miércoles, 13 de febrero de 2013

Viajando los dos... los tres

Al no querer negociar el vino, el dueño de la vinoteca nos dice a Facundo y a mí: - "Por la alta competencia de vino en la zona, lo que ustedes están haciendo es una labor Quijotesca". Miro a Facu y me hace recordar al mismo Don Quijote por sus características: alto de estatura, derecho, determinante, convencido de tener éxito en una siguiente oportunidad y con un eterno deseo de idealismo y aventura. Mientras el dueño de la vinoteca sigue hablando de las tragedia del mundo, haciendo mérito para arrepentirnos de haber pisado su negocio, encuentro gracioso estar derecha buscando mis pies y no encontrar más que mi panza moldeada por este chiquitín que viene en camino. Con una evidente sonrisa, ante la cual el señor parlanchín parece creer que le celebro sus inservibles comentarios sobre lo difícil que está el mundo, pienso en este escrito, en cómo Don Quijote y Sancho Panza vamos en nuestras aventuras por el mundo, viajando los dos, los dos y el tercero que viene en pocos meses: Viajando los tres.

Emprendemos entonces viaje hacia el nor-oriente más cercano, San Rafael - San Luis - Merlo - Mina Clavero, buscando hallar posibles distribuidores interesados en trabajar el vino en San Luis y parte de Córdoba, mientras la pasión por el viaje se cumple, mientras la aventura continúa.


A pesar de no ser a cuestas de Rocinante (el caballo) y Rucio (el burro), tal como lo hicieron Don Quijote y su compañero en su momento, emprendemos nuestro viaje abordo del super automovil-casa rodante-bodega "La Nubecita". 
Día 1:

Desde nuestra nueva "casa rodante" escribo casi a media noche. Queríamos pasar desapercibidos durmiendo arriba de la Nubecita, la cual hace parte de la familia hace pocos días. Siendo lo mas cercano al sueño compartido de tener una van tipo "Scooby Doo", la de los viajeros que recorren el mundo, quisimos ensayar dormir en el auto a pesar de tener este estructura de vehículo de carga para vendedores de vino como nosotros, no casa rodante. 


A pesar de la negativa de un vendedor con años luz de experiencia como Facundo, quien estoy segura podría vender hasta un perro muerto, me bajé en Monte Comán, entre polvo, calor y desolación, lista para demostrar mis habilidades en el único almacén y  síntoma de vida del lugar.

Quien se llamaba a si mismo "Don Alfredo", tendero, propietario y rey del negocio, todo de punta en blanco, me miraba con desconocimiento como quien intenta reconocer el acento extraño de quien habla, tal como tantas veces me ha pasado en estos casi tres meses de experiencia argentina. Para mi sorpresa y después de desalentarme con su respuesta ante el ofrecimiento de mi producto, el cual miro y remiró a trasluz, Don Alfredo me hizo un pedido: Cuatro botellas. A pesar de la costumbre de bajar por poco dos cajas cuando el producto ha sido aceptado, regresé victoriosa al auto a revelar lo que el papá de mi hijo creyó hasta ese momento imposible: que en Puente Comán pudiese vender siquiera un alfiler. Más allá de alfileres, vendí las cuatro botellas, el equivalente a 70 pesos argentinos, casi 10 dólares. Permaneciendo un poco más en el lugar orientados por Don Alfredo para llegar alguien que el creía que podría estar interesado en comercializar los vinos en masa, solo conseguimos la confusión y risas pues quienes intentaban orientarnos en el camino tenían una curiosa característica en común: hablaban de ir hacia mano derecha apuntando a mano izquierda y de ir hacia la mano izquierda apuntando a la derecha. Después de un rato más de polvo, calor e indicaciones absurdas, decidimos partir, seguros de que Don Alfredo había sido un golpe de suerte en este pueblo de fantasmas.

Después de uno y otro intento de venta fallido en el siguiente pueblo, San Luis, Facundo celebró y reveló de manera jocosa con sus familiares, y amigos que gracias a la venta de la vendedora estrella del día, yo, tendríamos como comprar la comida del día. A mano izquierda, la foto de la vendedora estrella del día cocinando algo de lo que traíamos desde casa.


