimos comprar una cocina. 

Fue en ese momento y habiendo conocido otras casas rodantes, cuando decidimos que una cocina de verdad no podía seguir siendo una idea a postergar. Quienes habían pasado por las mismas en su viaje, nos sugerían que esperáramos a llegar a Perú para hacer cualquier tipo de modificación, argumentando que los precios serían mucho menores. Cuando se regó la comida esa segunda vez por el peso de la olla, más la inestabilidad del piso,
sentimos la necesidad de hacer la modificación, que hace mucho había dejado de ser un lujo. Fue en Cuenca donde recorrimos la avenida de las cocinas en la cual, evidentemente al ir preguntando el precio, este iba disminuyendo tienda tras tienda. Al llegar a la última y aún titubeando sobre la decisión, compramos lo que se necesitaba: garrafa grande, cocina y manguera. Procurando el mejor precio posible, logramos conseguirla y hoy me parece estar escuchando nuestra fiesta cuando la utilizamos por primera vez. “Tenemos cocina! Tenemos cocina”. La modificación fue grande. Facu, gracias a su ingenio, a que carga en el bus varias herramientas y tablones del material que había sobrado en la construcción del bus, hizo la mesada, una linda y espaciosa mesada para por fin cocinar a salvo.

El segundo cambio que le hicimos al bus tiene que ver con la ducha. Recuerdo el día en que riendo a carcajadas nos bañábamos afuera del bus con una ducha portátil solar de 5 galones. Fue en Playa Rosada, cerca de Ayampe en Ecuador, donde usando cada uno la menor cantidad posible de agua, nos bañamos los cuatro con agua caliente calentada por
el sol junto a nuestro bus. Supimos en ese momento que eventualmente necesitaríamos una ducha lo suficientemente buena como para bañarnos a diario y dejar atrás el baño "a baldazos" o con ducha solar pequeña. Valga la pena aclarar que en cuanto a duchas se trata, los grandes somos quienes con facilidad nos hemos ido a dormir después de un duchazo de agua de mar; los chiquitos en cambio, como reyes de la manada que son y dado su pequeño tamaño, han gozado de duchas en la tina que llevamos arriba del techo con aguita caliente cada vez que lo han necesitado. 

En la playa de Organos hicimos la segunda modificación notoría: una ducha. Hicimos es mucha gente porque Facu fue quien compró y ensambló los materiales, yo fui por el tubo que se le quedó en una tienda e hice asistencia básica. Por ahora nuestra ducha ha de funcionar afuera del bus pues adentro, por la distribución que tenemos no cabe pero bueno en algún momento seguro gozaremos de ese lujo. 

El tercer cambio tiene que ver con el interior del bus. Hemos visto suficientes casa rodantes como para darnos cuenta de que hoy La Amarilla no debería denominarse una “Casa rodante” sino más bien una “cama rodante”. Así es, tenemos exceso de espacio para tener dulces sueños pero muy poco espacio para funcionar en el día a día. Es tal el espacio que tenemos, que hasta nos hemos dado el lujo de clausurar por completo una de las camas de mis hijos y la otra utilizarla a medias solo porque en la cama grande logramos caber los cuatro, como diría el famoso poeta Maluma "felices los 4". Nuestra sobredimensionada cama es la culpable de otorgarnos siempre dulcísimos sueños pero nos damos cuenta que para hacer una cómoda vida sobre ruedas, es necesario que todo tenga el tamaño justo y necesario; lo espacioso hay que dejarlo para afuera del bus.

Este tercer cambio requiere un poco más de tiempo, ingenio y materiales. Habiendo visto ya más de 15 casas rodantes de variadas dimensiones, necesidades, nacionalidades y exigencias, hoy si o si, nuestra cama debe ir arriba de la cabeza del conductor y copiloto. Será una cama que gracias a unas sofisticadísimas visagras (al menos así lo veo) se baja cuando está en uso y se sube contra el techo cuando no lo está. Comenzando con esta modificación, el liberar todo el espacio que hoy es nuestra cama ya hará la diferencia; y este es solo la punta del iceberg de todos los cambios que se desatan. El espacio de almacenamiento que tenemos estará más disponible que lo que lo que está hoy, habrá espacio para ducha y baño adentro, sala comedor, cocina, sala de juegos, etc...... bueno ya me emocioné por los cambios venideros pero debo respirar porque todo vendrá a su debido tiempo. Tendremos tal casa sobre ruedas que para qué pensar en una sin ruedas.

Los demás cambios y modificaciones las seguiré contando con el tiempo. Hoy, solo leyendo lo que he escrito, esperaría que todos los humanos pasáramos por el proceso de entender las cosas que recibimos "normalmente" como lujos de la sociedad moderna. El haber pasado por un tiempo de cocinar incómodos, de tener una pequeña ducha portátil, de tener poco espacio y entre otras tantas "incomodidades" nos hacen entender una vez más el valor de las cosas. De pasar por algo así los hombre y mujeres que lo tenemos todo, seguramente seríamos más conscientes de el lujo que es tenerlo, de lo valioso que son los recursos, que no hay porqué tener algo y usarlo en exceso, sin conciencia. Hoy por lo menos espero que nos quede a nosotros como enseñanza para una vida más agradecida por lo que tenemos; para que ojalá mis hijos tengan mayor consciencia, para sentir lo que sentimos que es lo más correcto hacer en este momento.

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