“Pero mi amor, por favor ten cuidado. Mira que a donde vas es pleno pantano, quizás el punto con más diversidad en el mundo... No toques los pájaros, te transmiten enfermedades. No toques nidos de arañas, se te suben y ponen huevos bajo la piel. No te metas al río, las pirañas se comen cualquier cosa. Ah bueno, y por favor ten cuidado con los cocodrilos y usa repelente, hay muchos mosquitos” dijo mi papá por teléfono cuando los compañeros de la Fundación, Claris y yo estábamos en el puerto listos para partir, mientras yo contestaba –“si si papi, tienes razón, tendré cuidado, tranquilo."
Fue entonces cuando recordé que sus peticiones y advertencias fueron las mismas en diferentes momentos de mi vida solo que con diferentes actores involucrados. Por ejemplo, cuando trabajé de guarda parques en Islas del Rosario en Colombia, los tiburones y los pobladores de la región eran su angustia, quizás porque para él ambos podrían morder por igual. Siempre he entendido a mi papá y ahora lo entiendo más: tenerme como hija, con fascinación por la aventura en lugares menos poblados por humanos y más poblados por el resto de la naturaleza en vez de preferir la ciudad, no debe ser fácil. Más aun, debe ser difícil en tiempos en que la televisión educa muchas veces con mucho amarillismo, siempre contando historias de animales miedosos con el infaltable acompañamiento de música de terror en las historias de inocentes personas que mueren entre garras y colmillos.
Seguras de estar bien cuidadas y libres de amenazantes garras o colmillos, subimos a la famosa lancha (y no gran barco como imaginamos) que nos llevaría a conocer el tan anhelado pantanal. Con el chaleco bien puesto comenzamos el voluntariado gracias al que saltamos en una pata de la dicha firmando el contrato. En ese momento ya llevábamos cinco días en el país que nos generó la mayor ansiedad previa entre todos los anteriores países conocidos del viaje. Al momento, Brazil nos había ofrecido mucho más de lo esperado y ahora nos ponía en bandeja de oro mucho más de lo soñado.
Después de cuatro horas en un recorrido alucinante, por fin llegamos a la reserva, la cual, lejos de contar con una chozita precaria de paja, ofrecía una casa toda protegida por mallas y en el interior, camas cómodas y una toalla limpia, grande y suavecita esperaba por nosotras. El trabajo comenzó entonces subiendo el mercado a la casa, organizando y cuando creí que habría una rutina loca que cumplir, la tarde nos fue dada libre. Embobadas permanecimos toda la tarde intentando contar el número de tipos depájaros que podía haber alrededor. El árbol del frente, fue bien llamado "el condominio", lleno de vecinas de barrio con rulos coloridos en la cabeza peleando por el marido compartido.
El atardecer es difícilmente descriptible. Desde la lancha en la que fuimos por todo el río mientras nuestros compañeros repartían encargos a la gente de la reserva, el cielo se tornaba de mil colores, cambiando segundo a segundo. Ibamos desesperadas con los mosquitos. Los compañeros mientras tanto ya inmunes a las picadas insistían en que debemos estar agradecidas por la época, que en Diciembre y Enero es mucho peor.
El siguiente día, tal como lo hemos hecho durante tres días a hoy conocimos los senderos haciendo el trabajo de investigación. Me sentí contenta de ver que mi formación como ecóloga daba resultado, que lo hecho en el pasado a nivel profesional cobraba sentido en ese instante en que me volví a sentir útil trabajando profesionalmente.
Ayer los niños de una escuela de Sao Paulo llegaron a visitar el centro. Fue emocionante como profesores y alumnos sonreían al saber que somos colombianas, que llevamos viajando por Sur America casi cuatro meses, buscando vivir una aventura como la que hemos vivido, las dos solas y con bajo presupuesto. Al ver que a los niños les exijen hacer un diario y que como me pasó a su edad, el diario se vuelve algo lleno pobre lleno de hojas en blanco, decidí traer el nuestro y explicarlo. Sus ojos se llenaban de alegría escuchando sobre lo importante de plasmar las experiencias con mi aun precario “portuñol”. (Nota: sobre este punto, es preciso aclarar que cada día estamos mejorando)
Despues de llevarlos por un sendero unos niños me entrevistaron. Aunque fue difícil entenderles, después no queríamos parar de hablar. Ellos llenos de curiosidad y yo con un mapa de Colombia en la mano todo dibujado y rayado fueron las herramientas suficientes para lograr lo acometido: compartir vivencias y abrir un espacio para soñar juntos. Corroboro una vez más que experiencias de lo que se vive trae consigo una gran responsabilidad: compartirla.
Hoy, en mi último día de voluntariado miro mi vida y digo “Quiero poder llegar al final Del camino decir: si, así es como quise vivir mi vida”. Las oportunidades se siguen presentando y estoy segura que a grandes oportunidades, grandes responsabilidades. Todo lo que estoy pidiendo, lo estoy recibiendo. Me siento muy pequeña en un gran mercado bien agarrada de mi papá, antojada de todo, pidiéndole que me compre todo, logrando que me lo compre… confio en que así funciona el mundo. Se que debo retornar lo recibido de alguna forma. Lo estoy haciendo y se que el único camino de hacerlo es por medio del amor, el miedo si es imposible descartarlo, solo hay que usarlo para tomar impulso.
Vaya impulso que nos ha dado!!!
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