Habiendo caído la noche, localizamos la casa del distribuidor de San Luis, estacionamos en frente, apagamos la Nubecita y nos dispusimos a acomodarnos lo mas silenciosos posible para evitar llamar la atención de los envidiosos que quisieran llamar a la policía denunciando a una pareja de un barbudo y una embarazada durmiendo arriba del auto.


El estruendo de la maquina inflando el colchón rompió el anhelado silencio de la clandestinidad. Al parecer no llamo lo suficiente la atención como para poner el riesgo nuestro plan de hacer de la nubecita un carro casa. El colchón arriba de las cajas de vino, una toalla simulando ser la cortina de la ventana y el sonido de las gotas de lluvia cayendo arriba del techo metálico fue el mejor regalo para terminar con broche de oro el día de pocas ventas.




Día 2:

"Se nos va el cliente, me voy, me voy!"
De un salto, hizo tormenta el aire del colchón inflable mientras buscaba un camiseta limpia y al menos un chicle de menta. De un segundo salto ya estaba en la calle y lo vi alejarse de la Nubecita mientras se peinaba y acomodaba la camisa, seguramente planeando las palabras para convencer a quien llevabamos esperando en frente de su casa desde la noche anterior.

Mientras hacía la presentación del vino y explicación de su repentino y mañanero encuentro, Facu me miraban de vez en cuando, seguro mientras le explicaba al señor toda la historia de cómo nos conocimos en pleno Bolivia, de cuando seguimos viajando a Colombia y de como ahora somos los dos y uno en miniatura dentro de mi panza, viajando y vendiendo por Argentina. Una vez desinflado y doblado el colchón inflable, dobladas las sabanas y ordenadas cajas de vinos y canasta de comida de viajeros partimos. Haber dormido cuales espías en el barrio residencial en Potrero de los Funes había dado resultado, el hombre al ver el empeño Quijotesco y/o convencido por el producto aceptó comprar.

Así fue como una vez más, Don Quijote y Sancho Panza partimos buscando nuevo clientes en este día que hasta ahora empezaba a revelar síntomas de calor como digno día de verano. A medio día la interrupción de labores para almorzar la hicimos junto al lago. A mano izquierda, alistándome para el chapuzón. (La foto fue elegida para dar evidencia de que si ha crecido).

La segunda noche ya no tuvimos tanta suerte en el arte de pasar desapercibidos ante la ley. La razón? Hicimos caso omiso a la regla fundamental de manejo de la suerte: la suerte de principiante no se repite dos veces. Así fue como al dejar la Nubecita estacionada en el mismo lugar de la noche anterior mientras lavábamos pies, cara, manos y dientes en el río, provocó levantar sospecha. Cuatro policías con verdadera cara de espías malosos rodeaban la nubecita intentando poder detectar el contenido del misterioso auto que por segunda noche descansaba en barrio residencial.

Hay algún problema señor oficial?" Pregunta Facu al aparente líder de la manada. 
-"Necesito ver sus papeles" por no ser una petición de chiste, corrimos a sacar los documentos, él su identificación argentina, yo mi pasaporte colombiano. Desafortunadamente la nacionalidad colombiana usualmente provoca dudas sobre mi legalidad. En este caso por fortuna, mi evidente estado de embarazo acompañado de nuestras palabras refinadas propias de quien no mata ni una mosca, dio como resultado una posterior compinchería con los policías. Fue así como de charla en charla en bajo volúmen para que los vecinos del barrio no creyeran que había negocios mal habidos, ni siquiera fuimos requisados pero si tuvimos que buscar un lugar de camping para pasar una noche más. A la derecha, foto del camping.


Lo que aconteció los siguientes días lo quedo debiendo. A continuación, algunas fotos




Facu cocinando desayuno colombiano : Huevos con cebolla y tomate
Construcción de represa en Mina Clavero
Nido del Condor - Mina Clavero - Córdoba
En el río de Mina Clavero - Córdoba
De vuelta en casa San Rafael - Mendoza



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