Éramos dos: una peruana y yo. No recuerdo su nombre, imagino que ella tampoco el mío. Recuerdo que lo más importante era hacer la labor mejor que el día anterior y en menos tiempo. Cuando mi papá se enteró del trabajo que estaba haciendo me dijo con la angustia natural y entendible de un gran papá: “Lalita porqué estás trabajando en eso? Necesitas algo de dinero?” Le di la respuesta perfecta, la cual no olvido e imagino que él tampoco: “Papito, tú me enseñaste que el trabajo dignifica” seguido de una larga pausa seguí hablando: “Además te contaré un dato curioso que me enseñó mi compañera peruana y que hace más fácil nuestro trabajo: sabías que usando agua caliente logras usar menos jabón, haces menos esfuerzo y los baños quedan oliendo más rico?”
Gracias a este trabajo no volví a menos preciar el esfuerzo que hizo siempre Rosita lavando los baños de mi casa ni el de millones de personas que lo hacen. Entendí que es mucho trabajo y acepto con vergüenza que fue solo desde ese momento cuando valoré realmente el trabajo que requiere limpiar aquel lugar del que todos precisamos cada día a menos que vivamos en el medio salvaje y/o en condiciones precarias y/o de una manera alternativa: el baño.
Mesera, cocinera, asistente de campo, campesina, pescadora, policía entre otros, son algunos de los roles asumidos que nunca me quitaron cosa alguna, siempre me dieron más herramientas. Hoy pensé en el valor de los diferentes tipos de trabajo una vez conocí al pescador de Playa Almada, oriundo de la zona, pescador de pura cepa. Mi destino de atender todo el día a turistas en el centro de visitantes de tortugas cambió, gracias a la llamada de él mismo a 40 kms de la base donde yo trabajo. Tres tortugas cayeron en sus redes de pesca, quizás heridas, quizás no. Fue entonces cuando armados hasta los dientes con pesa, metro, kit de emergencia y hasta dos cajas de plástico grandes, que utilizaríamos solo en caso de tener que transportar a las tortugas al área de cuidados intensivos, fuimos con Enrique, el Director de Projeto Tamar en nuestra misión “detectivesca” a salvar a las tortugas.
Tal como no lo esperaba, tres tortugas estaban atrás de unas redes, con la panza hacia arriba y la cabeza descolgada mientras los pescadores jugaban cartas en su tiempo libre. Descubrí al acercarme y voltear a una de las pacientes, que afortunadamente estaban todas más vivas que nunca, esperando a ser volteadas para volver al tan anhelado mar. Una vez pesadas, medidas y con una marca para poder estudiarlas en un futuro en alguna playa del mundo, las llevamos de vuelta al mar. Los ojos se me agüaron pero claro, no era momento de llorar pues varios turistas cuasi pelados aprovechando tomar color gracias al sol se acercaron a la escena del anti-crímen, queriendo tomarse fotos con las tortugas, queriendo tocarlas y haciendo mil preguntas a la vez. De la manera más inteligente, el gran jefe enseñó a las personas la importancia de las tortugas mientras las mismas regresaban al mar. El trabajo estaba hecho.
Gracias al trabajo del pescador quien hizo la llamada hoy y la llamada de los miles de pescadores en los pasados 30 años, las tortugas en Brasil están cada vez mejor. El pescador quien antes mataba las tortugas por desconocimiento hoy trabaja por salvarlas porque alguien le enseñó la importancia de cuidarlas. No le prohibió, solo le dio una alternativa y varias razones para no continuar con las prácticas de antes, por medio del arte del convencimiento. Tal como me explicó el gran jefe hoy, la dificultad con el pescador es que pocos reconocen su trabajo: él no tiene la paciencia para explicar el por qué lleva tortugas en su red y el turista no tiene oídos para escuchar, solo para criticar su labor.
Pensé mucho en quienes trabajan la tierra, quienes limpian las ciudades, quienes enseñan; en todos aquellos que tienen los trabajos que realmente dan sustento básico a la sociedad. Pensé en lo injustos que somos al menos preciar una labor que es hecha con las mejores intenciones, en lo expertos que somos en transferir la responsabilidad de todo lo malo a alguien más por el gusto mismo de criticar, por desacreditar lo que no conocemos. El campesino es el culpable: la tierra esta sobre cargada de químicos. El pescador es el culpable: es irresponsable en el uso de la maya de pesca. La señora que hace el aseo es muy lenta: para tan pequeño espacio que hay para limpiar se toma demasiado tiempo. Despues de cada una de estas afirmaciones es donde cabe perfecto la respuesta que oí alguna vez y que yo también utilizaría si la crítica fuera hacia lo que yo hago: “si es tan fácil como dice, venga y hágalo”.
Pensé en el gran valor de trabajar, de arriesgarse a ser “de todero”. Para evitar confusiones, entiéndase “de todero” como aquella persona que realiza un trabajo que sabe desarrollar / cree saber desarrollar / reconoce que no sabe pero quiere aprender a desarrollar. Gusto de los “de toderos”. Gusto ser una “de todera” pues nada he perdido al hacer mientras que mucho he dejado de aprender al no hacer. Ojalá todos nos dieramos la oportunidad de ser “de toderos” y emprendieramos oficios varios para ver si en algún momento ganamos como sociedad la capacidad de ver el valor del vecino, de lo que hace, de quien es realmente el vecino.... de reconocer que cualquier trabajo de buena intención dignifica.
Laurita ....tu replanteas la importancia del trabajo, no solo en torno a la dignidad sino en cuanto al objetivo. Te imaginas las generaciones de tortugas que salvaste sólo si una de ellas vuelve a nadar??? ....Tu trabajo nos dignifica como humanidad ante el universo y el Dios creador.
ResponderEliminarbella. yo también lavo baños, pero el mío solamente y eso es una gran diferencia. te quiero, sigue feliz
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